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FERIA DE SAN ISIDRO

Una carnicería

Parecía una conjura: a los toros de Dolores Aguirre, machacarlos. Y los machacaron, vaya que sí. Fue una carnicería.La acorazada de picar se hizo presente y los pasó por las armas. Luego iban los diestros y procedían a acuchillarlos.

La barbarie a caballo: brutalidad mayor pocas veces se habrá visto. La forma de picar que se traen estos impresentables individuos del castoreño no sólo impide apreciar la bravura de los toros, no sólo les priva de cualquier posibilidad de defensa, sino que se ha convertido en un suceso repulsivo perseguible de oficio. Hay puyazos que son de juzgado de guardia.

La negación del toreo: en eso consistió el trabajo de la tema. Sin sentido lidiador alguno, ajenos a la dignidad torera, inútiles en el manejo de los capotes, desconfiados en los turnos de muleta, espantadizos, desastrosos: así se comportaron los tres, a salvo algún conato de pegar pases que alguno tuvo cuando las bondades de los toros alcanzaban proporciones clamorosas. Y a la hora de darles muerte, convertían la suerte suprema en la vergüenza nacional.

Aguirre / Fundi, Niño de la Taurina, Martín

Toros de Dolores Aguirre Ybarra, de gran presencia, comportamiento desigual, con casta y manejables en general, Y bravo. 1º devuelto por inválido. Sobrero (salió 4º) de Puerto de San Lorenzo, aparatoso trapío, noble.Fundi: dos pinchazos bajos y bajonazo (pitos); pinchazo bajo y bajonazo (silencio). Niño de la Taurina: pinchazo bajo -aviso- y bajonazo escandaloso (pitos); infamante estocada corta atravesadísima en los bajos -aviso- y bajonazo infamante (pitos). Pepe Luis Martín: estocada corta baja y dos descabellos (pitos); cuatro pinchazos bajos, estocada corta y descabello (silencio). Plaza de Las Ventas, 5 de junio. 29ª corrida de abono. Lleno.

Pocas veces se habrán visto también cuchilladas tan horrendas. No es que se les fuera la mano: apuntaban a los bajos, tiraban a degüello. La infamante estocada bastaba para matar al toro -es evidente-, mas su forma de morir, entre violentos estertores, retorciendo la anatomía por el barrizal, soltando sangre a caños por los hocicos, obligaba a la gente a volver la cara horrorizada y daban ganas de vomitar.

Salieron toros mansos y toros bravos, mas a los lidiadores y sus cuadrillas, unos y otros les traían sin cuidado. Sólo hubo un picador, se llama Leiro, que intentó hacer la suerte por derecho y paró muy bien las largas y poderosas arrancadas del toro.

Ese toro hizo quinto y cori el concurso del picador protagonizó un tercio interesantísimo. Pudo, apreciarse que no era bravo. La suerte de varas efectuada por derecho y con un mínimo de tres, permite observar las características de los toros en todos sus matices. Este ejemplar de Dolores Aguirre se delató bravucón ya en el segundo encuentro, manso en los dos restantes, de los que salió huyendo. Y, sin embargo, desarrolló nobleza durante el rudimento de faena -deshilvanada, sin ajuste ni templanza- que le aplicó Niño de la Taurina.

Embestidas pastueñas sacó ese quinto toro y aún más acentuadas el sexto, al que Pepe Luis Martín quiso torear por redondos y apenas cuajó alguno de su reconocido estilo artístico. Todo lo demás se le fue en probaturas y rectificaciones, en ventajas y disimulos; aunque al lado de las espantadas que había dado en el tercero, parecía Lagartijo.

Con aires descastados el primero, Fundi perdió los papeles, y los mantuvo perdidos en el sobrero de Puerto de San Lorenzo, a pesar de que este toro humillaba mucho. Fundi banderilleó con enorme vulgaridad, manejó los engaños a la defensiva y concluyó desbordado sus faenas.

Niño de la Taurina pegó docenas de pases al boyante segundo, ninguno de ellos ajustado y ligado menos aún. Y cuando se cansó de rajinar lo ejecutó de cruel bajonazo. Al quinto aún le dio peor muerte. Lo del quinto resultó un escandaloso toricidio; al decir de la afición, un asesinato en regla.

Pero, para asesinato, el que perpetró la acorazada de picar al tercero, que entró al caballo con bravura y recargó fijo durante el castigo de un durísimo puyazo en el espinazo trasero, del que a punto estuvo de salir descuartizado. El siguiente encuentro se esperaba con auténtica emoción en la plaza y fue Pepe Luis Martín y, lejos de poner al toro en suerte, lo situó en las mismísimas tablas, donde lo acorraló el individuo del castoreño y le metió una salvaje lanzada de mortíferos efectos.

Concluida la carnicería en que convirtieron la corrida entera, el escuadrón de la muerte -jefes, subalternos a caballo y a pie, personal auxiliar- se marchó de rositas. Mucho han cambiado los tiempos. Esto ocurría unos años atrás y acababan todos en comisaría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997