Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:TEATRO

¿Qué hacer?

Nieve, icono, samovar, vodka, pena, guitarra, nostalgia: el alma eslava. Se habló mucho de ella en el primer tercio del siglo, cuando llegaban aquí las obras de Dostoievski y Tolstói o Chéjov. Esta pieza, esta obra, comienza siendo una parodia del "alma eslava" con sus exageraciones y sus fantasías, sus pasiones (en el original, el título lleva una exclamación: Slaves!); salían ya entonces parodias (alguna de Jardiel), pero también estudios serios. Kushner comienza con una de estas parodias para venir a decir que el comunismo se desnaturalizó por el alma eslava. Pero va mucho mas allá. Kushner: homosexual, judío, marxista: no son indiferentes estas condiciones, incluso creencias y maneras de pensar, que están presentes en sus obras: ésta continúa Ángeles en América, recientemente presentada por Flotats.Cuando empezó la obra, daba todo mucha risa porque los espectadores del estreno, en el María Guerrero, se frotaban ya las manos pensando que era una burla del bolchevismo; quizá el propio Lavelli, director del espectáculo en París y Madrid, acentuó su apariencia de farsa. Pero en ese principio está ya un personaje que va domando las risas, Pralapsarianov, que pronuncia un discurso serio. Él es "el bolchevique más anciano del mundo", y ese discurso es serio. Él mismo terminará la obra con otro discurso: en ellos se pronuncia la frase de Lenin, título de uno de sus opúsculos, ¿ Qué hacer? (Chto diélat?). Es el mismo personaje que envía el mismo discurso en Angeles en América: ¿Qué hacer con la teoría? [tomo frases directas de Kushner]. Se rechaza el pasado y se mueve uno como un ciego [en la primera escena, todos están ciegos, o cegados], sin la brillante luz de la teoría para guiarnos por el camino... Vosotros que vivís en esta época menor y amarga no podéis imaginar la inmensa y limpia grandeza de lo que fue nuestro proyecto...".

Eslavos

De Tony Kushner (1994); traducción de Carla Matteini. Intérpretes: Carmen Segarra, Ana Frau, Antonio Canal, Héctor Colomé, Juan José Otegui, Joaquín Hinojosa, Manuel Tejada, Blanca Portillo, Natalia Menéndez, Cristina Arranz. Escenografía y vestuario: Antonio Lagarto. Puesta en escena: Jorge Lavelli. Teatro María Guerrero, del CDN.

No es sólo esto lo que une esta obra breve (1 hora y 40 minutos) con Ángeles en América (4 horas y 30 minutos), sino algunas anécdotas más: la historia de profundo amor, físico y de corazón (cabeza y corazón forman parte de la dialéctica continua de lo que se dice: alma eslava), es homosexual (en este caso, dos mujeres); el asco al poder es el mismo, la traición de los que mandan... Un cierto toque sobrenatural tocado de humor (en una, los ángeles: uno de los cuales es protagonista de Perestroika, también parte de la trilogía; en ésta, una especie de nube basurero, desde el que el bolchevique habla y juega mientras espera a Dios: que de la misma forma que no apareció en la tierra, no aparece en el cielo); un llamamiento a pensar; una exigencia de que el pueblo tenga más parte en el poder, sea por la democracia o por el comunismo. Y una protesta del mal del Estado, de línea ácrata: el alegato contra la radiación atómica, la denuncia del crimen de Estado, el nombre de los países donde se sufre por culpa de los que mandan. Es una larga y dolorosa intervención de Ana Frau en el papel de la madre de una niña alcanzada por las radiaciones de las bombas de Siberia.

Me parece que la dirección de Lavelli es excelente; la acentuación de las partes de farsa está permitida por el alto sentido del humor de Kushner en su diálogo (traducido por Carla Matteini) que quizá acentúe la idea de risa de algunos espectadores, los cuales mantienen su equívoco hasta el final. En esta dirección incluyo la muy buena de actores, como el grupo de viejos bolcheviques, las dos amantes lésbicas (Blanca Portillo y Natalia Menéndez) o Cristina Arranz en el papel de una niña silenciosa, pero que, cuando corresponde, habla con soltura y sentido. Viven en unos decorados móviles y sugerentes, donde la fantasía no excluye el realismo, de Antonio Lagarto.

Los aplausos fueron largos, largos. Tengo la sensación de que algunas personas se fueron sin saber exactamente qué habían visto: pero la desesperación por nuestra época cunde fácilmente, hasta en los invitados oficiales del Centro Dramático Nacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997

Más información

  • 'ESLAVOS'