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TRIBUNA

Papel de lija

Cuando me dirigía a las casetas de la Feria del Libro por un sendero húmedo del madrileño parque de! Retiro, me salió al paso un joven rapado, envuelto en una túnica azafranada, y, al tiempo que sacaba algo raro de una bolsa blanca de plástico, empezó a suplicarme en voz baja: "Anda, ¡cómprame tu vida! Son 20 duros". A la tercera, me detuve en seco. No tanto por la baratura de la propia vida, aunque bueno, como porque el muchacho no parecía encarnar a uno de esos budistas occidentales de ahora, almibarados por el simple hecho de comprobar, ante una rosa viva o una sardina asada, que todo es espinosa vanidad. Tampoco tenía pinta de ser místico de probeta, esotérico preocupado por darle cuerda a una campana o reservón a punto de injertar una sabrosa loncha de sentido común, pata negra, en la dorada y académica rama de los valores eviternos.En definitiva, que, no perteneciendo el joven a lo que más abunda por los alrededores, me sentí interesado por su oferta. Liberada ya ésta del misterio y de la bolsa blanca de plástico, apareció con forma de librito muy rígido, hecho en papel de lija, grapado con esfuerzo, sobresaliendo en la cubierta el título (Tu vida), el nombre del autor (Vicente Huidobro) y el de la editorial: Churrasca. Seis páginas, una por palabra, albergaban y albergan su mensaje, manuscrito con lápiz rojo y graso de albañil: "Tu vida es una hostia matinal".

Con la firme aspereza entre las manos y una moneda menos en el bolsillo, me salí del recto sendero y anduve dando vueltas sin ton ni son, sin lograr descubrir caseta alguna ni dar con esos libros ejemplares que se compró la Reina el primer día. Hasta que hallé morada relativa en enfangado chiringuito y allí, frente a un bollo y un cortado, me dio por acordarme de Thich Nhat Harth, poeta vietnamita y venerado maestro zen. Para él, como el lector sensible acabará viendo enseguida y con extrema claridad, sobre esta hoja de papel, anuncie lo que anuncie y diga yo lo que diga, flota una nube.

A partir de ahí, basta con dejarse llevar. Porque sin nube, claro está, no hay papel. La nube, pues, es esencial al papel. De no existir la nube, tampoco existiría esta hoja de papel. En consecuencia, cabe decir que nube y papel "entreexisten". (También cabría decir "coexisten", más pacífico, pero ello equivaldría a cargar las tintas sobre lo simultáneo del caso en detrimento de la dependencia entre cosa y cosa). Después, si contemplamos con mayor detenimiento esta hoja de papel, veremos que tampoco le falta la presencia impagable del sol. Porque ni siquiera los árboles del Retiro podrían crecer sin sol. De hecho, sin sol no puede crecer nada. Ni siquiera nosotros, lectores. De ahí que sepamos que el sol también está en esta hoja de papel. Papel y sol "entre-existen". Si nos fijamos aún más, vemos que el leñador corta el árbol y lo traslada a una fábrica para que lo transformen en papel. Puestos a ver, vemos el trigo que come el leñador cada día, el pan que le mantiene con fuerzas para seguir cortando árboles; luego también la harina está en esta hoja de papel. Y, hasta si nos apuran, la solícita madre del leñador.

Esta hoja, en suma, forma parte de nuestra percepción. Vemos que en ella estamos todos, que todo lo contiene: el tiempo, el espacio, la tierra, la lluvia, el mineral, el sol, la nube, la ribera, el calor y el frío. Por eso, de seguir el sabio consejo de Thich Nhat Hanh, no podemos permitir, ni siquiera en el Día del Medio Ambiente (léase ayer), que cada elemento de "no-papel" vuelva a su origen. Si la nube regresa al mar, el rayo solar al sol o el leñador a su madre, adiós papel.

O sea, que el universo entero, ¡quién lo diría!, está encerrado en esta hoja delgada de papel. Se lo pregunta, al término, el maestro zen: "¿Acaso el sutra de la Gran Sabiduría dice lo contrario cuando afirma que todo es vacío?"

Zampado el bollo y bebido el cortado, vuelvo a tocar, con agradecimiento infinito, aquel papel de lija que me ha perdido para acabar, ya ven, entre existir y estar aquí: "Tu vida es una hostia matinal".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997

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