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Los presidentes de América Latina levantan las barreras que impiden su reelección

A principios de siglo, el caudillo mexicano Porfirio Díaz dispuso un escaño parlamentario para su dentista en premio a su destreza en la extracción de una muela. La desvergüenza del patrón azteca constituiría una simpática ocurrencia de cotejarse con las barbaridades cometidas en América Latina por las dictaduras que le siguieron. Recuperadas las democracias en los años ochenta, pero aún dóciles o corruptos los poderes del Estado encargados de controlar las jefaturas de Gobierno, las constituciones establecieron límites a la reelección presidencial. Hoy casi todos se replantean esos límites.

El argentino Carlos Menem consiguió enmendar la Carta Magna para repetir mandato; el peruano Alberto Fujimori no tardó en seguir sus pasos; el presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, pugna con ese objetivo, y otros jefes políticos favorecen el levantamiento de barreras.Hace un año y medio, en su despacho del Palacio de Planalto de Brasilia, Cardoso negaba a este corresponsal su interés en la reelección. Lo hacía casi de oficio, convencido de la incredulidad de su interlocutor. "No creo que intente la reelección. Es muy difícil ser candidato durante el ejercicio del cargo". Pero no hay titubeo personal ni traba insuperable cuando las encuestas empujan al aspirante. Y hoy por hoy, su gestión es aprobada por el 61% de los brasileños, según el Instituto Nacional de Opinión Pública y Estadística. Animado, el oficialismo volvió a la carga para sumar los 308 votos necesarios, en una Cámara de Diputados de 513 escaños, para sacar adelante la enmienda que le permitiría disputar otra vez el cargo en las elecciones de octubre de, 1998.

Con casi todo por hacer en naciones arruinadas por la indolencia, el saqueo de las arcas públicas, la dependencia o la concatenación de errores gubernamentales, gana fuerza en América Latina la tesis de que cuatro años son insuficientes para consolidar la estabilidad política y económica, así como las imprescindibles reformas estructurales. Se aferran a esta argumentación los valedores de la permamencia democrática, y los menos escrupulosos citan que el actual despegue chileno sentó sus bases durante la dictadura de Pinochet.

Sospechando de la condición humana, el presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, expresa sus recelos. "Yo nunca he sido reeleccionista. Creo que un presidente en busca de la reelección es un animal peligroso". Pero pocos peligros- involucionistas caben esperarse de políticos con la trayectoria de Cardoso, comprometido contra la pasada dictadura militar brasileña; hombre de principios, pero políticamente flexible.

No parece ser el caso del autoritario presidente peruano, Alberto Fujimori, quien a pesar de haberse impuesto abrumadoramente en los últimos comicios, gracias a sus éxitos económicos y golpes asestados a Sendero Luminoso, arrastra el baldón del autogolpe del 5 de abril de 1992. En. aquella fecha, con la complicidad militar el aplauso de la mayoría de los peruanos, hartos de la corrupción y la ineficacia, quedó disuelto el Congreso. En agosto de este año, pasada la medianoche -se votó a las dos de la madrugada del día 23- la mayoría gubernamental en el Parlamento forzó el cambio constitucional que facilita un tercer mandato a partir del 2000. Los enemigos,del chino comparten la opinión del general Rodolfo Robles, recientemente detenido por sus denuncias contra altos mandos castrenses por violación de los derechos humanos: "Fujimori quiere la reelección eterna y crear una autocracia".

Menem logró hace dos años la reforma constitucional, con dos mandatos como máximo. Es seguro que el astuto gobernante sureño apetece un tercero, pero intentarlo con una lectura sesgada de la Constitución o con un plebiscito causaría una grave convulsión política.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 1996

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