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Arroyo y volcán

Son esos momentos cuando lo inefable se aclara, cuando la música revela sus misterios y el gozo invade el cuerpo: los pulmones se ensanchan, el corazón se dispara, los pies parecen despegarse del suelo. Me ocurrió en Río de Janeiro, como intruso en el ensayo de una batería de escola de samba. Algo menos brutal, pero igualmente intoxicante, fue la descarga del Septeto Habanero en una lúgubre habitación del Centro Rosalía de Castro de la capital de Cuba: unos instrumentos destartalados, un sistema de amplificación cadavérico que hubo que desconectar, pero aquellos músicos famélicos subían y subían. Cierto que en La Habana había ron Paticruzado de por medio. Y en Río brillaba la crema del mulaterío de la favela, así que los sentidos podían estar previamente alborotados. Nada similar interfería aquella noche de febrero en Granada. Nos habíamos colado en la zona de autoridades del Palacio de Deportes, donde se celebraba el homenaje a Juan Habichuela, y nos rodeaban damas con abrigos de pieles y señores adustos. Hasta que apareció Enrique Morente cantando sobre un ritmo de procesión, ensartando fragmentos de Lorca con letras populares, con solemnidad y precisión visceral. En la oscuridad, unas estatuas que se pusieron en movimiento cuando reventaron los decibelios. Era Omega, un cantaor cabalgando entre el arriscado sonido de Lagartija Nick.

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Luego, el encuentro con Antonio Arias, bajista de Lagartija Nick, que ni siquiera parecía entender nuestro pasmo: el único motivo de celebración, decía, era que Morente se marchaba a Nueva York, y eso significa unos días de reposo; el flamenco les tenía martirizados con ensayos, maquetas, preparaciones para la grabación. Horas y horas de cintas perfilando las arrebatadas recreaciones de las melopeas de Leonard Cohen y adaptaciones de Federico como el Omega que nos había trastornado.

Otro delirio

La elaboración de Omega (el disco completo se iba a llamar como aquel Poema para los muertos) -ha seguido a lo largo de 1996. Contra todo pronóstico, Omega se ha materializado en diciembre y en la discografía de El Europeo, que había alentado la aventura cuando parecía "otro delirio de Enrique" (¿pasar al flamenco canciones de Cohen? ¡Vaya disparate!).Nada que temer: Morente ha forjado su arte con material poético incluso más rígido. Lorca y Cohen son suyos tras tantos meses de ablandamiento y ahora se cimbrean, se retuercen, se encienden. Omega no se puede definir como Morente + grupo de rock.- Lagartija Nick pone simplemente telón de fondo eléctrico en la mayor parte del disco, ahora mosaico de colaboraciones, opciones deliberadamente masticadas a conciencia por un buscador de territorios vírgenes que no se conforma con airear los clichés de la fusión flamenca. Omega contiene toneladas de música palpitante, esa que se revela con parsimonia, que reserva sus matices y secretos para quien sepa escuchar con pasión idéntica a la derrochada por Morente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 08 de diciembre de 1996.