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Tribuna:

Discurso en el Paraninfo

Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces. Pero, no la nuestra es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y, sé lo que digo. Vencer no es convencer, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisidora, mas no de inquisición".El hombre viejo que se sienta entre la señora de blanca dentadura y el obispo de Salamanca habla guiándose por las anotaciones que ha ido haciendo en un sobre: el que contiene la carta que le ha escrito. la mujer del pastor protestante Atilano Coco, condenado a muerte, y por cuya suerte: tal vez había pensado interceder ante la mujer de Franco,. o ante el general tullido que se sienta a la izquierda del obispo. Pero ese general se ha puesto en pie para corresponder al grito terrible con que se le identifica, Viva la muerte, y el viejo rector, maestro de la paradoja, no ha podido soportar una tan siniestra; ha abandonado su prudencia y ha tomado la palabra. En Salamanca, el 12 de octubre de 1936: pasado mañana se cumplen 60 años.

Es el Día de la Hispanidad, y uno de los oradotes-, el catedrático de Literatura Francisco Maldonado, ha enardecido a los seguidores del general tullido refiriéndose a la conmemoración como "fiesta étnica" y pronunciado la otra palabra terrible del día: ha hablado de la "anti España", metiendo en ella a vascos y catalanes como "pueblos disidentes". El rector a punto de dejar de serlo ha anotado en el sobre: "Cóncavo-convexo". Seguramente porque el orador había hablado de una "esfera de la moral", en la que aparecen "el bien y el mal". En ese mismo momento ha decidido tomar la palabra: "Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede interpretarse como equiescencia".

Ha hablado, pues, el vasco Unamuno, y el general tuerto, al que sin duda le gustaría que muchos otros españoles lo fueran, ha respondido con gritos marciales y alguien más ha gritado: ¡Abajo la inteligencia, mueran los intelectuales! Once años antes, cuando Unamuno acababa de ser deportado por la dictadura de Primo de Rivera, otro general, Martínez Anido, a la sazón subsecretario de la Gobernación, había respondido con estas palabras a una delegación de ateneístas que se interesaba por la suerte del rector de Salamanca: "Yo cortaría varias cabezas de intelectuales para que no molesten más. Si yo pudiera realizar mi programa, Unamuno no llegaría vivo a Fuerteventura".

No existe una versión canónica del texto de la intervención de Unamuno en el Paraninfo. Luciano González Egido hizo una reconstrucción en su extraordinario ensayo Agonizar en Salamanca. La versión más conocida fue la ofrecida por el historiador Hugh Thomas en su libro sobre la guerra de España. El psicoanalista Erich Fromm utilizó probablemente esa versión en su estudio de la necrofilia, que simboliza en el grito de guerra de Millán Astray. Se conserva el sobre de la mujer del pastor, amigo de Unamuno. Entre las anotaciones figuran algunas de las recogidas en las diferentes versiones del discurso, pero hay otras, como la citada de "cóncavo-convexo", que no consta fueran efectivamente incorporadas: rencor ciudadano; odio y no comprensión; independencia; lucha, unidad, catalanes y vascos.

Unamuno fue fuerista y vasquista en su adolescencia; más tarde criticó ásperamente a los seguidores de su coetáneo Sabino Arana. Eso no le impidió defender a sus paisanos, frente al unitarismo franquista, en su última actuación pública. En 1918 se había declarado "como vasco, ulsteriano". Otro escritor bilbaíno, Jon Juaristi, recurrió a una paradoja netamente unamuniana cuando escribió que tal vez la proliferación de vascos ulsterianos sea "el único medio de evitar la uIsterización de Euskadi".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de octubre de 1996