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El problema insoluble de Juan Negrín

En un excelente artículo titulado Juan Negrín, un desconocido (EL PAÍS, 14 de julio), el profesor Enrique Moradiellos define como sigue la controversia sobre el último primer ministro republicano: "Algunos lo consideran un mero 'hombre de paja' de los comunistas... otros lo perciben como el auténtico estadista de la República, un verdadero 'Churchill español". En cuanto a la naturaleza de las principales acusaciones contra Negrín, continúa: "Acusado erróneamente de promover el ascenso político -militar del PCE y de sabotear las posibilidades de mediación, Negrín sufrió... la crítica acerba de la mayor parte de las fuerzas republicanas...".A fin de comprender los dilemas de Juan Negrín hay que considerar la situación general europea de los años 1933-1939. En Alemania, el dictador nazi Hitler se preparaba abiertamente para una guerra de conquista para dar la vuelta a la derrota alemana de 1918 e imponer el dominio nazi a toda Europa. En la Rusia soviética, Stalin se dedicaba a consolidar su dictadura personal e industrializar el país, 15 años después de que la revolución hubiera destruido el capitalismo y proclamado un futuro comunista para toda la humanidad. Las democracias consideraban enemigos tanto al nazismo como al comunismo: a uno porque había destruido la libertad política y amenazaba con una segunda guerra mundial, al otro porque era el enemigo declarado tanto de la democracia parlamentaria como del capitalismo.

Dado que las democracias estaban poco dispuestas a rearmarse, la cuestión que debían decidir era cuál de estos enemigos era el más peligroso, y qué decisiones diplomáticas y militares podrían conseguir evitar una nueva guerra general. Para la derecha europea, el enemigo principal era el comunismo, y creía que a Hitler se le podría sobornar con las oportunas concesiones: la denominada estrategia del apaciguamiento. Para la, izquierda, el nazismo, con su violencia racista, su militarismo y su destrucción de todos los sindicatos y partidos políticos, era el enemigo principal. Al mismo tiempo, los soviéticos empezaron a proponer a partir de 1935 la "seguridad colectiva", una alianza defensiva de las democracias y la Unión Soviética con el fin de evitar que Hitler llegara a la guerra o de derrotarle si llegaba a lanzarse a ella.

En medio de esta situación general, estalló la guerra en. España en julio de 1936. Las causas de esa guerra y los conflictos sociales que supuso fueron únicas para la propia España. Pero en términos internacionales la guerra civil española se convirtió de inmediato en parte de los conflictos tridireccionales entre la democracia, capitalista, el nazismo (aliado con el fascismo italiano) y el comunismo soviético. Las potencias fascistas ayudaron al general Franco desde los primeros días de la guerra, y los soviéticos ayudaron a la República a partir de septiembre. Desde ese momento, hasta los comienzos de la guerra fría en 1947, las democracias occidentales se vieron obligadas repetidamente a evaluar hasta qué punto colaborarían con la Unión Soviética en defensa propia.

Durante la guerra española optaron por el apaciguamiento. El comunismo (definido vagamente para poder incluir cualquier crítica seria al statu quo) era más de temer que el fascismo. El Comité de No Intervención tenía como fin evitar que Rusia o cualquier otro ayudaran a la República. Cumplía los dos objetivos de la derecha europea: impedir que la guerra española se convirtiera en una guerra europea generalizada y asegurar la victoria del general Franco, como deseaban abiertamente Hitler y Mussolini y, encubiertamente, gran parte de la comunidad empresarial occidental y, el establishment diplomático.

El dilema para los sucesivos Gobiernos republicanos de Largo Caballero 'y Juan Negrín fue cómo aceptar la ayuda soviética sin convertirse en peones soviéticos. Además, dado que la opinión pública mayoritaria en las democracias occidentales -a la contra de los Gobiernos- estaba a favor de ayudar a la República, los republicanos españoles confiaron siempre en que la política de apaciguamiento podría cambiarse a favor de la seguridad colectiva propuesta por la Rusia soviética.

Mientras tanto, y dado que la Unión Soviética era la única potencia que vendía armas modernas a la República, la única alternativa a la colaboración con los comunistas hubiera sido la rendición.

Hasta mediados de 1937, Largo Caballero, Indalecio Prieto, el presidente Azaña y la Generalitat catalana estuvieron todos tan a favor de la colaboración con la Unión Soviética y el Partido Comunista de España como lo estuvo Negrín desde mediados de 1937 hasta el final de la guerra. El resentimiento contra Negrín se debió en gran parte al hecho de que insistió en continuar la resistencia después de que los demás hubieran llegado a la conclusión de que la República no podía ganar. Su idea de mediación era someterse a las nada piadosas manos del Góbierno británico de Chamberlain. La idea de Negrín era conservar un ejército en el campo de batalla a fin de sacarle algunas concesiones a Franco en una posible media ción internacional. Pero en este artículo quiero destacar los aspectos internacionales del dilema de la colaboración con la Rusia de Stalin, más que los puramente españoles. La política de apaciguamiento ganó la partida, no sólo en España, sino también en Checoslovaquia, desmembrada en Múnich en septiembre de 1938 y ocupada en su totalidad por Hitler en marzo de 1939, el mismo mes que Franco culminó su victoria en España. Después, en agosto de 1939, Stalm devolvió la pelota a las democracias que habían rechazado la seguridad colectiva. Firmó un pacto con Hitler que permitió a este último conquistar Polonia y Europa occidental sin temor a la hostilidad soviética por el flanco oriental.

A partir de junio de 1940 el Reino Unido se encontró en

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El problema insoluble de Juan Negín

Viene de la página anterioruna situación estratégica no muy distinta de la de la Segunda República a finales de 1936. Hitler había derrotado a Francia y amenazaba con invadir Inglaterra o destruirla desde el aire. La seguridad colectiva no era posible debido a que Stalin había optado por contemporizar con Hitler. Sólo la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 replanteó la posibilidad de la colaboración con Stalin con el fin de liberar tanto a la Rusia comunista como a las democracias occidentales. A partir de ese momento, Churchill y Franklin D. Roosevelt fueron los que ofrecieron la seguridad colectiva. Las armas occidentales y la sangre rusa fueron las que finalmente impidieron la conquista nazi de Europa, igual que las armas occidentales y soviéticas, más la sangre española y la de las Brigadas Internacionales, pudieron haber salvado a Europa de la necesidad de una II Guerra Mundial (por no mencionar los 39 años de dictadura. en España).

Juan Negrín, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt pagaron todos un precio similar por su colaboración con Stalin. Negrín tuvo que fingir ignorancia del asesinato de Andrés Nin y de otras actuaciones de la policía secreta soviética en la retaguardia republicana. Churchill y Roosevelt tuvieron que fingir creer que fueron los nazis, y no Stalin, los que asesinaron a más de mil oficiales polacos en el bosque de Katyn. Tuvieron que fingir que la ejecución de socialistas polacos judíos en 1943 fue algo que no sucedió. Y en 1945-1946, a fin de mantener las buenas relaciones tras la victoria aliada, fingieron estar de acuerdo en que todos los prisioneros de guerra soviéticos que no quisieran regresar a Rusia eran "fascistas", condenando así de hecho a miles de personas inocentes al gulag.

Algunas veces los hombres decentes tienen que colaborar con canallas a fin de evitar males mayores. Ésa fue la situación de Negrín en la guerra civil española y la de Churchill y Roosevelt en la II Guerra Mundial. Tras los errores colosales de la política de apaciguamiento, no había forma de que las democracias sobrevivieran físicamente excepto colaborando con el segundo peor dictador del siglo XX (la palma se la sigue llevando Adolfo Hitler).

Gabriel Jackson es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 08 de septiembre de 1996.

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