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El gesto y la palabra

Bob Wilson, actor y director de 'Hamlet, un monólogo'

"Had I but time..." ("Si me quedara tiempo..."). A punto de morir envenenado, el príncipe Hamlet olvida por un instante el peso acumulado en su conciencia a lo largo de la obra (asesinatos, traiciones, muertes inútiles) y le confía a Horacio, el único testigo fiel de su peripecia humana, una preocupación de artista: "Lleva a los disconformes el relato preciso de mí y de mis hechos". Y cuando el amigo manifiesta su deseo de acompañarle también en el trance de la muerte, bebiendo de la misma copa del veneno, Hamlet le exige que tarde un poco más en entrar a la morada feliz, sufriendo los rigores del áspero mundo para "contar mi historia".El montaje de Bob Wilson comienza por el final de la obra, y las primeras palabras que le oímos al príncipe, tumbado sobre una alta pira de piedras, son precisamente "Had I but time...". Pero no se las dice a Horacio; él mismo, en los minutos que preceden a su muerte, decide contar su historia al "público de mudos" que en este caso más que observar la tragedia la espera, conociéndola de antemano. Como indica su título, Hamlet, un monólogo, este espectáculo de Wilson, creado en Houston en mayo de 1995 y representado después en París, Nueva York y Venecia, antes de esta reposición que llega a Sevilla con honores de estreno nacional, no tiene más personaje que el príncipe, pero su primera gran virtud es la habilidad con la que el americano, en colaboración con Wolfgang Wiens, ha adaptado el texto de Shakespeare de modo que no sólo sigamos toda la obra, sino que veamos a iodos los personajes. Con una duración de 100 minutos, durante los cuales nunca deja el artista el escenario, hablando, trepando, saltando, bailando, en una demostración de fortaleza física, dominio de la voz y concentración admirables en un hombre de 55 años que hace mucho tiempo que no actúa en un escenario, se trata a mi juicio de uno de los más grandes espectáculos de su larga carrera, que, por encima de su calidad dramática y belleza visual, permitirá al afortunado espectador sevillano o a quien decida viajar a Sevilla, único lugar de presentación española, la oportunidad de asistir a una fascinante exhibición personal de talento e invención interpretativas. Una inolvidable experiencia de espectador que sólo de tarde en tarde proporcionan los grandes monstruos sagrados: Jeanne Moreau Gassmann, Fernán-Gómez, la Redgrave, Gielgud.

Hablando precisamente de las interpretaciones shakesperianas de este último actor británico, Wilson, que le parodió genialmente en su vídeo sobre La muerte del rey Lear, una producción de TVE promovida en su día por J. R. Pérez Ornia, reconocía el viernes en Sevilla su creciente aprecio por el gran estilo elevado de Gielgud, rechazando por el contrario la manera ampulosa de Olivier. Y es que quizá el elemento más sorprendente de este Hamlet de Wilson sea la utilización de patrones expresivos, el patetismo, la dicción directa, habitualmente excluidos de la fría maquinaria del americano.

La obra está estructurada en 15 escenas, y en ese arco de tiempo que va desde el "sueño de la muerte" del que Hamlet se despierta al comienzo hasta el desenlace, presidido como en la tragedia original por ese "estricto capitán" que es la muerte, el actor monologa, estableciendo sin embargo un diálogo soñado, pero muy patente con los principales personajes de la obra. Todos los elementos conocidos están en el escenario, las espadas, el pomo del veneno, la pala del enterrador, las calaveras, la carta de amor a Ofelia, todos los matices del príncipe (la procacidad, el humor, la violencia, el infantilismo), pero también oímos todas sus palabras, incluyendo, en un desafío típicamente wilsoniano a quienes le acusan de despreciar los textos sagrados que últimamente se atreve a poner en escena, todos los soliloquiosdel protagonista. Wilson comprime y unifica los dos más célebres -el "ser o no ser" y el primero que dice en escena, el "oh, si esta carne sólida"- en una misma tirada, sentado en el suelo y sin ningún efecto subrayador, pero luego interpreta de una manera tradicional el de Hécuba, donde compara su propia apatía con la fogosidad fingida de los actores. Con un simple y maravilloso truco de vestuario, el pantalón negro que se convierte al subir la pernera en calza renacentista, consigue Wilson recordarnos en todo momento la distancia que hay entre el actor moderno y su personaje intemporal.

Dos columnas

En un ensayo de mi obra Don Juan último, que Bob Wilson montó en Madrid en 1992, el director me propuso un corte de texto que yo no veía conveniente. Wilson insistía en las virtudes de la brevedad y yo, en un arrebato típico de las tensiones que se producen en los montajes teatrales, le dije: "¿Concisión? La mejor obra de tea tro del mundo, Hamlet, es también la más larga: cuatro horas". Wilson me miró con desconcierto. Y dudo. Pero me contestó: "Sí, pero tiene estructura". Para su Hamlet, Wilson ha elegido su propia estructura, que soporta magníficamente la carga de la obra: dos columnas -así lo explicaba, dibujando sobre el mantel del restaurante en una charla tras el estreno sevillano- que corresponderían a los dos personajes femeninos ausentes, Ofelia y Gertrudis. En la escena 11, que evoca el gran encuentro con su madre donde el hijo declara su amor por la vía interpuesta del padre asesinado, Wilson consigue hacernos ver a los dos personajes amorosamente enfrentados, del mismo modo que en una memorable escena final, vemos a Ofelia en su traje de doncella clavado en la pared, único elemento vivo que queda sobre un escenario donde 1 los despojos de la tragedia son también los ropajes vacíos de los restantes personajes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 1996

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