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Tribuna:

Pornografía

El escándalo siempre contaba con una frontera de pudor. El cerco que en torno a sí genera la Monarquía con el Rey como el supremo falo en el centro del recinto. Pero ayer la riada de obscenidad ha des bordado los dinteles del santuario hasta ahora preservado y la corrupción ha llegado al punto crítico en que la conmoción explota y concluye ahogada, casi a la vez. El escándalo ya no se proyecta hacia un más allá más ancho o más alto, puesto que ya no queda territorio por afectar. El escándalo explosiona e implosiona al mismo tiempo y sobre sí mismo. Evocado el Rey, ya no queda nada por consumir, no hay otro de tritus que segregar, ninguna otra bardoma que fabricar a partir de la materia existente. La formidable ventaja de la nueva noticia es que es ya políticamente insuperable, y a partir de ahí, como en los grandes cataclismos, cada día que pase encima aminorará su proporción.Pero ¿es éste definitivamente un país corrupto? ¿Es también corrupto el Rey en coherencia con la condición de los mandatarios de] Reino y no hay finalmente choque o distorsión? Si fuera así, el Estado dorado de carroña se encontraría ahora soltando amarras e ingresando suavemente, en un giro extraorbital, cerca del basurero cósmico. Pero aquí no se mueve nada; ni nadie. o, más bien, lo más sorprendente es la pasmosa inmovilidad. Las sacudidas casi constantes suceden sobre una escena, y dentro de ella, mientras España asiste apartada de la representación. Un tanto harta desde luego, a propósito de la larga duración de las funciones, pero hastiada ante todo, porque, a partir de ahora, la ciudadanía no obtendrá de un nuevo descubrimiento ninguna lección más, ni conclusión ni mensaje edificante alguno. Ahora ya no queda nada por descubrir. Todo es pornografía pura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 1995