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Pepe y Camoens

José Saramago se levanta siempre en Tías a las diez menos cuarto de la mañana; a esa hora se prepara una tostada de miel y queso fresco y se sienta ante un paisaje que no termina nunca y que se prolonga más allá de un mar que le ha dado paz a la lava de Lanzarote. Un día, a esa misma hora, hace tres años, cuando el escritor portugués se fue a vivir con su esposa, la periodista Pilar del Río, a este lugar excéntrico del mundo, un perro de la calle entró por el jardín de piedras y se les quedó mirando.Como Saramago, el perro miraba fijamente, y ya supo el matrimonio que iba a ser el nuevo inquilino de la casa de Tías. Lo llamaron Pepe, y allí está aún, ladrando a la nada en medio del desierto, saludando a los visitantes asiduos con el rencor aparente con que los perros disfrazan la bondad.

Después de Pepe vinieron otros; la última es rubia y se llama. Greta, porque entonces hubo un tifón o cualquier catástrofe de nombre así. Habitan la casa, la recorren y la ladran como si hubieran vivido siempre en ese paisaje que ya les pertenece; el único lugar que respetan en su husmeo perenne es el sitio del escritor, un cuarto que da al mismo horizonte que la cocina en la que el autor de La balsa de piedra sigue escribiendo la obra completa de un hombre tranquilo al que esta senianale han dado, ya en el exilio lanzaroteño, el principal premio literario de Portugal, el Camoens.

Cuando Saramago recibió la noticia, en la casa que él y su esposa eligieron para reponerse de la melancolía que al escritor le supusieron ciertas ingratitudes lusas habitaba esa tranqui lidad en la que se han confundi do el escritor y la vida; y al tiempo que venía de Portugal ese premio que es también una restituctón, otro perro apareció en la casa, mirándolos de nue vo como si él mismo se hubiera estado haciendo esperar. Era inevitable: un inquilino más al que el nombre le venía no ya de una ironía, como Pepe, o de una catástrofe ' como Greta, sino de un hecho qué coincidía con él, así que el nuevo perro de los Sarama go se llama Camoens. En Lanzarote, Saramago no ha mantenido el aíre efusivo que los grandes escritores suelen tomar en sus exilios tranquilos, sino que se ha mezclado con la vida, y con las cosas de una tierra que tuvo hace años la desgracia de perder a uno de sus más importantes testigos,

César Maprique. Nunca le conoció, pero ahora es miembro de la fundación que prolonga en la isla su preocupación y su ejemplo; habla en los actos culturales locales, y como' Manrique alza con el respeto que infunde su ejemplo personal, su actitud moral, la voz del disentimiento frente a desmanes de los que siempre será perjudicado el futuro de la gente.

No es casual que haya elegido Tías, la población citada por Miguel de Unamuno entre todos los nombres indígenas de Canarias que hay en Lanzarote: Timanfaya, Tahiche, Tinajo, Tiagua... -Unamuno decía que esta tierra -y Fuerteventura, que fue su lugar de destierro era bíblica, y del mismo modo que el pensador vasco este escritor tranquilo de Portugal es un hombre que busca en el paisaje los paisajes del alma; la actitud que le ha dado la fortaleza de su mirada, la capacidad que Kipling pedía para enfrentarse a la derrota y al éxito con el mismo talante. La soledad que inevitablemente respira este paisaje es también la honda soledad que se percibe en su obra; pocas veces, pues, en la vida contemporánea puede uno contemplar una conjunción tal. El otro día, hablando ante los estudiantes de la Escuela de Letras de Madrid Saramago les, decía a los chicos que vivimos en el planeta de los errores donde la deshumanización de nuestros actos nos había convertido en seres arracionales. En Portugal" decía hablando de su país, de donde acababa de venir, hay cinco millones y medio de analfabetos funcionales, gente que entre los 14 años y los 64 jamás pudieron disfrutar de la curiosidad de entender lo que leían.

Oyéndole hablar, Saramago parece el maestro de escuela que tiene cada día pendiente una tarea que los demás creen menor y que él va cumpliendo como si jamás hubiera descanso en la mirada con la que a veces recibe a sus visitantes, y a sus perros. Y como recibe los castigos y los premio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 10 de noviembre de 1995.