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Crítica:CINE: 'EL CARTERO (Y PABLO NERUDA)'

Camino de la leyenda

El cartero (y más vale olvidar el bobo y obvio entre paréntesis añadido al título español) es un filme sencillo pero no simple, bonito pero con rasgos sombríos, hecho con ganas de divertir y comprometer simultáneamente, una pequeña obra conmovedora, graciosa y patética, al mismo tiempo. Y, por desgracia, es también algo más que una película: un no buscado testimonio visual de la agonía de un actor, Massimo Troisi, que se dejó a los 41 años la vida interpretándola. Algo de su pasión se percibe materialmente en la pantalla, sobre todo en la parte final, pues la película se rodó cronológicamente y Troisi murió -padecía una insuficiencia cardiaca sin otra solución clínica que un trasplante de corazón- unas horas después de rodarse la última toma de su personaje.Este singular personaje, extraído de la novela de Antonio Skármeta y trasladado en el guión de il postino desde Chile a la isla mediterránea italiana donde Pablo Neruda vivió en los años cincuenta una etapa de su exilio europeo, es el cartero medio analfabeto que llevaba a su casa en Isla Negra la correspondencia del poeta y se apropiaba de la autoría de algunos de los célebres versos amorosos de su adorado amigo para con ellos engatusar chicas, arguyendo que "un poema no es de quien lo escribe, sino de quien lo necesita"

El cartero (y Pablo Neruda)

Dirección: Michael Radford. Guión: Massimo Troisi y Michael Radford, sobre la novela Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta. Italia, 1994. intérpretes: Massimo Troisi, Phlippe Noiret. Estreno en Madrid: Azul, Minicines, Vaguada y Princesa (en versión original subtitulada).

Un pícaro

La recreación que Troisi hace de este desconcertante pícaro, astuto y candoroso, tanto por lo que tiene de adorable y convincente en sí mismo, como por lo que hay en ella, de documento íntimo de un cómico que eligió morir ejerciendo su oficio, es cine destinado a engrosar la leyenda del cine, pues el inimitable bufo napolitano, que en sus diez o doce años de carrera no logró hacerse un hueco en la memoria de más público que el de su país, quedará fijado para todos y para siempre en esa leyenda, metido dentro de la piel de este maravilloso personaje, por el que peleó hasta extinguirse.Troisi no está solo en este juego de deslumbramiento. Le da la réplica, y le apoya en estos residuos de su útimo aliento, un gigante del cine europeo, Philippe Noiret, del que puede decirse que logra el milagro no de parecerse a Neruda, sino de que Neruda se parezca a él. Es difícil que de ahora en adelante, cuando recordemos al poeta, no se interfiera en este recuedo, y se adueñe de él, la poderosa sombra de este genial actor francés. No recrea Noiret a Neruda, sino que lo crea, lo absorbe con tanta brillantez y tanta facilidad como una esponja el agua del recipiente donde la arrojan y que acaba encerrándose en sus perfiles y limitando con sus límites.

El dúo Troisi-Noiret es, por todo ello, cine delicioso e indispensable: un bordado de interrelaciones insuperables entre dos talentos opuestos, pero grandes, expansivos y tan generosos que, luchando y oponiéndose, se aupan, recíprocamente. Se percibe también en el filme que su buen director, el británico Michael Radford, su solvente equipo y el competente resto del reparto, son conscientes y aceptan con humildad el absoluto protagonismo de la gracia y verdad del dúo entre estos dos cómicos. Y todo lo donan para que la electricidad de los dos antípodas-inseparables eche chispas, tentáculos y redes con capacidad de captura.

De ahí que, cuando Noiret-Neruda abandona la pantalla y surge el tramo de la soledad final de Troisi, el soliloquio mudo -basta su enorme y dolorida mirada para estremecer- del artista napolitano tiene, por fuerza, menor fuste cinematográfico que el largo diálogo que lo precede, su impagable mano a mano con Noiret.

El desenlace del filme adquiere tonalidades tristes y es bello, pero ya no está en él una presencia abrumadoramente convincente, y la imagen pierde fatalmente energía o le queda únicamente la del lento, suave y amargo apagamiento de Massimo Troisi en la pantalla y fuera de ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 1995