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La cara

Las noticias políticas atestan los medios, pero la sociedad española, ¿dónde está? ¿En qué desván se encuentra encerrada?Desde que he vuelto de EE UU, la sensación de que la vida planea sobre una colectividad anónima y sin darse a conocer se ha hecho más fuerte. No voy a poner a los norteamericanos como pueblo ejemplar. He redactado 200 folios avisando de la que se viene encima con la globalización de sus modelos. Pero, como es de esperar, no todo es malo en el mundo americano. Lo mejor es la imposibilidad dé concebir su territorio sin la vitalidad de la sociedad civil de la que brotan las ideas, las fuerzas y los deseos que cuentan. Efectivamente, el espíritu empresarial tiende, a mercantilizar cuanto roza, pero, aun en clave de clientes, los hechos de la ciudadanía flotan sobre lo real. Muy al contrario de lo que se advierte aquí. Jornada tras jornada el destino de los hombres y mujeres españoles no parece relevante sino afondado bajo las plataformas de los partidos, sus disputas o sus trapacenas, su incesante comparecencia ofuscando la circunstancia civil.

En sucesivos ejemplos, sea en la defensa del 0,7%, en la donación de órganos para trasplantes, en los grupos de voluntariado, en las 350.000 firmas contra la proliferación nuclear, en su disposición anhelante, la sociedad denota una vivacidad incomparablemente mayor a la que se le reconoce. Los españoles tienen una mala imagen de sí mismos a fuerza de falta de imagen de sí mismos. El espejo donde durante demasiados años se contemplan es la escena degradada de los políticos. De ahí parece obtenerse el indicio de nuestra sustancia y de ahí se destila un gran pesar. Ojerosos, obvios, maliciosos, torpes, sin afeitar, los políticos han usurpado el semblante del país mientras, sus facciones anuncian una insalubridad que amenaza con enfermar gravemente a todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 08 de septiembre de 1995.

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