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Tribuna:

"Se lo contaré a Pepe Hierro"

José Hierro suele bromear con sus amigos, cuando éstos le hablan, bien o mal, de otra gente. Moviendo sin cesar su dedo índice, robusto de risas, con la frente infinita que le dieron la calva y la vida, el poeta de las alucinaciones les dice a sus contertulios:-Se lo contaré. No te quepa duda: se lo contaré.

No es verdad. No se lo va a contar a nadie. Como los buenos poetas, hechos de aventura y de silencio, todo se lo dice Pepe a ese Pepe Hierro que luego, tras la vorágine de vino, y orujo que es tantas veces su casa de Titulcia, se queda solo ante la memoria de sus raíces, sus recuerdos, su (otra casa) frente al mar, "y los árboles plantados por mis manos, pisoteados por los niños, comidos por los animales".

Ahora Pepe Hierro ha vuelto a esa otra casa suya del mar, en Cantabria, donde tiene la raíz este madrileño de nacimiento. Vuelve siempre, porque del mar nunca se vacía el corazón, como él dice, y siempre tiene sus señas de identidad descalzas sobre la playa de la Magdalena, donde desde hace todo el tiempo enseña a los extranjeros. Esta vez ha ido para recibir el premio de la Menéndez Pelayo, esa universidad que tantos poetas tuvo, desde Salinas a Borges, y desde Hierro a Barral. "Un premio inmerecido", ha dicho él, que fue el premiado más sonado de la transición, cuando ganó el Príncipe de Asturias después del golpe del 81 y en el discurso de aceptación instruyó al heredero del Rey sobre la fragilidad terrible de la democracia.

La riqueza mayor

De los poetas se habla cuando los premian -Gamoneda, Bousoño, Valente, Ángel González- o cuando se mueren -Blas de Otero, Celaya, tantos-, mientras tanto ellos van cincelando orfebres la riqueza mayor del patrimonio español. Los periódicos y los medios de difusión -con las excepciones que siempre tienen los defectos generales- arrinconan a la, poesía en el baúl de las conmemoraciones rituales, ese atroz ritual de olvido y paranoia en que tantas veces se convierte la relación de los medios con la literatura. José Hierro, que es gran poeta desde los primeros versos, ha tenido que escribir Pon la otra mano mientras que con ésta iba llenando las horas en oficinas adustas y espartanas, a las que prestó su servicio con la lealtad invariable de la gente de su clase, que guardan la alegría para la intimidad. Que ahora se hable de él porque es premiado enorgullece a los que aprendimos a memorizar poemas contemporáneos escuchándole recitar su hermosa elegía al emigrante muerto en New Jersey, "no he dicho a nadie que he estado a punto de llorar".

Para entender España, aquella España de la emigración y del silencio, de la represión y de la burla, la España que se quedó del lado de acá con la pistola al cinto, siempre estarán los versos de Blas de Otero, de Celaya, de Gil de Biedma, de Ángel González y de Hierro, la poesía de la vida cotidiana, la irónica poesía de Hortelano y de Barral, el purgatorio en el que hizo parada y hambre la España que se quedó en medio de la brutalidad y siguió pareciéndose en silencio a la que se fue, en sus versos y en esa voluntad íntima de alegría y de libertad que simboliza el poeta de Alegría.

Lo hemos dicho alguna vez: vendimiador entusiasta, tiene en los pinos que cultiva su confidente principal, acaso el primer testigo de sus versos. Con vino -y con coñac, y con café, y hasta con agua- dibuja sus cuadros de jarrones rotos, y con esa misma risa con la que amenaza a los otros con ser indiscreto guarda siempre todos los secretos como si fuera aún un adolescente acosado por la burlona y terrible presencia de la guerra, oculto aún entre los arbustos de la primera edad. Un tipo magnífico. Un poeta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 1995

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