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Tribuna:HOGUERAS DE AGOSTO
Tribuna

Chicas que no queríamos ser

Hay una clara tendencia de las aristócratas británicas a buscar lo que podríamos llamar apollos amorosos fuera, de los recios y secos muros de sus palaciegas mansiones. El caso de Diana de Gales, que, tras haber -realizado varios masters con el servicio, en el apartado guardaespaldas, ha decidido abrirle el cofre del tesoro al capitán del equipo nacional de rugby, Will Carling, es sintomático. Aunque yo le recomendaría a Lady Di un poco de prudencia, porque. siempre que te lías con alguien que forma parte de un equipo te quedan ganas de probar el elenco al completo -algo así me pasó a mí con un comité de empresa cuando tuve que reportear la primera reconversión laboral en unos astilleros; qué tiempos-, y eso acaba por desequilibrarte la noción filosofal de la vida; no puedo dejar de comprender a la criatura, que cada día tiene más claro, al parecer, que una cosa es el oficio y otra el beneficio: es decir, que una puede entregarse a la patria, cuidar de la educación de los herederos -en el caso improbable de que Isabel II tenga planes para morirse dentro de este siglo y presidir bailes de caridad, pero, a la hora de hacerse una bondad a sí misma, nada mejor que entregarse a la quintaesencia de un hombre del pueblo, es decir, un deportista.Otra, británica, lady Alice Douglas, hija del marqués de Queensberry acaba de contraer matrimonio con un presidiario llamado Simon Melia, que está supermacizo -una especie de Sting diseñado por David Lynch-, y al que conoció durante una representación de Macbeth en la prisión de Stanford Hill, en donde él cumple condena por haber robado a mano armada una oficina de Correos -del norte de -Gales. La verdad es que, en su búsqueda justificada de la felicidad, algunas llegan demasiado lejos. La prensa británica, que tiene muy mala leche, titula: Dejan salir al convicto para que se case con lady Alíce. Les mostraría la foto de la boda si no fuera porque esta página me obliga a reproducir sólo cabezas, ahí arriba, porque este verano nos ha dado como jónico y aquí estoy todos los días, con el friso.

Lady Diana es un gran ejemplo para nosotras, las mujeres que no querríamos ser como ella, aunque mis ídolos inconfesables siguen siendo dos por las que jamás me atrevería a dar la cara. Trátase, en primer lugar, de Amanda, la mala de Melrose Place, una auténtica fucking bitchie en el sentido más vulgar y rastrero. Conste que no estoy sola en mi admiración: las hermanas Miller, herederas del rey de los duty free asiáticos, -una de las cuales, Marie Chantal, enjaezó recientemente en nupcias con Pablo de Grecia-, -también la adoran. Nadie como Amanda para hacer lo que más le conviene en el momento oportuno. Qué personalidad, queridas.

La otra pécora en quien tengo puestas todas mis complacencias es Ivana Trump, protagonista de uno de los procesos por divorcio más ejemplares de la historia de la humanidad. Gracias a lo que le sacó al magnate dispone hoy de un yate -perdónenme el dislate- muchísimo más ostentoso y hortera que el Nahíla de Kashogui, en el que tuve el disgusto de pasar unas horas buscando kleenex entre el montón de cosas de oro que tenía sueltas por allí. Tanto es así -que, el ejemplo imborrable de Ivana sigue en pie que la mujer del multimillonario rey de los vasos-de polietireno para McDonald's, Robert Dart, se ha negado a divorciarse en -Londres, donde reside la pareja, porque piensa que si lo hace en Estados Unidos va a sacarle mucho más rendimiento a los años de débito conyugal cumplido a rajatabla y toque de corneta.

No quisiera terminar sin rendir homenaje a dos representantes de la mujer siempre en estado de obras -el síndrome faraónico aplicado al pyopio fisico: la reforma e, incluso, la ruptura- y de resentimiento: las hermanas Zulema y Amira Yoma, ex esposa y ex cuitada de `Carlos Menem. Pero ésta de la femineidad obtenida a golpe de bisturí es historia para otro día.

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