Encerrados en el frigorífico

Prisioneros chechenos liberados aseguran que los rusos les torturaron

ENVIADO ESPECIAL De los 47 presos chechenos intercambiados por los rusos el 26 de enero, uno se murió desangrado a las pocas horas. Los demás, sin excepción, denuncian haber sido torturados de forma sistemática durante su cautiverio en la base militar rusa de Mozdok, situada en Osetia del Norte. "Me detu vieron el 15 de enero, delante de mi casa de Staropromislovsky -en el norte de Grozni- y me llevaron a la fábrica de leche. Allí me mojaban la ropa y luego me metían en una cámara frigorífica donde me helaba; una y otra vez. Así pasé los dos primeros días", asegura Rustán Djamaljarivov. Rustán, no muy, alto, menos de 160 centímetros, parlotea con la mirada ida. Sus ojos claros, azules, no tienen luz. Están apagados. Cansados de ver. Relata sin dejar huir emociones. Los amigos dicen que aún está bajo un gran impacto psicológico. El día de su detención, cuando se hallaba esposado dentro de un blindado ruso en Grozni, oyó decir por la radio: "Se acerca un Moskóvich -coche civil de fabricación rusa- blanco; disparad". Lo conducía un hombre de 75 años, quien resultó herido y apresado. Esposado como Rustán, fueron encerrados en la cámara frigorífica de la central lechera junto a otros nueve prisioneros. Tras dos días de torturas con frío y agua, los soldados rusos les metieron en un camión militar -tipo Ural- y los condujeron como animales hasta la base de Mozdok. "Nos hicieron subir y tumbarnos en el suelo del camión. Nos apilaban unos encima de otros. Algunos no podían respirar".

Después de tres horas de camino, ya en la base, les empujaron dentro de un vagón de ferrocarril que se encontraba aparcado en una vía muerta. Solitario. Dentro de él, les mandaron alinearse. "No os preocupéis, los que no sean combatientes seréis liberados", les ilusionaron. Rustán, 19 años y que jura no ' haber tomado un arma en su vida, no tuvo suerte. "Me ordenaron adelantarme al grupo y en el otro extremo me metieron los pies en una palangana de agua; me ataron a una de las rejas y me dieron descargas eléctricas. Si me desmayaba, paraban".

Una madre ajena que curio seaba su pesadilla en medio de una calle embarrada de Shalí, uno de los centros de la resisten cia chechena, al sur de Grozni, dejó caer una lágrima. "Cuando me daban descargas eléctricas no me interrogaban, sólo me preguntaron una vez si tenía alguna hermana". Rustán estuvo en el vagón de Mozdok 10 días. Apenas le daban agua para beber. Un cuarto de vaso al día. Y para comer: un mendrugo de pan. Sólo salían del vagón para las necesidades. Era una oportunidad única de palpar luz o sentir el aire, la vida, y beber agua en los servicios. Los soldados pusieron caro el capricho de mear: "Cada vez que pedías ir a lavabo te pegaban fuerte con una porra".

A los hermanos Visir y Ruslán Kaargaskvily, chechenos originarios de Georgia, no le sonrió mejor la vida. Casi no hablan ruso. Les apresaron de sorpresa en Assinovskay, un pueblecito próximo a la frontera de Ingusetia. Fue el 19 de enero. "Nos pegaron en las manos y en las piernas", dice Visir, el mayor, con 22 años. Casado *y con una hija de un par de meses. "Nos denunció una vecina rusa, por odio. Dijo que nuestra casa era un centro de guerrilleros".

A Ranizan Emizkvily, también checheno de Georgia, y del mismo pueblo de los hermanos Kaargaskvily, le sorprendió la redada militar en medio de una partida de dominó. Raman ha sido el peor parado de los cuatro. Se recupera de sus heridas en la casa de Lechi, uno de los jefes guerrilleros de Shalí. Tiene dos fisuras en el cráneo, los ojos enrojecidos por los derrames, la nariz rota por dos sitios y la mano derecha casi inutilizada. Tiene 22 años y porta penas de 40. A él le aplicaron la picana sobre las esposas metálicas, lo que resultaba muy doloroso. "Sé que me golpearon varias veces en la cabeza, pero no sé en cuál de ellas me hicieron las heridas", dice. Igual que los demás, recuerda con horror la sed. La escasez de agua. "Ponían la calefacción del vagón muy alta, para que sudáramos y tuviéramos más sed".

Antes de ser intercambiado le visitó un médico militar ruso. No le auscultó ni miró. Sólo le preguntó: "¿Estás bien?". "Eligieron a los 47 que estaban en mejores condiciones", asegura Raman, "los que están mutilados o medio muertos se quedaron en la base de Mozdok". Recuerda perfectamente la cara de sus guardianes. Los reconocería hoy con toda seguridad, pero Ramzan cree que es idiota guardarles tanta memoria, pues nunca serán castigados. Ni ellos ni aquellos que les daban las órdenes. De eso están seguros todos, hasta los soldados rusos.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 01 de febrero de 1995.

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