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Un catalán universal

No me gusta escribir necrologías. Y menos aún necrologías de amigos. Por eso me alegra -si es que en momentos así cabe alegría alguna cumplir un estricto encargo profesional: soy un periodista de pluma que escribe sobre un periodista de lápiz, aun cuando tales herramientas de la era paleoinformática y prefaxista hayan adquirido ya la indestructiva e inútil categoría de metáforas.Escribo sobre Perich ahora porque ha muerto, y él ya conocía la sentencia de Ramón J. Sender según la cual lo mejor que puede hacer un escritor para salir en las portadas de los medios es ganar el Premio Nobel o morirse. Como no hay un Nobel para dibujantes, al humorista gráfico sólo le queda la segunda opción. Supongo que se nota, y quiero que se note. Que, se haya muerto Perich no me duele. Me cabrea. Me cabrea mucho. Era el más grande, ya lo dije hace más de 20 años en mi primer libro "de investigación" -ríndanle al muerto el homenaje de reírse por dentro de lo entrecomillado-, De Tono a Perich. Y volví a decirlo hace menos de dos meses, en el catálogo de la exposición de sus dibujos que se presentó hasta hace 15. días en el Colegio de. Periodistas de Cataluña.

Dura belleza

Sede adecuadísima, porque cuando digo que Perich era el más grande quiero decir que era el más periodista de los humoristas gráficos de prensa.Nunca fue -salvo acaso en sus muy lejanos tiempos de esclavo de la factoría Bruguera- un fabricante de chistes, y menos aún un gracioso. La dura belleza de sus dibujos nace (nacía, maldita sea) de la perfecta adecuación de cada trazo a su función: expresar la idea. Pero el valor esencial del Perich residía en que era, seguramente con Máximo y El Roto, el más descarnado e imlacable comentarista político del país. Cuando expresé esta idea al presentar su exposición, él me confesé en voz baja: "A mí también Máximo y El Roto son los que más me interesan".

Como a todo buen peridista que se precie, nada le pasaba por alto. Arrancaba a tiras la piel maquillada de la realidad mediática mediatizada y mostraba la carne cruda y sanguinolenta de la realidad real. Y nunca se casaba con nadie si podía evitarlo. Llamaba hijos de puta a los de ETA y a los del GAL, porque tan hijos de puta con los unos como los otros, y él y yo sabíamos que las respetables profesionales del comercio carnal como Dios manda no tienen nada que ver con esa piara de indeseables nacionalistas, vascos los unos y españoles los otros.

Porque, eso sí, Perich era un humorista catalán con muy mala leche. Inconfundiblemente catalán. El más español de los humoristas catalanes, el más universal de los humoristas españoles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 01 de febrero de 1995.

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