Encabo se justifica
Una salida a hombros en la feria de San Isidro, como con la que ya se adorna Luis Miguel Encabo es envidiado mérito que engalana cualquier currículo profesional, y justifica la inclusión de su poseedor en el testo de abonos de la temporada. Pero, la vergüenza torera, la bizarría y la rabia y hambre de triunfo de Encabo, que lleva poniendo de manifiesto a lo largo de toda la campaña, le sirvieron para encandilar a la afición albacetense. Nadie se preguntaba el porqué de su presencia en el ciclo ferial.Sí se lo cuestionaban al término del festejo -el sector más crítico, antes- en los casos de sus compañeros de tema, el local Manuel Montoya y el linarense Sebastián Córdoba, que deambularon por el albero cual figuras hartas de millones y de cortijos, desaprovechando sendos lotes proclives al triunfo, algo tan necesario en coletudos ayunos de contratos, como ellos, y que se vieron favorecidos en los despachos a la hora de confeccionar los carteles.
Giménez / Montoya, Córdoba, Encabo
Novillos de Giménez Indarte, desiguales de presentación, mansos, nobles y flojos, excepto el 6º, descastado y peligroso. Todos sospechosos de pitones. Manuel Montoya: pinchazo perdiendo la muleta, estocada tendida delantera que asoma y descabello (palmas); pinchazo pescuecero, media perpendicular baja y seis descabellos (algunos pitos). Sebastián Córdoba: media perpendicular ligeramente contraria (ovación); pinchazo sin soltar, estocada corta, pinchazo -aviso- media y cuatro descabellos (algunos pitos). Luis Miguel Encabo: pinchazo sin soltar -aviso-y bajonazo (oreja); dos pinchazos, media desprendida -aviso- y descabello (palmas).Plaza de Albacete. 18 de septiembre. Primera de feria. Media entrada.
Encabo brilló con luz propia tras abrirse de capote y veroniquear a su primer enemigo, lo que realizó ora de pie ora de hinojos, pero siempre con enjundia. Tras un buen quite por chicuelinas y un tercio de banderillas consumado con fácil espectacularidad y el último par al cambio citando desde el reclinatorio, inició su faena también con el pase cambiado. De su fácil concepción del toreo surgieron, con la flámula por delante y planchá, serie de redondos y naturales que abrochó con imaginativa diversidad. Intercaló dos trincherazos profundísimos como la mar océana y acabó con unos mandones ayudados por bajo para cuadrar al bicho, antes de ensuciar la faena con un bajonazo en la zahurda. Por ese camino real de atrevida torería iba con el marrajo sexto, al que dominó valerosamente utilizando los engaños como látigo. Pero el morlaco, enterado y reservón, era un saldo de gañafones que podía traer hule. A Encabo le dio igual, e insistió con valor y conocimiento ante tan patibulario enemigo, dejando caldeadísimo el ambiente elevadísima su cotización.
Amistad
El mérito de Córdoba para hacer el paseillo en Albacete, es la amistad de su apoderado, Miguel Orellana, con los choperitas, empresarios del coso albacetense. El linarense, académico y frío; pulcro hasta la saciedad, dejó en ridículo a sus valedores con una actuación precautoria en exceso y en la que sólo apuntó leves momentos de clase.Montoya, con cinco largos años ya de novillero ha perdido muchos trenes en demasía. Anduvo nervioso, embarullado y torpón, buscando más la línea jesuliniana, tortilla incluida, que el toreo de corazón. Desde el andén y sin arriesgar un alamar vio una vez más como pasaba otro tren de la oportunidad.
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