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Crítica:

Cyrano de Bergerac

22.00 / La 2Francia, 1990 (134 minutos). Director: Jean-Paul Rappeneau. Intérpretes: Gérard Depardieu, Anne Brochet, Jacques Weber, Vicent Perer. Drama.

El dramaturgo francés Edmond Rostand estrenó -en 1897 una obra que pasaría a la historia de la literatura: Cyrano de Bergerac, una versión muy libre (en realidad no tiene nada que ver) de la vida de un filósofo y humorista del XVII, al que convierte en un poeta brillante y valiente espadachín con

un solo defecto: una nariz descomunal. El Cyrano de Rostand es, a la vez, un homenaje satírico al teatro francés clásico, una ironía sobre la fealdad y la atracción física, un canto al amor más loco y absurdo. Jean Claude Carrièrre y Jean-Paul Rappeneau captaron todos los matices del original en su adaptación, a la que dieron un toque de espectáculo cinematográfico. Además, la elección del actor principal, Gérard Depardieu, no pudo ser más acertada. Trepidante, divertido (aunque algunos juegos de palabras se pierdan con la traducción), el filme deja tras de sí un poso de reflexión, el raro regusto a cine de primera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 1994