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Mujeres y proyecto de sociedad

La gente de Tiro, a quien no habrían desautorizado los modernos psicoanalistas, pretendió en el 874 antes de Cristo que, puesto que la mujer tiende a proteger, conservar, perpetuar, compartir y unir, mientras que el hombre conquista, inventa, defiende y dispersa, lo mejor era que Dido y Pigmalión, hermana y hermano, se sucedieran en el poder (¡alternancia!) cada dos años. Por supuesto, Pigmalión conquistó el poder con las armas y Dido marchó al destierro con el resultado de todos sabido.A la hora de reservar a las mujeres el lugar que les corresponde en la sociedad, nos incumbe decir qué respuestas, cuáles valores añadidos podríamos aportar a los problemas planteados por una sociedad cambiante, qué proyecto de sociedad podría ser el nuestro. Nos haremos para ello la triple interrogación de Kant, la misma que se hicieron los socialistas del siglo pasado: "¿Qué se puede saber? ¿Qué se debe hacer? ¿Qué cabe esperar? Es innegable que acabamos de salir de un anquilosamiento de las ideas. No obstante, cuando, para hallar un remedio, se habla de adaptación a las nuevas realidades, no habría que olvidar que se trata de adaptar la realidad a las necesidades de la humanidad, y no a la inversa.

1. ¿Qué se puede saber?

Partir, pues, de los hechos. Primero, el norte. El mundo ha cambiado, nuestras sociedades han cambiado. Si las conquistas son múltiples, los azotes son numerosos. Ante todo, el empleo y su corolario, el paro. Las estadísticas del paro en Europa desembocan en una certeza: la actual tendencia de la economía conduce a acentuar el desempleo. Todas las innovaciones tecnológicas modernas acarrean destrucción de empleo como las nubes las tormentas. El paro, pues, ya no afecta sólo a los menos preparados en el mundo del trabajo, sino también a directivos, técnicos, agricultores, etcétera. Lejos de representar el famoso ejército de reserva de la patronal, quienes demandan empleo se ven simplemente desasistidos y marginados. Aparte de lo asistencial, los únicos remedios a la vista son, para los jóvenes, la prolongación de los estudios, y para los viejos, el adelanto de la jubilación. Otro remedio muy en boga consiste en atrancar las fronteras y expulsar a los trabajadores emigrados, cuyos hijos son tan ciudadanos del país donde a menudo han nacido como cualquiera.

El crecimiento nunca volverá a ser lo que ha sido. Consiste en fabricar excedentes -cuidado, ¡la sociedad de consumo ya no hace más soñar!- con ayuda de una mayor automatización, multiplicando así el número de excluidos. Amén de unos costes considerables que recaen sobre el conjunto de la sociedad, esta flagrante injusticia humana y negación de dignidad repugna a la conciencia más encallecida. La tendencia es hacia una sociedad dual (André Gorz), con una minoría de activos y una mayoría de excluidos. ¿Es eso lo que se pretende? Esta esfera de lo económico, este sistema (según Habermas) tiende a someterse a todas las otras esferas de actividad. La gran mayoría de los empleos consiste hoy en especializaciones exigidas por las máquinas. Si el sistema educativo se pone al servicio de la especialización económica, toda una cultura, la que permite juzgar de forma crítica lo que vale y lo que no vale para el hombre, se habrá plegado a la ley de la eficacia.

Sin embargo, el socialismo no debe ser un sistema económico diferente, sino la voluntad y la capacidad de definir democráticamente las prioridades.

En el Sur, ¿cómo hablar de subsidios o de cobertura social a un mendigo de Bombay, a una pequeña prostituta-camello de México, a los niños de Río, a una madre somalí o del noreste brasileño? En cuanto a los recientes acuerdos de cooperación entre ciertos países desarrollados y países llamados del Sur, se trata, a menudo, más de la utilización de vastas reservas de mano de obra barata que de una distribución social de la riqueza

2. ¿Qué se puede hacer?

Pero ¿no disponemos de posibilidades técnicas, científicas y económicas infinitamente superiores, como jamás la humanidad ha tenido a su alcance?

En el Norte, pese a lo dicho sobre el crecimiento y los excedentes, no es absurdo pensar que cabría luchar contra el paro creando - nuevos empleos. ¿Pero cuáles? Empecemos con los viejos: conserjes, bibliotecarios, cobradores de autobús, vendedores de periódicos, entradas de teatro o conciertos; desarrollemos el trabajo social, la ayuda a las personas mayores, los drogadictos, la instrucción de los iletrados o de las poblaciones desplazadas, los cursos de reciclaje, la custodia de niños, la compañía a los inválidos, y todos esos "empleos interpersonales" (Michel Rocard) de utilidad colectiva. Diversifiquemos al máximo los empleos atípicos y revaloricémoslos. Reconozcamos las actividades al margen del mercado de trabajo (OECD), como el trabajo doméstico y las tareas voluntarias abiertas a todos y no solamente a las mujeres. Establezcamos un nuevo equilibrio entre trabajo remunerado y actividad productiva no remunerada (A. Gorz). Para restaurar el tejido social de las ciudades, para establecer lazos, para luchar desde abajo contra la violencia y la droga, la marginación de los jóvenes y el racismo, y no desde arriba, mediante la represión, son las mujeres, con su triple empleo cotidiano, las que pueden aportar un nuevo enfoque. Cuando una mujer dirige se favorece el trabajo en equipo, con un real reparto de competencias y conocimientos (OECD). Esto es, solidaridad. Y empleo.

Repartir el trabajo, flexibilidad del empleo, trabajo a tiempo parcial, jornadas reducidas, horarios a la carta; estas soluciones nunca se han aplicado masivamente, y aunque son ambiguas cuando se les ofrece únicamente a las mujeres, son hoy día la panacea de todos los discursos sobre el empleo. ¿Por qué no plantear ya hoy, como hipótesis de trabajo, el año de 1.000 horas en lugar de 1.500? (André Gorz). La perspectiva del tiempo libre no es una calamidad, sino un extraordinario avance de la humanidad. Reducir el tiempo de trabajo sin pérdida de rentas es el gran desafío que hoy se plantean algunos teóricos socialistas alemanes (Peter Glotz, Ulrich Beck). ¿La solución del paro pasa por el desarrollo de un "tercer sector" (Jacques Delors), como en Escandinavia, donde las colectividades locales sostienen las actividades sin pasar por el asalariado o la profesionalización?

Reducir el tiempo de trabajo significa asimismo acabar con la fragmentación de la vida en tramos de edad: un tiempo para aprender, un tiempo para trabajar, un tiempo para descansar. El mundo está Heno de jóvenes que ya no quieren estudiar, sino trabajar; de adultos que se niegan a trabajar tanto, en detrimento de su familia y su vida afectiva, y de viejos que están lejos de serlo y pueden aportar sus saberes a la humanidad. Es preciso, acostumbrarse a pensar en adelante en términos de reparto, en cuyo terreno todo está por inventar. Reparto del empleo y de la renta en los países desarrollados. Reparto de los medios, pero también de los saberes con el mundo desfavorecido. Reparto del planeta con las futuras generaciones.

En el Sur, las informaciones proporcionadas tanto por la Cruz Roja como por la OMS demuestran que las pequeñas organizaciones formadas por voluntarios y con tareas múltiples son más eficaces que las grandes operaciones mediáticas o los costosos diluvios de mercancías que pocas veces llegan a su destino.

También aquí las mujeres. Éstas producen, procesan y comercializan el 80% de los alimentos de los países en vías de desarrollo y dirigen el 70% de las pequeñas empresas existentes. Un tercio de las células familiares tienen una mujer como cabeza de familia. Para entretener sus ocios, crían a los niños, cuidan a los enfermos, los viejos y los inválidos, alejan a los adolescentes de la droga, alojan a los sin techo y a los huérfanos del sida. Sin embargo, todos los proyectos internacionales suponen que las mujeres no trabajan, y no se prevé nada para educarlas.

3. ¿Qué cabe esperar?

El siglo XX es el siglo de un renacimiento conceptual. Casi todos los conocimientos sobre el tiempo, la materia, la biología, se han visto trastocados. La humanidad dispone de posibilidades de acción infinitamente superiores. Somos 5.480 millones de seres humanos en el planeta. En el 2050 nuestros nietos serán 10. 000 millones. ¿Podemos continuar pensando en serio en cerrar nuestras fronteras y en pensar el espacio geográfico como un mosaico de naciones creadas sobre bases étnicas cuya de demencia se aprecia en Europa central? ¿No podríamos empezar a pensar en un espacio aterritorial (Giorgio Agamben), en el cual el pueblo, mezclado, enredado, múltiple -si precisamente en eso ha consistido siempre su riqueza-, recobraría su sentido político?

En un momento en que los economistas más serios se inclinan sobre la noción de salario humano, de renta monetaria de existencia, para repartirlo no sólo en el interior de los Estados opulentos, sino a escala planetaria, ¿no podríamos empezar a pensar en invertir la pirámide? ¿A imaginar una sociedad estructurada en redes en vez de jerarquizada? ¿A reconocer que lo más valioso que posee el individuo es lo que le han aportado los demás? Incluido el irritante vecino cuyos 12 niños ocupan permanentemente la escalera del inmueble...

¿Queríamos de verdad una sociedad opulenta fundada en la competitividad y el crecimiento, aun a precio de cimentarla con el egoísmo, el racismo y la destrucción? La sociedad que deseamos es la que permite el desarrollo del individuo-sujeto, libre para elegir la finalidad de sus empresas (A. Gorz). Mientras los ciudadanos no tengan otra opción que menos mercado y más Estado, o menos Estado y más mercado, siempre nos sentiremos desposeídos de nuestros legítimos derechos y de nuestros actos. Una sociedad activa es una sociedad marcada por la posibilidad que cada cual tiene de elegir, por la diversidad y la solidaridad. Eso o la barbarie.

Nicole Muchnik es integrante de la asociación cultural Passages.

Traducción: Esther Benítez.

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