50º FESTIVAL DE VENECIA

Cineastas de todo el mundo fundan un sindicato de autores de cine

Steven Spielberg recibe un premio honorífico por su obra

ENVIADO ESPECIAL Steven Spielberg rechazó hace unas semanas la invitación de la Mostra para clausurar el festival con su Parque Jurásico y pidió que la proyección de su filme coincidiera con el Encuentro Internacional de Autores, convocada por el director Gillo Pontecorvo, para así poder asistir a él, aportar su experiencia y, sobre todo, su renombre universal. Su sugerencia fue aceptada y ayer el célebre cineasta norteamericano, mató dos pájaros de un tiro: recibió un León de Oro honorífico a su ya legendaria carrera (pese a su mediocre Parque jurásico) y puso su grano de arena -en este caso de oro- en las tareas fundacionales de un futuro sindicato internacional de autores de cine.

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El jefe de este tinglado, el realizador italiano y director de la Mostra, Gillo Pontecorvo, llamó el año pasado a Venecia a un centenar de conocidos cineastas europeos para que debatiesen la viabilidad actual del arcaico concepto de "cine de autor", hoy en descrédito casi absoluto a causa del torpe abuso que de él se ha venido haciendo en el cine europeo desde hace casi tres décadas y que ha situado a nuestra producción audiovisual en un callejón sin salida y en un nido de tedio.Verdaderos autores de cine hay muy pocos -una decena en todo el mundo, con mucha manga ancha- pero no hay director de películas, por normalito e incluso mediocre que sea su trabajo, que no tienda a creerse un "autor", es decir un portavoz viviente de una fuente irrepetible de creación de imágenes.

De ahí que la buena idea de de Gillo Pontecorvo desembocase el año pasado en un divertido, por ridículo e incluso grotesco, gallinero alborotado en el que decenas de cineastas comunes hablaban envanecidos orbi et orbe.

Actuaban como papas de su oficio y se expresaban en general con una penosa tendencia a creerse situados a la altura de David Grifflith o Charles Chaplin. El espectáculo fue inútil, lamentable, y Gillo Pontecorvo juró y perjuró que no volvería a incurrir en tamaña ingenuidad.

Insistencia

Pero se lo pensó dos veces y volvió a hacer la misma convocatoria, pero sobre unas bases teóricas nuevas y un distribución de tareas analíticas diametralmente distinta: obligando a estos fantasmales autores de nada, a olvidarse de que todos ellos se creen Orson Welles y a poner los pies en el duro suelo se su prosaica profesión.Es decir, a oponer resistencia a las crecientes restricciones de libertad e independencia que encuentra su trabajo diario y a remediar la invertebración e indefensión que su oficio tiene frente a la astronomía de los intereses de los grandes grupos financieros internacionales y las políticas económicas claudicantes de los gobiernos.

Esta vez Pontecorvo dio en el clavo. En primer lugar acudió a cineastas norteamericanos o europeos, enrolados por Hollywood, cuya presencia era indispensable. Y aquí están debatiendo asuntos sindicales Steven Spielberg, Sidney Pollack, Gus van Sant, Robert Altman, Stephen Frears, Peter Weir, el chino Chen Kaige (ahora tentado por un aluvión de talones en blanco californianos, tras la maravilla de su Adiós a mi concubina).

También participan otros añadidos de postín a los más 250 cineastas europeos (entre ellos, los españoles Jordi Grau, representado a la división española de la Federación de Realizadores Europeos; Manuel Gutiérrez Aragón, en cuanto a presidente de la Sociedad Generales de Autores de España; y Juan Antonio Bardem, en funciones de cabeza visible de ADIRCE, que agrupa a los directores de cine de nuestro país), que han acudido esta vez con pluma y sin plumero a la oportunísima llamada de Gillo Pontecorvo.

La presencia de cineastas estrechamente ligados a Hollywood ha sido el toque de credibilidad que este acto necesitaba para poner en marcha con posibilidades de llevar más allá de la frontera de los sueños a un, así llamado y ya formalmente constituido, sindicato internacional de cineastas.

Se ha reunido en esta edición de la Mostra veneciana y formado un grupo de presión legítimo y en toda la regla, que se llamará Unión Mundial de Autores de Audiovisual, que está muy lejos y muy por encima del referido gallinero de autobombo de hace un año y se dispone a plantear humildes, y por tanto, más serias batallas de índole profesional.

Unas batallas que ahora más que nunca son imprescindibles para movilizar -como ya ha ocurrido en Francia y se ambiciona que ocurra pronto en toda la CE- a los poderes políticos en la defensa de la aplicación al cine y al producto audiovisual la famosa y controvertida "cláusula de excepción cultural" dentro de la inminente Ronda Uruguay del GATT, cláusula que Hollywood rechaza frontalmente -y la Administración Clinton acepta tal rechazo- considerando así al cine no como un arte sino como un simple servicio o una mercancía común, como las muy honorables -pero nada artísticas- derivadas de la industria del botijo, del petróleo y del átomo.

El desafío es imaginativo y el aval de los hombres de cine estadounidense da aire nuevo a la ambición de los cineastas de Europa de que su trabajo no quede aplastado por la competencia, a todas luces desproporcionada y en algunos aspectos descaradamente ilegítima, colonización de Hollywood a las redes de distribución y exhibición de cine europeas y, en especial, las de la Europa ex comunista, donde su adueñamiento es tal que la producción de estos países está literalmente en trance de extinción por falta de canales de salida a sus propios mercados, de sus propias películas.

Hollywood quiere abiertos de par en par para sus lanzas de penetración, todos los mercados del mundo, mientras que con un sorprendente cinismo, cierra a cal y canto su propio mercado a los productos audiovisuales extranjeros. De otra manera: la industria cinematográfica más protegida del planeta se niega en redondo a que el resto de las industrrias de otros países se autoprotejan como ella hace.

Brutal paradoja colonizadora, que incluso los propios cineastas estadounidenses aquí presentes consideran un vergonzoso escándalo.

Las bases de un nuevo proyecto están sentadas con los primeros pasos de este sindicato internacional de autores de cine, que si logra bajar de las nubes teóricas al duro y sucio suelo de la lucha política, puede convertir a esta edición de la Mostra en un suceso histórico.

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