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Entrevista:Conversaciones en el Hollywood dorado

Lo que la tele salvó

En sus torrenciales y poco interesantes Diarios, Andy Warhol cuenta que abandona todos sus compromisos previos para ver a Joan Collins en aquel folletín televisivo titulado Dinastía. Yo no sé si Warhol quería ser, en el fondo, Alexis Carrington, pero escribió con delirante entusiasmo: "¡Joan Collins es fantástica!". He aquí una opinión compartida por millones de televidentes. Porque es cierto que, pese a lo execrable de sus materiales, Joan Collins era fantástica. En realidad era un espectáculo en sí misma. También lo es en la vida real. Llegó a Madrid para una sola noche, cargada con varios baúles. Provocó una acumulación de fotógrafos como no los veía Televisión Española desde que Franco inauguró sus estudios allá en el pleistoceno. La dama estuvo bella gentil, divertida y tentadora. Se definió como «paradójica, caprichosa y mercurial". Hizo la felicidad de nuestro divino iluminador Jacinto García cuando declaró a cámara abierta que en ningún capítulo de Dinastía había estado tan bien iluminada. Joan seguía siendo tres cosas: espectacular, espectacular y espectacular. Y con un cerebro capaz de sobrevivir a todos los cataclismos.Terenci. Todo el mundo parece adorarla a partir de la televisión, en cambio yo me enamoré de usted hacia el año 1955, cuando apareció como pérfida princesa chipriota sepultada viva en la Gran Pirámide...

Collins. ¡Ah, esa era Nellifer en Tierra de Faraones! Era una bruja. Una baby-bitch, para ser exactos, pues yo era muy joven entonces. La experiencia me impresionó enormemente. Sólo tenía 20 años, llevaba cuatro haciendo películas humildes en Inglaterra y el despliegue técnico requerido para aquella superproducción superó todo lo imaginable. Tuve algunos problemas con el director Howard Hawks, porque a él no le gustaba mi voz. (Ríe). Tenía razón: era chirriante, parecía un gatito al que pisaban la cola. Howard me hacía gritar a todo pulmón para que la voz ganase en volumen y densidad. ¡Fue un milagro que no me quedase muda como los sacerdotes encerrados conmigo en la pirámide!

T. No es grave: los diálogos son famosos por tratarse de uno de los errores más sonados de William Faulkner. Dicen que abandonó el guión a la mitad porque no sabía cómo hacer creíble al faraón Keops hablando en inglés americano.

C. A mí no se me exigía tanto... (Ríe). Con estar bella y perversa cumplía.

T. Antes de incordiar a la realeza de la V Dinastía menfita, sus compatriotas ya la llamaban 'Britain's bad girl "...

C. En el cine inglés solían adjudicarme papeles de chica descarriada., Lo cierto es que tenía un aspecto muy poco británico: todas las chicas de mi edad eran rubitas, de ojos azules y piel blancucha. Yo era muy morena y de piel oscura. También me llamaban "the pouting panther", "la Jezabel de la hora del té" y cosas así. El estudio que me tenía contratada no sabía qué hacer conmigo.

T. ¿Cómo era el Hollywood que la acogió después de Tierra de Faraones?

C. Fue otro impacto tremendo. Cuando salí de Inglaterra todavía teníamos racionamiento en algunas cosas. California se me presentó como la tierra de la opulencia: televisión en color, kilos de chocolate, helados a discreción... y, por supuesto, una promoción con la que una actriz inglesa no podía siquiera soñar.

T. ¿Intentaron cambiarla mucho?

C. Muchísimo. Los asesores de imagen del estudio nos dirigían en todo, hasta el punto de convertimos en personas distintas. La Fox se empeñó en darme el tipo de chica moderna o lo que ellos entendían como tal. Una mezcla de estudiante americana un tanto bohemia, a lo Juliette Grecó: bluses deportivas, tejanos, permanente, flequillo... Lo curioso es que me hacían posar continuamente en biquini. Querían a un sex-symbol y al mismo tiempo a una pánfila. Todo era muy contradictorio.

T. ¿Continuaron licenciándola en perversidad?

C. No en mis primeras películas. En El favorito de la reina era una dama de la reina Isabel y, lógicamente, la tremenda era ella.

T. ¡Claro: se trataba de Bette Davis! ¿Cómo se sintió ante semejante mostruo sagrado?

C. ¡Aterrorizada! Cada vez que la veía aparecer por el set me ponía a temblar. Opté por esconderme. En la película ella estaba enamorada de Sir Walter Raleigh y él de mí. Lógicamente, tenía que odiarme... pero, ¡Dios mío!, ignoraba que, además, odiaba a todas las actrices jóvenes. Tengo que decirle que me sentí mucho más cómoda en La chica del trapecio rojo, mi película favorita...

Joan agradece que alguien le pregunte sobre sus viejas películas, ya que al parecer la prensa la ha encasillado como estrella televisiva. Recordemos que, en Hollywood, intervino en títulos como Isla al sol, El vengador sin piedad, western con Gregory Peck; El sexo opuesto, nueva versión de la legendaria comedia de Cukor Mujeres, y la adaptación de una novela de Steinbeck, The wayward bus, donde hacía el papel de una matrona borracha y desaliñada...

T. De repente sorprendió agradablemente caricaturizando la imagen de la vampiresa tópica en Un marido en apuros, dirigida por un rey de la- comedia, Leo McCarey.

C. Fui una vampiresa loquita y divertida. Lo curioso es que la Fox quería utilizar a aquella chica llamada Jayne Mansfield, que tenía un busto monumental.

Acaso por semejante atributo alguien de la Fox la consideraba ideal para la comedia. Por suerte, los protagonistas, Paul Newman y Joanne Woodward, eran muy amigos míos y sabían que tengo un gran sentido del humor, de manera que casi me impusieron. Fue un alivio porque yo siempre había soñado con hacer comedia.

T. En La esposa del mar era nada menos que una monja que naufragaba junto a Richard Burton...

C. ¡Ya ve usted qué pareja para una sola balsa! (Ríe). Bueno, la película estuvo a punto de ser importante, porque en principio tenía que dirigirla Roberto Rossellini, pero exigió que el guión incluyese una escena de amor. La sola idea de una monja besando a Burton horrorizó al estudio, pendiente de la mentalidad del público americano de 1956. Rossellini insistió en que sin la escena de amor no haría la película. Se hizo cargo de ella Nunnally Johnson, que no tenía ninguna experiencia como director.

T. Poca gente sabe que usted, Audrey Hepburn y Susan Hayward fueron candidatas oficiales para el papel de Cleopatra. ¿Cree que esa película habría influido en su carrera?

C. Los mil avatares que sufrió el rodaje de Cleopatra hacen imposible imaginar qué hubiera ocurrido con cualquier actriz que no fuese la Taylor y todo lo que ella acarreaba.

T. ¿Qué aprendió durante sus siete años en Hollywood?

C. Lo aprendí todo. Me hice adulta. Aprendí a utilizar mis herramientas profesionales, cómo reaccionar ante las cámaras, cómo dar la réplica a los demás intérpretes. Con todo lo que pueda decirse contra Hollywood, era una escuela incomparable. Añadiré que también aprendí a sobrevivir. Porque lo cierto es que nunca me lo tomé demasiado en serio. Veía demasiados desastres a mi alrededor: gentes que arruinaban su vida para llegar a la cumbre y permanecer en ella a cualquier precio. Seres consumidos por la ansiedad, la bebida o las drogas, obsesionados por el miedo a envejecer... Yo pensé que la vida es demasiado corta para despreciarla con tales quimeras. Así pues, aproveché para contraer matrimonio y tener hijos.

T. Estos acontecimientos coinciden con el final del sistema de estudios. La Fox no le renovó el contrato y, al igual que otras actrices, pasó a los estudios italianos. Allí fue una distinguida señorita de la Biblia: la reina Esther. Y después tuvo una serie de altibajos...

C. Muchos bajos, para ser exactos.

T. Hizo algunas películas en Italia, incluso algún spaghetti western en España. Hasta que, años después, en los ochenta, en la televisión le permitió regresar a Hollywood con la venganza en la mano...

C. Oh, no, yo no creo en venganzas, no van con mi carácter. Llevaba muchos años en este oficio, me defendía, no como para vivir una existencia lujosa y deslumbrante, pero sí una buena vida. Estaba haciendo teatro en el West End, que es lo que me gustaba. Pensé: "Basta de cine. Me quedo en los escenarios". Ni siquiera había oído hablar de Dinastía. Cuando me la ofrecieron, creí que sería un trabajito de. seis meses, que me permitiría dar una vuelta por los Estados Unidos, ver a los viejos amigos y ganar unos buenos dólares. Pues resulta que estuve siete años metida en aquella serie, y me vi catapultada a unos índices de popularidad superiores incluso a los que el cine podía dar en mi época...

T. Dinastía la convirtió en el prototipo de la top-woman. Las revistas americanas la ponían de ejemplo a todas las mujeres maduras que no saben qué hacer con su vida...

C. Yo sí lo sabía. (Ríe). Me encanta vivir bien: los viajes, los amigos, el reposo, dedicarme a mis hijos... Pero es cierto que la prensa prefería mi aspecto de mujer fuerte, la nueva ejecutiva para ser exactos. Una mujer que, pasados los cuarenta todavía es bella, manda sobre su destino y posee una empresa de perfumes, otra de lingèrie, una productora de series televisivas... Tengo que decir que esto lo conseguí gracias a Alexis Carrington.

T. ¿Cómo explica el éxito popular de un personaje negativo y que, en principio, debía caer antipático al público?

C. Tengo muy buen instinto para esas cosas. Vi que el papel tenía buenas situaciones y réplicas muy incisivas. Decidí construirlo a mi manera, hacerlo original. Había visto algunos capítulos de Dallas y pensé que los actores se lo tomaban demasiado en serio. Además, todas las actrices aparecían igual: peinadas, maquilladas y vestidas bajo un mismo patrón... quedaban ¡muy americanas! (Ríe). Usted ya me entiende. Pensé que yo podría triunfar si aportaba cierto toque de la vieja Europa y un determinado sentido de la extravagancia: enormes hombreras, pieles despampanantes, sombreros exagerados, vestidos de noche, muchas joyas, champagne, caviar... Esto convertía a Alexis Carrington en un personaje diferente. En realidad, intenté trasladar a los años ochenta la técnica de la comedia de los años treinta.

T. Quiere decir que no acababa de tomarse en serio a su perverso personaje...

C. Exactamente. Y esta puede ser la razón de que fuese tan bien aceptado por el público.

La magna Bette Davis declaraba en su libro-entrevista No guts no glory::, "Guapa muchacha, esa Collins. Ha conseguido triunfar a los 50 años. Dios la bendiga. Cuando trabajó conmigo en El favorito de la reina yo tenía 48 y ella hacía de ingenua. Observando aquel rostro tan hermoso, pensé: "Esos de la Fox la encasillarán en papeles sosos para toda la vida". En 1955 ya era un sexsymbol y, ¡demonios!, ha conseguido volver 25 años después siendo un sex-symbol todavía más potente.

Aunque el reconocimiento de la la loba llegó un poco tarde certifica la pintoresca inmortalidad de Joan Collins cuando el Hollywood que conoció yace ya entre los muertos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 1993

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