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Tribuna:

Madrid

He nacido en Madrid, y siempre me ha parecido que esta ciudad era un lugar sin sabor y sin memoria, el centro de la nada, como me parece que decía Agustín García Calvo en un himno madrileño que no ha prosperado. Recuerdo, de niña, la envidia que me provocaban las compañeras del Instituto, que tenían casi todas un terruño, una historia, una cultura; el orgullo de ser asturianas, o extremeñas, o catalanas, y además un caudal de conocimientos extraordinarios, tales como fiestas y leyendas tradicionales, bailes y costumbres, dulces sabrosísimos, trajes regionales e incluso, el colmo de la envidia, idiomas propios. Ante ese despliegue de saberes formidables, tú permanecías boquiabierta y añorante, porque en Madrid no había nada parecido; al menos en mi Madrid de los años cincuenta y sesenta, una ciudad de aluvión informe y confusa.De modo que esta ciudad. siempre fue para mí un no lugar, un agujero negro; y luego, cuando llegué a la primera juventud, empezó a ser, además, un agujero incómodo, lleno de funcionarios y de grises, los duros policías del franquismo; y encima con el resto de los ciudadanos del Estado odiándote por Ser un madrileño centralista. Nunca creí, en fin, que Madrid diera nada a sus hijos, ni que hubiera una raíz, una mirada propia. Hoy, sin embargo, tantos años después, he descubierto algo: que esa falta de pasión por el terruño, ese eclecticismo del lugar sin lugar, nos ha hecho más abiertos, más receptivos y más tolerantes (no a todos, claro; siempre hay algún idiota capaz de sentirse patriota hasta del atolón Bikini), y que ésa es la marca de Madrid, nuestra cultura. Mientras rugen en Europa los fanatismos nacionalistas y el mundo empapa sus banderas en un baño de sangre, yo me siento orgullosa, por primera vez, de esa manera de ser madrileña (o de no serlo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de octubre de 1992