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El fuego olímpico ya corre hacia Barcelona

ENVIADO ESPECIAL El fuego olímpico ya flamea por las calles de Grecia. Cuando al filo del mediodía de ayer la gran sacerdotisa de Hera prendía con el espejo cóncavo los rayos del sol en la Dama olímpica, en ese mismo instante empezaba el último y decisivo capítulo de los Juegos de Barcelona. En el templo de la diosa reinaba un silencio íntimo y místico, coreado de cerca por miles, de ciudadanos griegos, orgullosos de conservar su tradición y satisfechos también de sus consecuencias comerciales y de imagen. No en vano es ésta la primera vez en que se comercializan los derechos televisivos de la ceremonia.

En el templo, el alcalde de Barce lona, Pasqual Maragall, no pudo contener las lágrimas. Y a los miembros de la delegación de la capital olímpica se les hizo un nudo en la garganta: como el de aquel 17 de octubre de 1986 cuando se esperaba la nomina ción en Lausana, pero sin su escapatoria explosiva: aplauso desbordante, sí, pero sobre todo el hormigueo indefinible del reencuentro con las raíces. Aquí están, aquí han venido a buscar el fuego, la luz prometeica. Ese algo indefinible y misterioso son los valores que se amontonan en la trastienda de los Juegos. Valores ya religiosos, ya fieramente humanos: la soledad del competidor individual y la solidaridad del equipo, la lucha leal en la paz, tras el combate feroz de la guerra, el esfuerzo y el equilibrio, el encuentro de razas y naciones. Sólo este pálpito intangible y su murmullo en la planicie de Olimpia explica la pasión silenciosa de estos miles de ciudadanos griegos, nacidos al bullicio, algo destartalados, bajo un sol de suplicio tantálico, mientras suenan los himnos, el europeo en primer lugar, y Maragall desgrana palabras catalanas y españolas en el estadio donde el filósofo Platón compitió en más de una carrera. Sólo esta pasión que algunos llaman espíritu olímpico explica la amplitud de horizontes y la fuerza de arrastre del acontecimiento que se ha convertido en el más gran fenómeno sociológico y comunicativo de este siglo. Y también en un negocio multimillonario, una apuesta urbana y política, una impúdica exhibición de tecnología. Este fuego parece querer purificar las miserias de los chovinismos y las pequeñeces del abotargamiento a que conducen los excesos corruptos del profesionalismo y los implacables dictados de la publicidad sin límites.Luciano de Samosata

Algo de eso nos explicaba hace 1.800 años Luciano de Sarnosata, padre ideológico de erasmistas y escritores satíricos como Quevedo, cuando advertía con retranca que "el atletismo es más importante para la ciudad y la libertad que para las competiciones deportivas". Porque la fama olímpica legitimaba el poder de las polis inventoras de la democracia con Solón, Clístenes y Pericles. Y los Juegos constituían tregua cuatrienal de paz entre las siempre belicosas ciudades helénicas. Por ella se prohibía a las Ciudades-Estado participantes, durante el mes posterior a la cosecha, enarbolar las armas, proseguir los pleitos o imponer la pena de muerte, con objeto de asegurar a los viajeros hacia Olimpia -el festival duraba sólo cinco días- un viaje sano y salvo de ida y vuelta.

Éstos son los Juegos de la paz que no fue posible en el mundo dividido de 1984 (Afganistán y el boicoteo de los países del Este a Los Angeles); la que estuvo cercana en 1988 en Seúl (con el reencuentro de las dos Coreas); la que en Barcelona, Cataluña y España se espera festejar tras la guerra del Oriente Medio y en la eclosión de un mundo radicalmente nuevo sin bloques de guerra fría, en difícil sueño de la humanidad reunificada.

Pero los Juegos eran también crisol de unión para las desperdigadas ciudades panelénicas frente a la ausencia de libertad de los vecinos bárbaros. Lo dijo Lisias en su alocución a la olimpiada del 380aC, de admonitoria actualidad, sobre todo para los catalanes radicales de hoy: "Fue Héracles quien creó estas reuniones multitudinarias en Olimpia para promover la unión entre todos los griegos". Héracles, el de los 12 trabajos, hijo mortal de Zeus, persiguió la inmortalidad, como nuestros atletas de hoy, con el esfuerzo. En su quinto trabajo limpió las cuadras de Augías, el rey Eleata, desviando y juntando con sus manos los ríos circundantes de Olimpia y, al no ser recompensada su tarea, luchó contra él y conmemoró su victoria mediante la restauración de los ancestrales Juegos en este mismo lugar, según reza el mito.

La unidad de los pueblos, la paz, la leal competición individual, el esfuerzo colectivo, las detalladas normas jurídicas verbales que regulan esta cadena de valores: todo ello presidido por la estatua de Zeus, en oro y marfil, que labró Fidias y era una de las siete maravillas de la antigüedad. ¿Acaso nos aflora un mundo imposible, desaparecido, irreal, idealizado?

Los reservistas, 400 en tierra griega, enarbolan ya la antorcha y las gentes la hacen suya por las calles. El atleta y campeón José Manuel Abascal susurra aquí al lado: "La queremos llevar todos". Todos bajo el designio del creador de la humanidad, Prometeo, por cuyo engaño a Zeus, el padre del cielo castigó a los hombres con el ayuno del fuego. Prometeo se encaramó secretamente al Olimpo y prendió, como ahora, una antorcha para devolver el calor de las llamas a la humanidad.

Estas gentes locas que nos rodean, convocadas por heraldos predicadores de pompas de jabón y liturgias solemnes, se arremolinan con unción junto al templo de Hera, se apretujan en el estadio, celebran el sol y el aire libre. Es decir, la calle. Más allá del gimnasio, el pentatlón y los cronos, los Juegos viven porque el pueblo, desde todos los rincones y credos, los hace suyos. Reencuentra las raíces soterradas intuyendo sus huellas en el paisaje mediterráneo que vió nacer la luz, la democracia y el saber de la palabra escrita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de junio de 1992

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