Lo mejor de cada casa
Las capitales de Europa ofrecen una amplia gama de cualidades que superan a las de Madrid
Si se parte de la obviedad de que cada ciudad tiene sus pros y sus contras, para extraer lo mejor de cada una de ellas, se puede observar que lo que un madrileño ahorra en el pan, el fútbol y el cine se lo gasta en guarderías, hospitales y colegios. La impresión, sin pretensiones científicas, es que los servicios públicos funcionan mejor en el resto de ciudades europeas que en Madrid. En urbes como Estocolmo o Arnsterdam, por ejemplo, los comerciantes se nutren de las compras de miles de estudiantes con cierto poder adquisitivo, gracias a los salarios que paga el Estado. En Berlín, la auténtica diferencia en calidad de vida no radica exactamente en los precios, sino en los buenos servicios, con lo que esto supone de ahorro real del ciudadano. El ejemplo más claro se encuentra en la educación y la sanidad.Mientras que en Madrid cualquier familia con las mínimas posibilidades económicas opta por una escuela privada, en Alemania la preponderancia de la escuela pública, de una calidad muy alta, es absoluta, tanto que la presencia de la privada es puramente anecdótica.
El modelo sanitario es asimismo de una calidad excepcional. El ciudadano escoge libremente su médico. Recibe periódicamente un determinado número de volantes que debe entregar al doctor de cabecera o al especialista de su elección y que le proporcionan acceso a la consulta durante tres meses. Acabados los cuales si el médico elegido no es de su gusto puede optar por otro al que, nuevamente, deberá entregarle el mencionado volante.
Hasta hace relativamente poco, el servicio incluía hasta las vacaciones de reposo en alguno de los múltiples balnearios alemanes para aquellos a quienes el facultativo recomendara un descanso para los nervios.
Hace unos años hubo una ligera reducción de los beneficios. Ahora es más difícil conseguir una semana pagada en un balneario, y tampoco se consiguen gratis las monturas de las gafas, aunque sí los cristales. Una gran parte del dentista está también incluida. Cuando se trata de trabajos complicados, uno puede pedir el presupuesto al odontólogo, presentarlo a las oficinas del seguro médico y éste dictamina en qué proporción se hace cargo.
Nada que ver
En lo que respecta a la iniciativa privada, también la calidad juega un papel importante. Es cierto que el precio de una barra de pan casi triplica el de Madrid, pero es que se trata de dos productos que no tienen absolutamente nada que ver entre sí.
Nadie en Berlín aceptaría pegarle un bocado a los ladrillos que salen de algunas panificadoras madrileñas, por muy barato que se ofreciera. Las panaderías alemanas son una fantasía de variedad y, gustos, siempre frescos y recién hechos.
En Lisboa, en cambio, los servicios son peores y lo barato son los espectáculos. Comer fuera de casa también es uno de los pequeños lujos que los lisboetas se pueden permitir: una comida completa en un restaurante medio con vino, aún se consigue por poco más de mil pesetas.
Los créditos allí son otro cantar. Los tipos de interés se elevan a unas cifras desorbitadas. Pero el precio del dinero en Portugal debe ser relativizado teniendo en cuenta la inflación, que se mantiene superior al 10% anual. De todas formas, la baja del tipo de interés es una reivindicación insistente del empresariado y se considera inminente una reducción del 1% al 1,5%.
En Amsterdam, por el contrario, los préstamos bancarios son un ejercicio que las entidades bancarias tratan de convertir en un gesto atractivo y apetecible para el cliente.
No sólo mantienen informado de las nuevas facilidades puestas a su disposición para cubrir sus necesidades. Se esmeran hasta informar a través de folletos explicativos y cartas, semejantes en su colorido y diseño a los utilizados por las agencias de viaje para anunciar cruceros.
Todos los bancos disponen, además, de un servicio de información que cuenta con varios expertos para aconsejar acerca de las fórmulas menos gravosas de devolución.
También resultan muy asequibles en la capital holandesa los precios de la ropa. Como ciudad universitaria, repleta de estudiantes de todo el país, Amsterdam tiene que afinar sus precios.
En su mayoría, los ingresos de los estudiantes dependen de becas estatales de estudio y su poder adquisitivo es reducido. Ellos son los principales clientes de los innumerables mercadillos y tiendas de segunda mano que ofrecen prendas de vestir en cualquier distrito.
En Londres, sin embargo, la ropa está a la altura de la ciudad: entre las más caras de Europa. El primer centro financiero de Europa sufre todos los inconvenientes de una gran urbe, agravados por la falta de un Ayuntamiento central.
Desde que Margaret Thatcher suprimió, hace una década, el Greater London Council, nadie se ha cuidado de planificar de forma global las cada vez más deficientes infraestructuras urbanas. Adicionalmente, varios años de inflación elevada en el Reino Unido y el boom inmobiliario de 1987 aún dejan sentir sus efectos.
Algunas actividades culturales son especialmente onerosas. Los parques son verdes, extensos y gratuitos, pero casi todo lo demás cuesta sus buenas libras. El teatro, por ejemplo. En teoría, puede conseguirse una butaca por 15 e incluso 10 libras (1.800 pesetas), pero ahí son esenciales la suerte y una infinita paciencia. Si uno compra su entrada en la reventa oficial porque no le apetece esperar tres, cuatro o cinco meses, el recargo eleva la entrada de un gran musical hasta las 20 libras o más. En contrapartida, obras como Carmen Jones, Les miserables, Miss Saigon o El fantasma de la ópera son de una factura impecable y no pueden verse en ninguna otra capital europea.
El fútbol también sale por un pico para quien no es socio-accionista. Los clubes británicos son sociedades anónimas, y algunos, como el Tottenham londinense, cotizan en Bolsa; la necesidad de generar beneficios queda reflejada en los precios de taquilla. Y si luego se toma uno una cerveza, constata con desánimo que los precios de la pinta han subido entre un 60% y un 80% en sólo cinco años.
En París, igual que en Londres, el lujo puede resultar carísimo. Lo superfluo se paga a precio de caviar iraní; pero lo imprescindible, lo sensato, lo necesario, a diferencia de la capital inglesa y de otras ciudades, cuesta lo que vale.
Los hoteles de dos estrellas acostumbran a proponer habitaciones pequeñas, pero con ducha, baño y televisión. Sus precios oscilan entre los 250 y 350 francos (entre 5.000 y 7.000 pesetas) la noche.
Los hay más baratos, pero a menudo son marco de noches agitadas, de un continuo abrir y cerrar de puertas y grifos que sólo llegan a tener gracia para los protagonistas.
La más cara
De todas las ciudades analizadas fue Roma la que más cara resultó. Sin embargo, también disponía de pequeños chollos. Por ejemplo, con relación a Madrid en Roma tiende a resultar más barato el restaurante, en parte porque se come mucha pasta, y quizá algún tipo de ropa en época de rebajas, porque hay mucha oferta. Pero ahí terminan las ventajas; por lo general, la capital italiana sigue siendo bastante más cara que el resto de las principales ciudades europeas.
Ciudad histórica y monumental por antonomasia, Roma tiene que ser por necesidad una de las ciudades más caras de Europa, si no absolutamente la más cara. A ello contribuye la presencia de una población de diplomáticos especialmente elevada, debido a que la mayoría de los países mantienen en esta ciudad dos embajadas, la del Vaticano y la de Italia, y el paso masivo en cualquier época del año de turistas, que -según la filosofía romana- sólo vendrán una vez en la vida y, por tanto, merecen ser exprimidos al máximo.
Pero el motivo principal de la carestía de la vida en Roma es el elevado déficit público que encarece la existencia en toda Italia. Sólo ese dato explica el alto costo de la gasolina, que repercute en los precios de los demás productos, y los que llegan a alcanzar el tabaco, el alcohol y, en general, todos los artículos de importación. Desde hace unos seis meses, incluso las operaciones con tarjeta de crédito pagan su tasa.
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