El independentismo estalla en Escocia
Acre debate sobre el deseo de dejar la Unión

Escocia quiere la independencia. No sólo lo dicen las encuestas, sino los observadores políticos, ingleses incluidos, y la gente de la calle La cuestión escocesa ha reventado inesperadamente y se ha convertido en el problema esencial del Reino Unido. Lo que no está claro es si el independentismo tiene verdaderas raíces entre la población escocesa o si se trata más bien de una pataleta en la que se desahogan las frustraciones de una severa crisis industrial y del viejo resentimiento histórico contra Inglaterra, el socio rico de la Unión.
El agitado mar de fondo que ha existido entre Inglaterra y Escocia desde 1707, cuando ambos países firmaron la Unión, emergió por enésima vez el pasado miércoles en Westminster. Fue tal la acritud del debate parlamentario sobre la cuestión escocesa que el bondadoso speaker de la Cámara, Bernard Weatherhill, exclamó que prefería mil veces el abordar el problema de Irlanda del Norte. Muchas de las intervenciones fueron de una visceralidad casi brutal. Y reflejaron que el Partido Nacional Escocés (SNP), único declaradamente independentista, ha encontrado sorprendentes aliados en algunos dirigentes ingleses del Partido Conservador, cuya actitud es de puro despecho: "Pues que se vayan de una vez".Como en cualquier pelea de matrimonio entrado en años, las acusaciones son sañudas y recíprocas. Los ingleses echan en cara a los escoceses las enormes subvenciones que reciben, pagadas por los contribuyentes del Sur; los escoceses replican, airadamente, que es Inglaterra la que les roba el petróleo del mar del Norte. Un proyecto gubernamental, aún en estudio, para construir un oleoducto que llevaría el petróleo desde las plataformas marinas hasta Teeside (noreste de Inglaterra, no lejos de la frontera con Escocia) y no a la más cercana Aberdeen, la capital petrolera escocesa, ha erizado los pelos incluso a esa minoría de escoceses (20%) que aún cree en la Unión.
El asunto del petróleo es crucial. Son más de 600.000 millones de pesetas al año. Los independentistas hacen unas simples cuentas para proclamar que esos ingresos, unidos a los que genera la exportación de whisky, bastarían para que los cinco millones de escoceses construyeran un boyante Estado propio. Ese petróleo representa además el 80% de las reservas energéticas de la. Comunidad Europea, lo que según el SNP allanaría cualquier reserva que Bruselas pudiera mostrar ante el ingreso de Escocia como Estado miembro.
Kevin Pringle, del SNP, cree que el Gobierno español sería uno de los reticentes: "Por lo que sabemos, no tiene ningún interés en que sucedan cosas de este tipo; temen, supongo, que cunda el ejemplo".
El ambiente es de euforia en las pequeñas oficinas del SNP. Actualmente tiene 10 diputados en Westminster, pero cree que en las próximas elecciones esa cantidad se doblará. Las últimas encuestas dicen que el 25% de los escoceses piensa votarles, y la tendencia va en aumento. Hay, sin embargo, una diferencia curiosamente grande entre ese 25% que vota al partido independendista y el 51% que se declara a favor de la independencia. "Eso sucede porque la fidelidad al laborismo es muy grande en Escocia", dice Pringle. "El voto se hará más coherente a nuestro favor conforme la gente vea que los laboristas son incapaces de asumir la independencia".
Hegemonía laborista
El Partido Laborista es hegemónico en Escocia. Es tradicionalmente el partido escocés, de la misma forma que los conservadores son considerados el partido inglés. Los laboristas apenas obtienen diputados en Inglaterra, y lo mismo les sucede a los conservadores en Escocia. Ése es otro argumento esgrimido por los conservadores ingleses que quieren acabar con la Unión: "Si los celtas se van, jamás volveremos a sufrIr un Gobierno laborista." El argumento inverso es utilizado desde el otro lado de la frontera: "Vayámonos y nunca más tendremos que aguantar un Gobierno conservador al que no votamos".Los laboristas creen que la fiebre independendista es transitoria y que la voluntad popular está por la devolution, la reconstitución de un Parlamento escocés con amplios poderes políticos y fiscales, que permita el autogobierno sin romper la Unión. Se trata, en realidad, de recuperar la fórmula, que fue derrotada en el referéndum de 1979 por un escaso margen. Pero el laborismo está preso en la Unión: necesitaría vencer en Inglaterra, donde vive el 84% de la población del Reino Unido y donde arrasan los conservadores, para poder aplicar la fórmula autonómica en su feudo escocés.
Los conservadores se han opuesto siempre a la devolution. Pero el auge del independentismo les está haciendo cambiar de opinión. El primer ministro británico, John Major, parece dispuesto a conceder el autogobierno -y con él una poderosa plataforma política a los laboristas- para evitar males mayores a medio plazo. Esta filosofía posibilista ha impregnado incluso a los conservadores escoceses, otrora tan ferozmente unionistas como sus colegas del Ulster. Durante toda esta semana, el cuartel general conservador en Escocia, junto a los muelles de Edimburgo, ha sido un hervidero de conciliábulos. Finalmente se ha decidido mantener el rechazo a la devolution en la inminente campaña electoral. "Es una cuestión de coherencia", explica Alice Luce, portavoz de los tories escoceses. "Creemos que no sería correcto cambiar de posición repentinamente, a tenor de las encuestas. Si en las elecciones, como parece probable, sufrimos un nuevo revés podremos invocar la voluntad popular para llegar a un acuerdo con los laboristas sobre una fórmula sensata de autogobierno." Luce no duda de que en todo el Reino Unido la victoria será conservadora y que Londres seguirá en sus manos.
La devolution será frustrante para Escocia, porque una Asamblea dominada por los laboristas incrementará los impuestos y no evitará la crisis industrial. Por eso queremos dejar bien claro, hasta el último momento, que nosotros nos oponernos. Creo que el tiempo nos dará la razón".
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