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Editorial:

Claroscuro japonés

EL NUEVO primer ministro japonés, Kiichi Miyazawa, ha comenzado su mandato con un Gabinete ministerial pactado con los padrinos que promovieron su candidatura y con una dependencia de sus mecenas que hace improbable la modernización política prometida en sus primeras declaraciones. Sus concesiones en la formación del Gobierno -Miyazawa apenas si pudo colocar a dos de sus hombres en un equipo de 20 ministros- permiten augurar otras más importantes en su futura gestión presidencial.Seis de los principales departamentos del Gobierno nipón han quedado en manos, de militantes leales a Shin Kanemaru y al ex primer ministro Noburu Takeshita, bajo cuyo control se encuentran los votos que tradicionalmente deciden la política del primer ministro, diseñada más para complacer a la poderosa burocracia financiera e industrial que a los intereses de los votantes. De ahí que sea dificil que Miyazawa mantenga hasta el final la disposición renovadora subrayada en la declaración de intenciones que siguió a su confirmación parlamentaria, ni que sus próximas medidas o proyectos legislativos vayan a ser de una audacia que disguste o sorprenda a quienes le han concedido una libertad vigilada.

Kiichi Miyazawa, contrariamente a Toshiki Kaifu, dispone, de todas formas, de una mayor veteranía e influencia dentro de los liberales, y sus 40 años en la política y 13 en altos puestos de gobierno le dotan de un predicamento y respeto del que careció su antecesor. Pese a su inicial servidumbre política y a un cuestionable pasado marcado por el escándalo Recruit, se le reconoce a Miyazawa experiencia suficiente como par a aplicar cambios e introducir en Japón una filosofía política más convergente con el pluralismo de las democracias occidentales. El hombre que abruma con su fluido inglés a los compañeros de escaño ha sido bien acogido por los directivos de las corporaciones y compañías que apoyan la intervención estatal en el crecimiento económico, pero su designación apenas ha suscitado interés entre un electorado al que la corrupción de sus gobernantes sume en el escepticismo y la desconfianza.

La reestructuración del sistema político y económico es el principal reto de Miyazawa en política nacional. En el apartado internacional, su ministro de Asuntos Exteriores, Michio Watanabe, que una vez enfureció a la comunidad negra norteamericana con comentarios despectivos y en otra ocasión aludió a los chinos como gentes que viven todavía en cuevas, deberá moderar su lenguaje. Deberá también ofrecer una mayor liberalización de los mercados internos si desea consolidar el emergente papel de Japón en Asia y pacificar sus relaciones con Europa y Estados Unidos, que reclaman una balanza comercial más equilibrada. En cuanto a la Unión Soviética, el contencioso sobre las islas Kuriles continúa determinando los vínculos bilaterales. Las reticencias de Tokio a cualquier proyecto multilateral de asistencia masiva se mantienen en tanto no se resuelva la crisis abierta tras la invasión de esa cadena de islotes por las tropas soviéticas en 1945.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 1991