Tribuna:LA ARBOLEDA PERDIDA
Tribuna
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Agenda de un poeta en la calle

Yo siempre he dicho que soy un poeta en la calle, y lo he demostrado desde que era muy joven. Parte de mi obra más comprometida la englobé hace años bajo ese título. Y a pesar del tiempo transcurrido me paso la vida viajando, cansado a la gente mucho más joven que tengo a mi lado.Durante este año he recorrido de nuevo Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, México, Italia, lugares a los que ya no pensaba volver de nuevo... Y he estado en las ciudades y sitios más insospechados de España. Esta última semana, por ejemplo, participé en las jornadas En torno a Luis Buñuel que se celebraron en Teruel bajo el nombre de Retornos de lo vivo lejano, título de uno de mis libros de poemas más queridos del que hice una selección para el recital que di en la clausura de estos actos sobre el surrealismo. Todos esperábamos la presencia de José -Pepín- Bello, y lamenté muchísimo que no pudiera ,asistir, pues él, en verdad, hubiera sido la auténtica alma del surrealismo aragonés durante aquellos días.

Paco Ibáñez y Xabier Ribalta, inseparables y singulares siempre, participaron también con sus canciones; Paco y yo nos prometimos de nuevo reanudar nuestros gloriosos y añorados recitales, siempre bajo la mirada vigilante y exacta de Ribalta.

Desde Teruel, un chófer zaragozano, simpático y generoso, nos condujo en su potente coche al día siguiente a Madrid, por lo que a los 300 kilómetros de curvas hechos el día anterior hubimos de sumarles 300 más. Veinticuatro horas de descanso en Madrid para deshacer el equipaje y volverlo a hacer para volar hacia Sevilla, en donde José Luis Pellicena estrenaba Entre las ramas de la arboleda perdida. La valentía y profesionalidad de Pellicena al hacer de Alberti delante del propio Alberti me siguen impresionando como el primer día que le vi representar mi vida sobre un escenario. A pocas horas del estreno me puse a escribirle a José Luis unos versos que, por la premura del tiempo, me hicieron recordar aquellos que escribí en 1921, cuando Ignacio Sánchez Mejías me encerró bajo llave en el hotel sevillano, sin pan ni agua, para que concluyera Joselito en su gloria, al celebrarse el aniversario de su trágica muerte.

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Esta vez no me encerró nadie, y con la Giralda al fondo de la amplia terraza le escribí a este gran actor que iba a ser mi espejo esa misma noche ante un público entusiasta: "José Luis, aquí te veo / y veo mi propio yo y, aunque parezca que no, me veo en ti y me recreo. / Estoy bello, estoy audaz, / con toda la calidad / con que me ves y me leo. / Me doy las gracias, las doy / a ti, José Luis, que hoy con tanta luz me enalteces. Por ti yo soy, yo resueno, / de tu gracia yo me lleno / y tu infinito talento. / Crezco contigo, me creces, / me llevas a cumbres altas, / como gran actor me exaltas / y admiro como mereces".

De la mágica Sevilla viajé a El Puerto de Santa María, visita obligada y deseada a mi mar siempre que voy por Andalucía. Y en este momento en que escribo La arboleda perdida me encuentro de -nuevo, en un avión -creo, sin modestia alguna, que no hay otro poeta de mi generación que haya viajado más por el aire y que haya hecho más propaganda de ello-, volando hacia Madrid, ya que mañana se lleva a cabo en el Ministerio de Cultura la presentación del Instituto del Teatro Internacional del Mediterráneo, del cual soy presidente y que José Monleón, incansable siempre en su amor al teatro, dirige. Yo también amo mucho el teatro, como bien demuestra mi obra dramática. Y por si la jornada tenía poca actividad, por la noche se espera una cena para celebrar con antelación la boda de mi imparable amigo Gonzalo Santoja con la rubia catalana Juncal. Y al día siguiente... En fin, para qué seguir.

Pero a pesar de mis innumerables viajes, me gusta mucho recibir a cenar en casa a los amigos. Por cierto, que hace varias semanas que no nos visita mi querido y viejo amigo el editor Jacobo Muchnik, cuya asiduidad para degustar huevos fritos con patatas los viernes por la noche se ha visto interrumpida por mi enloquecida agenda de viajes. Jacobo, amigo desde aquellos días difíciles y felices en Buenos Aires durante los que tú tanto nos ayudaste, amigo siempre, brillante y ameno conversador recuperado nuevamente para las tertulias hogareñas en mi casa de Madrid, que tanto me hacen recordar a las que pasamos junto a las ya desaparecidas María Teresa y Efisa, a la que nunca he olvidado: "Elisa, estás en Roma, en Buenos Aires, / en París, en nosotros. Te queremos. / Dulce y fuerte que eras. No te has ido. / Es de noche en el mundo. Vuelve, vuelve. / Te recordamos bella y luminosa, / ¿qué motivo has tenido para irte? / Si estás aquí, no veles tu presencia. / Habla, llora, sonríe. Te esperarnos".

Suena el teléfono, el contestador automático no funciona. Peligro. ¿Salamanca, Haití, Alcorcón? Si lo descuelgo, me arriesgo a tener que volver a preparar el equipaje. Aunque las maletas, como ya escribí hace tiempo en mis Versos sueltos de cada día, "se van antes que uno".

(c) Rafael Alberti.

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