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Tribuna:

Comunistas autodisolubles

El autor se lamenta de las voces que, en un tono poco acorde con la Constitución, plantean la disolución del Partido Comunista de España, al tiempo que estima que los comunistas españoles tienen perfecto derecho a "dotarse de sus formas de organización política propias al igual que todos los demás".

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Moscú no han faltado quienes se han apresurado a sacar las debidas conclusiones de tal evento. A juzgar por buena parte de las declaraciones, da la impresión de que se impone la conveniencia de la autodisolución del Partido Comunista de España.A un partido político se le puede pedir, o exigir, su disolución por variadas razones. Entre ellas, por ejemplo, por fomentar actitudes golpistas, por incitar a la violencia como medio de acción política, por no tener claras sus fuentes de financiación (y, dicho sea de paso, esto nos llevaría más lejos de lo que algunos creen) o simplemente por no tener una estructura interna y un funcionamiento democráticos tal y como establece la Constitución (artículo 6). Pero fuera de estos supuestos, pronunciarse con la beligerancia y el tono descalificatorio que se hace en algunos casos a favor de que una fuerza política deje de existir, y hacerlo desde fuera de ella y por razones ideológicas, resulta una conducta, cuando menos, muy preocupante para la vida democrática de una sociedad, y que además, de entrada, no parece que concuerde mucho con el principio constitucional de pluralismo político en que se basa nuestro actual sistema político.Un elemental sentido del fair play democrático aconseja ser respetuoso con los partidos políticos, y, más concretamente, con sus afiliados y simpatizantes, con aquellos ciudadanos que, por las razones que sean, prestan su adhesión a un proyecto político y contribuyen, de una forma u otra, a su sostenimiento. Este respeto, que no está reñido con la crítica a las posiciones que pueda mantener una formación política, exige, en cambio, tener sumo cuidado en no caer en el peligroso terreno de la descalificación ideológica global de una opción política por el simple hecho de que pretenda seguir existiendo; en este caso, de la opción comunista. De ahí al anticomunismo vulgar, aunque se revista con el ropaje ideológico de la modernidad, no hay nada más que un paso, que estos días están dando algunos irreflexivamente.

Proyecto político

Hay un aspecto en toda esta cuestión que interesa tratar ya que afecta de lleno al proyecto político creado, impulsado y sostenido por los comunistas españoles como es el de Izquierda Unida. Se dice, precisamente por parte de quienes insistentemente han venido manteniendo que IU no era otra cosa que la tapadera del PCE, que la continuidad de aquélla, arrinconada hasta hace bien poco en el ghetto de la marginalidad, exige la desaparición de la organización propia de los comunistas. Es una opinión que, como cualquier otra y en uso de la libertad de expresión, puede emitirse y que muchos, comunistas y no comunistas, en IU no compartimos en absoluto. Pero al margen de opiniones personales y colectivas sería de desear que, por respeto a los afiliados y simpatizantes del PCE y de IU, los comentarios y editoriales que desde fuera de las formaciones implicadas se dedican al tema, coadyuven a un debate serio y sereno y no interfieran y polaricen artificialmente la polémica que necesariamente ha de producirse. Se trata, en suma, de ser fieles al principio constitucional de proporcionar una información veraz y objetiva de los fenómenos.El problema de las relaciones, especialmente las orgánicas, entre los comunistas y el conjunto de IU es una de las cuestiones, quizá la más compleja, que debemos abordar y resolver en los próximos meses. Pero pretender hacerlo partiendo de la premisa de que la solución al problema es la liquidación del PCE es algo que a muchos, estimo que una amplia mayoría, nos parece, cuando menos, simplista. Y además no se alcanza a entender muy bien cuáles pueden ser las razones por las que, si hay comunistas en este país, que obviamente los hay, no puedan dotarse de sus formas de organización política propias al igual que todos los demás.

Fin de la historia

En cualquier caso, y para finalizar, queda por realizar una reflexión seria sobre el apasionante tema, al menos para los comunistas, y creo que también para toda la izquierda, de las perspectivas y del futuro de la opción comunista en la sociedad y en el mundo actual, cuestión que desborda ampliamente los límites de un artículo periodístico. Pero una elemental cultura política debe hacernos tener presente que la idea y el proyecto comunista no es algo vinculado a la nomenklatura soviética, al PCUS, a Bréznev, a Stalin ni al propio Lenin. Conviene recordar que el Manifiesto del Partido Comunista (Manifiest der Kommunistchen Partei en su denominación original) data de febrero de 1848. Y ello sin remontarnos a las importantes tendencias del comunismo premarxista que se desarrollan en los escenarios de la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII (Babeuf y los iguales) y la revolución inglesa del siglo XVII (niveladores).

Sin pretender ser profetas -para eso ya están los que han decretado el fin de la historia, o más modestamente, el fin del comunismo-, puede preverse razonablemente, a las puertas del siglo XXI, que mientras persistan la desigualdad y la marginación sociales no es riada probable que dejen de existir, bajo una u otra forma, las fuerzas políticas capaces de plantear una transformación radical del sistema y de la sociedad en una orientación socialista y de luchar efectivamente por ella. Los comunistas, desde luego, no vamos a renunciar a ese objetivo.

Andoni Pérez Ayala es miembro titular de la Presidencia Federal de Izquierda Unida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 1991

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