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Tribuna:

La utopía pudorosa

Lo peor de casos como el de Amedo y Domínguez, o Filesa, o Mancha Real, es que le hacen a uno volver a pensar en la utopía. Me da coraje reconocerlo, pero es así. Cuando uno oye, por ejemplo, a Barrionuevo asumir con desfachatez que no sabe si los crímenes de los GAL son terrorismo o no; cuando uno escucha a los jefes de los dos policías elogiar la ejemplar ejecutoria -¡nunca mejor dicho!- de éstos, con fraternidad gremial aprendida quizá en Uno de los nuestros o escuela semejante; cuando se constata el entusiasmo perturbador que pone en su protagonismo el presidente del tribunal y la desfallecida anemia del fiscal; cuando la caverna alaba la "firmeza" del ex ministro testigo (¿por qué no gallardía? ¿En tiempos de Blas Piñar no solía decirse "gallardía"?), o insinúa que la gente disculpa -desgraciadamente, eso sí, ¡snif, snif!- a los inculpados aun si fuesen culpables..., ¿cómo evitar el recaer en la más decidida añoranza utópica?En el proceso de Amedo y de Domínguez, ni siquiera se ha defendido la razón de Estado. ¡Ojalá! ¡Ojalá alguien se hubiese atrevido a dar la cara, a decir que cometió u ordenó cometer crímenes porque creía que eran imprescindibles para evitar otros mayores! ¡Qué más hubiéramos querido que ver a alguien asumir su responsabilidad y salvar así el honor trágico del Estado! Pero nada, ni siquiera uno ha desvariado con decencia, todos cuerdos: no se trata de la razón de Estado verdadera, claro, porque la verdadera razón del Estado es proteger de lo ilegal a los ciudadanos, tanto si son buenos como si son malos; pero tampoco de la razón de Estado espuria, la más comúnmente mantenida, consistente en proteger al Estado a costa de los malos ciudadanos; ni eso, lo único que se defiende es lo más bajo, lo más nocivo: la impunidad de los funcionarios. Lo mismo que se intenta resguardar, aunque sin sangre por medio, en los asuntos de financiación ilegal de los partidos, Filesas, Naseiros, falsificación de votos por correo y gatuperios semejantes que aún están por venir.

Pero no es el de la "razón de Estado" el único lema que vemos humillado. El viejo y beatificado de "solidaridad popular" ha sido implacablemente comprometido por los asamblearios xenófobos de Mancha Real, como si no se le maltratase bastante en los aurreskus funerarios que suelen despedir en Euskadi a los gallitos de los huevos de amonal. ¿Y qué decir de la pobre seguridad ciudadana, contaminada ya para siempre por la prevista ley que incluye normas tan exquisitas como la vulgarmente conocida de "patada en la puerta", a la que sería más exacto apodar "coz en la puerta"? Este último dispositivo antiliberal recibe las apologías más imbéciles que hemos escuchado en los últimos tiempos. Por lo que se empeñan en contarnos, va sólo dirigido contra los narcotraficantes, elevados ya así a "malos" absolutos de la infame película que intentan oficializar. De modo que, si sólo se sospecha que usted está en la intimidad de su hogar liquidando a hachazos a sus, ocho hijitos, la policía esperará la orden judicial para allanar el domicilio; pero como se malicien que está usted vendiendo unas papelinas a quien quiera comprárselas, ¡coz al canto! La peregrina prohibición de las drogas no sólo produce muerte y gansterismo, como ya sabíamos, sino también esperpentos jurídicos de la peor calaña. Pero mantener dicha prohibición, y aun agravarla, es la única orden dada por EE UU que no discuten ni la izquierda ni la derecha: con rezongar contra el desfile triunfal de Nueva York ya hemos cubierto la cuota mensual de rebeldía antiyanqui...

De modo que no tiene uno más remedio que volver a pensar en la utopía. Desde luego no me refiero a las utopías paranoicas que desembocaron en Auschwitz y en el Gulag, que todavía cuentan con demasiados -aunque por lo común disimulados- partidarios. Los leninistas, por ejemplo, siguen adoctrinándonos sobre los males del mundo capitalista y cómo extirparlos: aunque ha quedado bastante claro que la guillotina no cura la jaqueca, no por ello renuncian a lo básico de su terapia (¿no sigue habiendo jaquecas?, ¿no son malas las jaquecas?, ¿no éramos mejores y teníamos más esperanza cuando creíamos que la guillotina podía curarlas?), y sólo conceden con rabiosa nostalgia que el filo de la cuchilla debe estar más limpio y mejor afilado de lo que hasta ahora hemos visto. Con obstinación burriciega, intelectuales latinoamericanos siguen confundiendo la decencia con la demencia, y no renuncian a proponer el ejemplo cubano como islote dignísimo en el océano de la traición a los ideales. ¡Cuba, que es la institucionalización más descarada del dominio de todos los Amedos y los Domínguez que cualquier espíritu libre debería detestar! Tampoco me refiero a esas utopías que añoran el retorno a los absolutos antirracionalistas de la tierra, la genealogía o la divinidad. En España hemos visto Intelectuales "críticos" a los que la guerra del Golfo devolvió la veneración al Papa, y ahora tenemos políticos que ante la corrupción de sus colegas responden con la beatificación del Rey. Las autoridades fundadas en el carisma de lo arbitrario siempre son el refugio de los débiles y los oportunistas que rechazan los pacientes tanteos sin garantías últimas del enfrentamiento con la opacidad histórica, prefiriendo lo regio a lo real.

La utopía que uno añora es más sobria, casi pudorosa: ¡cualquiera se atreve a llamarse "utopista" sin sonrojo, viendo lo que corre por ahí! El Estado laico y republicano de derecho, el respeto a los errores de la individualidad "manipulada" como preferibles a los aciertos del colectivismo purificador, la limpieza de las cuentas públicas, la persecución de los delitos que degradan la comunidad democrática al nivel "popular" del basurero terrorista, la garantía de la intimidad en el mundo de las orejas electrónicas, el refuerzo del artificio de la participación frente a la exaltación zoológica de la pertenencia, la tendencia hacia las instituciones supranacionales capaces de desanimar y limitar, llegado el caso, las aficiones bélicas de las naciones, el descrédito racional de todas las batallas que no sean contra el hambre y la miseria o a favor de la universalidad efectiva del derecho... Convenciones y artificios firmemente sostenidos frente a carismas y milenios fanáticamente exigidos: nada del otro mundo, claro, pero todo para aliviar los archisabidos males de éste.

Fernando Savater es catedrático de Ética de la Universidad del País Vasco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 1991