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Tribuna:

Lebeche

Llevo el viento del lebeche asociado a la hora de la siesta en el verano. Es un viento del sureste largo y cargado de sal que llega de Libia, pero aquí los pedernales de los cabos de la Nao y de San Antonio hacen de fragua, y al quemarlo lo transforman en rachas furiosas que por la espalda de Denia se vierten en la mar, formando serranas a través de los barrancos. Mientras este viento sopla con fuerza callan las chicharras. Suele entablarse después del mediodía cuando hay anticiclón, y a veces no cesa hasta la madrugada, aunque siempre comienza a fatigarse a la caída de la tarde; entonces sus embestidas se espacian, van perdiendo la rabia, y el concierto termina de pronto, antes de que el sol se haya ido, dejando el aire bruñido para una noche cuya suavidad puede ser extrema en jazmines. A la hora de la siesta, en primavera, durante la canícula bajo el imperio de este viento racheado, suenan como trompas de Wagner las oquedades de las rocas, silban todas las aristas, aúllan las copas de los árboles. También siente uno en el sueño que algo está a punto de quebrársele por dentro. Cada viento trae una enseñanza. De ellos, el hombre ha aprendido la desmesura y el equilibrio, ha heredado las veleidades, ha extraído la música. Las turbulencias del cerebro van emparejadas a la rosa de los vientos, y si éstos bruñen los acantilados hasta templarlos como espadas, del mismo modo están hechos para ir conformando el alma de los mortales. He soñado las brisas más azules en la mar que me llevaban a puertos donde había pequeñas sabidurías en forma de salazón; he sentido la musculatura de los duros gregales que se confundían con la ira de ciertos filósofos o con el látigo de los moralistas; he amado aquel viento garbino que convertía las velas en parte esencial del pensamiento, pero entre todos los vientos, el lebeche que viene de Libia lo llevo atribuido a la penumbra de la casa a la hora de la siesta bajo la canícula. Mientras uno atraviesa el inconsciente, este viento azota por ti a la naturaleza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 1991