¿Qué hubiera dicho Ataturk de todo esto?

La odisea del periodista expulsado por denunciar a soldados turcos

En la pared tras la mesa del superintendente Hasan Luru pendía un gran retrato de Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna. Pero bajo su mesa aún reina el imperio otomano. En las primeras horas de la mañana, los funcionarios del ultimado Ataturk registraron mi bolsa de aseo y mis cartas particulares y me atacaron por haber escrito la triste verdad sobre la conducta de los soldados turcos en la frontera con Irak.

Los policías de la sección especial habían venido a mi hotel de noche con sus chaquetas de cuero, se habían negado a identificarse y me introdujeron en un minibús cuyo suelo de carga estaba cubierto por porras de madera rotas. Cuando algo después el segundo secretario de la Embajada británica se quejaba de lo que le había yo contado, le ordenaron que cerrara la boca. Bienvenido a la comisaría de policía de Diyabakir, Anatolia, Turquía, Europa.¿Qué diantres hubiera dicho sobre esto Kemal Ataturk? Me hice esta pregunta varias veces durante aquella noche en la oficina del superintendente de policía Luru. En qué otro sitio en toda Europa es aún posible llevar a un periodista a comisaría por haber escrito algo? Mehmet, el ayudante de Luru, más joven y menos inteligente que su jefe, me espetaba: "¿Por qué miente usted sobre nuestro país?".

Deseaban todos ellos desesperadamente que fuera mentira mi informe sobre los soldados turcos que habían robado comida, botellas de agua y sábanas llegadas para los refugiados kurdos a la frontera turco-iraquí en Yasilova. El superintendente Luru quería que yo dijera que todo aquello no había sucedido, que yo había difamado al Ejército turco.

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¿Era éste el mejor momento para contarle otras cosas, como la de esas ocho cargas de camiones de productos farmacéuticos europeos robadas en la carretera de Cizre? ¿O quizá la de aquel soldado turco que apuntó con su rifle a la cara de un oficial norteamericano que le había sorprendido robando harina de los refugiados?

Al principio, era la burocracia la que obsesionaba a los Policías en aquella habitación sofocante. El superintendente Luru, calvo, con gafas, gordo, observaba sudoroso como Mehmet registraba minuciosamente mi mochila, enumerando mis pertenencias a un oficial sentado frente a una máquina de escribir. "Calcetines, cinco camisas, folleto turístico de Diyabakir... ".

Hombres de paisano están apiñados en torno a la mesa, siete en total. Los fui conociendo. Alí, sonriente con su chaqueta de cuero y su bigote generoso. Suleiman, tosco, perplejo. Ahmed, suspicaz, observante. Mehmet, enfadado, hosco, a veces vociferante.

Era ya pasada la una de la madrugada cuando llegó Osman. "Sólo soy un traductor", dijo, aunque era empleado del Ministerio de Asuntos Exteriores. "Le vamos a hacer unas cuantas preguntas, usted las contesta y se vuelve a su hotel".

Cada pocos minutos sonaba el teléfono sobre la mesa del despacho de Luru y sonaba a través del auricular una voz iracunda. Alguien, sospeché, quiere una confesión y pronto. Las preguntas de Osman eran la base, pensé, de un cargo en mi contra. Mis respuestas iban dirigidas a mostrarle lo que podría ser una defensa ante un tribunal.

Osman: "¿Es cierto que la ayuda llegada al campo de Yasilova fue saqueada por soldados turcos?".

Respuesta: "Desgraciadamente, algunos soldados en Yasilova no siguieron fielmente las máximas y los principios establecidos por Mustafá Kernal Ataturk, el fundador de la nación turca".

Osman: "¿Ha sido usted testigo de actos de obstrucción a la labor de las fuerzas aliadas por parte de oficiales turcos?".

Respuesta: "La contestación puede encontrarse en el artículo de The Independent del 30 de abril. Si las autoridades me quieren dar entrevistas y posibilidades de conocer el trabajo que Turquía está realizando en favor de los refugiados, yo las aceptaría con satisfacción".

Estas respuestas no alegraban a Osman. Nos gritamos. Paul O'Connor, de la Embajada británica, se quejó porque la traducción turca era distorsionada. "Las máximas de Ataturk" se convertían en Ias modernas máximas de Ataturk". Cuando aclaré que no había dicho "modernas máximas" el superintendente Luru lejdijo a su jefe por teléfono que yo pensaba que las máximas de Ataturk no eran modernas.

Me negué a firmar el informe oficial. Ya eran más de las cuatro de la madrugada. Tres poJicías me querían bajar a los calabozos. Mehmet gritó: "Nada de conversar con O'Connor".

El superintendente recibe otra llamada. De repente me dan permiso para volver al hotel y dormir cuatro horas. Después me devuelven a la comisaría, donde me anuncian mi expulsión del país. La policía se negó a dejarme ir a por mi billete hacia Ankara y le dijeron a O'Connor que llevara dinero para comprarlo. Él siguió diligentemente sus instrucciones.

En Ankara, un funcionario de fronteras llamado Erhan, que me había ayudado una semana antes a conseguir el visado y volar a Anatolla, me manifestó su pesar por mi deportación. No había leído mi artículo, pero insistió en que nosotros seguíamos siendo buenos amigos. "Puedo acompanarle cuando vaya hacia el avión?", me preguntó. Es un hombre cortés, amable e Inteligente, un turco europeo, un verdadero descendiente de Ataturk. ¿Es, sin embargo, posible que se impongan los otomanos?

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