Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Entrar a matar

"La suerte suprema del toreo es entrar a matar", comentaba no hace mucho un viejo aficionado sentenciando algunas opiniones sobre la llamada fiesta nacional. Tenía razón. Desde que aparece el toro en la penumbra de los toriles hasta que se pierde su cuerpo inerme arrastrado por los caballos, no ha hecho más que compartir el protagonismo de una ceremonia mortífera que simboliza la sustancia inconsciente de la tauromaquia y la. plasticidad abigarrada de su representación.Todo el protocolo taurino conduce a la inmolación multitudinaria de un animal. Y, por ello, los lances que llevan a la, muerte violenta del morlaco se ofrecen como espectáculo día tras día, año tras año, siglo tras siglo. Es aquí, en este hecho singular y cruel" donde se encierra. la dimensión auténtica del toreo, como práctica de sacrificios mucho menos noble y heroica. de lo que creencias sesgadas han tratado de presentar tradicionalmente.

El toro es un animal criado, alimentado y cuidado para cumplir el papel humillante de comparsa condenado de antemano a divertir al público sometiéndose a distintas suertes de tortura que empiezan por los puyazos que le perforan el lomo, abriéndole boquetes de varios centímetros de espesor y profundidad, y siguen con las banderillas, que desgarran su cuerpo con arpones, para culminar con esa suerte suprema que consiste en atravesarlo con un estoque que, casi siempre, debe ser utilizado en varias ocasiones hasta conseguir sus fulminantes efectos.

Y todavía le queda tiempo a. un matarife para aparecer pordetrás y rematar la expiración de la bestia clavándole la puntilla repetidamente hasta que acierta a dejarlo seco. Qué agonía la de este bicho cuando se tumba en la arena, vomitando sangre, con la espada atravesando su cuerpo, asfixiándolo, rompiéndolo en pedazos, el puntillero maltratándolo, el matador estirando la figura en gesto triunfador y los espectadores contemplando alborozados esta secuencia atroz. Ésta es la fiesta. Así nos divertimos los españoles. Miles de toros mueren tan brutalmente cada temporada. Y esto provoca el esparcimiento, el regocijo, la pasión de muchedumbres enfervorizadas.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Hay un culto a la muerte del débil, a su escarnio público, que creo que está presente en la médula de la tauromaquia. Es un ritual que exagera ciertas características de virilidad, de hombría, y que alimenta una estética dura, caleidoscópica, atractiva sin duda en algunas facetas, pero dificil de digerir cuando se tiene en cuenta que la presentación del toreo se fundamenta en, la violencia necesaria, en la imagen sanguínea, en la muerte codificada. Y en contra de lo que pudiera parecer, en esta práctica cotidiana se recoge una manifestación de la debilidad propia del hombre que necesita dañar brutalmente a otro ser vivo para sentirse fuerte, poderoso, arrogante.

¿Qué otra explicación se puede encontrar si no a las sevicias habituales que se infligen a los animales en nuestro país con un aire festivo? Pensemos en el burro de Peropalo. En el infortunado novillo al que le van clavando cuchillas a lo largo del encierro con un sadismo espeluznante. En ese pobre gallo que atan de un palo, en el Norte, de cuya cresta se agarra un bravo ejemplar de nuestra estirpe, y lo empiezan a zambullir y a sacar del agua, hasta que por la fuerza del peso se le arranca la.cabeza al ave, que finalmente descansa de semejante canallada mientras el mozo selvático emerge a la superficie del agua mostrando victorioso una cresta sanguinolenta entre el alborozo de la muchedumbre que aplaude la hazaña. Pensemos en los centenares de encierros, por esos pueblos perdidos, en los que se veja a los toros, se los apalea, se los desprecia, sirviendo de marionetas de unos barbianes que pueden dar, gracias a ellos, rienda suelta a su afán exhibicíonista, a sus represiones, a sus burdos modales, a sus posturas chulescas, rematadas en San Fermín con una orgía colectiva de alcohol, por lo demás, inverosímil. ¿Nos hemos detenido, alguna vez, en el significado que tiene una profesión cuyo principal protagonista se llama matador?

El complemento. de semejantes actitudes no es, como se dice, un animal espabilado, sino obediente y torpe. Sucede algo muy curioso con esto de la tauromaquia, que es una pasión llena de tópicos. Y es que los toros buenos, los que aprecian los aficionados, parecen tontos. Y no conozco ningún otro animal al que se le castigue, se le golpee, se le inflijan auténticas torturas, y vuelva a insistir para que le maltraten más. La bravura del toro consiste en obedecer, en humillarse ante el castigo, y dar vueltas y más vueltas detrás de un trapo rojo. Y, sin embargo, el toro que huye, que se rebela contra esa vileza y se niega a embestir, y a entrar en el juego, tratando de escapar de la trampa, es considerado manso y sin casta. Los rebeldes son los malos, y los sumisos, los bravos.

Es difícil hablar críticamente de este tema entre los taurófilos. Poseídos de una impunidad secular que 'se identifica, indebidamente, con el gusto de todo un pueblo, son reacios por completo a considerar el gran problema de su afición, que consiste en que se trata de un espectáculo que para divertir a unos necesita maltratar a otros, y que, para hacer las delicias del espectador, requiere producir el sufrimiento de uno de los protagonistas. Son los toros una fiesta tan antigua, no en el sentido temporal, sino en el conceptual, es decir, en el opuesto a lo moderno, a lo renovado, que demandan urgentemente una sensibilidad de otro tipo, mucho más tolerante, más pacífica, más humanitaria, menos dañina.

Por eso llama tanto la atención el interés que tiene la izquierda española en alinearse del lado de los taurófilos. Hay que ver con qué entusiasmo se apuntan socialistas y comunistas a la defensa de este espectáculo. Debe de ser por lo de la popularidad. Se han creído eso de que es la fiesta nacional, y -no quieren perderse nada que esté bañado en olor de multitudes. Pero su actitud es especialmente censurable porque representan una corriente de pensamiento que debiera estar reñida con la tauromaquia, que, por su definición, implica una posición sumamente reaccionaria. Una percepción de lo festivo cruel y desconsiderada con el mundo animal. Una delectación demasiado áspera en los ademanes violentos que menosprecian el dolor ajeno en la búsqueda del placer propio. No hay inocencia en esta participación en la corrida. Se va a ver matar. A contemplar un proceso lento, tortuoso, indefectible, de destrucción de la vida, de degradación del toro.

Por ello, hemos de lamentar la diversión rutinaria y despiadada que todos los años tiene lugar en Madrid con motivo de la Feria de San Isidro. Más de 150 toros son maltratados para deleite de una multitud que goza con unas prácticas festivas que parecen más propias de una comunidad primiitiva. Miembros de la jet-set, banqueros, políticos, gente del pueblo, intelectuales profundísimos que se quedan extasiados ante la esencia de un puyazo o la sublime belleza de una estocada atravesada. No sé cuántos son los madrileños capaces de sustentar este espectáculo ignominioso, pero sé que somos muchos los que renegamos de sus ecos, de su ambiente, de su ubicación. Ser la capital mundial del toreo y querer ser, al mismo tiempo, la capital cultural de Europa es algo que no acabo de entender.

Tan bárbaro y gratuíto festejo sólo tiene parangón en esa otra ceremonia post morten que la afición dedica al desdichado diestro que pierde la vida en la lidia cuando, todos los tendidos repletos de público, le dan el último adiós al maestro paseando su ataúd a hombros por el ruedo, entre las ovaciones entusiastas y los gritos al unísono de "¡torero, torero!".

¿Por qué no se acaba con todo esto?

Luis Saavedra es profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS