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Crítica:CINE

La sombra del diablo

Los últimos trabajos de William Friedkin, del que hemos podido ver, recientemente, Desbocado, no consiguen remontar vuelo, pese a sus esfuerzos para volver a la época radiante de French connection o El exorcista, en lugar de persistir en la última etapa de su carrera, mucho menos atractiva que la primera.La tutora es su última obra estrenada entre nosotros, más afin al mundo diabólico y malsano de esa célebre obra (en la que se producían espantosas luchas entre el sacerdote y la niña poseída por el demonio) que al de los relatos policiacos que ha elegido en las producciones más recientes, .de los que el más representativo podría ser Morir y vivir en Los Ángeles.

La tutora se acomoda, fielmente, a las reglas del género terrorífico, mediante el personaje clave de Camilla, una inquietante niñera que se encarga de cuidar al pequeño Jake, hasta que los padres sospechan que algún peligro diabólico acecha a su hijo. El punto de partida está bien elegido, puesto que pocas situaciones dramáticas pueden ser más terribles que la de un niño indefenso en manos de una persona con poderes diabólicos. Pero el desarrollo de la historia ya es menos satisfactorio.

La tutora (The guardian)

Distribución: UIP. Productor: Joe Wizan. Guión: Stephen Volk, Dan Greenhurg y William Friedkin, basado en el relato The nanny, de Dan Greenburg. imágenes: John A. Alonzo. Música: Louis Digiamino. Director: William Friedkin. Intérpretes: Jenny Seagrove Dwier Brown y Carey Lowell. Estreno en Madrid: Imperial, Fantasio, Vaguada.

Friedkin confiesa que se ha inspirado en sus experiencias como padre y en las tremendas sorpresas que ha experimentado con algunas niñeras. Es una pena, sin embargo, que el director no haya seguido los planteamientos más exigentes del género, favoreciendo, en cambio, un clima previsible y reiterativo, más parecido al terror fácil de la industria americana en los últimos años, en lugar de recrear las experiencias mágicas de los grandes maestros. Es inevitable experimentar una decepción ante esta película de Friedkin que no parece muy lógica en un profesional de sus antecedentes. La tutora es, pues, un filme plano en el que, al margen de la conexión técnica no es fácil encontrar hallazgos parciales que alivien del desánimo al aficionado. Las situaciones tampoco están bien aprovechadas en general, y lo que llega a dominar es una línea narrativa mortecina y ajena a ese ritmo vivo y agobiante que el género necesita para atrapar al espectador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1990

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