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Tribuna:

Boñiga

Es difícil que el pueblo llano, o plebe, aprecie en todo lo que vale el inestimable esfuerzo de la delegada del Gobierno en Madrid y del Supercorcuera para contribuir a la celebración del Día del Medio Ambiente. Resulta del todo estimulante apreciar cómo, en vísperas de esta jornada de reflexión, nuestros ordenadores públicos trataron de ensayar métodos más naturales que los tradicionalmente utilizados en la represión de manifestaciones y sobre todo de manifestantes.Aunque sin renunciar al usual material antidisturbios contaminante -la prudencia aconseja que los cambios se realicen de manera paulatina-, nuestros amados agentes de la seguridad, al emplear airosos equinos en su labor de machaque urbano, no sólo introdujeron en la rutina del ciudadano medio una nota de color digna del fin de la primera parte de Novecento, dotando con caracteres épicos y de gran vistosidad cara al turismo una actuación policial que se prometía más bien prosaica. También demostraron que su jaca galopa y corta el viento, y que la energía caballar puede sustituir con ventaja la de motor a gasóleo, propano o cualquier otra fétida esencia.

Por otra parte, al entrenarse para un horizonte que se presenta pleno de oportunidades, los responsables del orden hicieron gala de una fina sensibilidad, ya que es de suponer que los miembros del agro preferirán ser pisoteados por cuadrúpedos bendecidos por san Antón a ser gaseados por deshumanizadas máquinas que nunca tomarán azucarillos de nuestras manos ni se engalanarán para ir al Rocío.

Es posible que a los agricultores la cosa no les haya hecho gracia, pero es que el mundo está lleno de bordes, y ya nada es como era en los tiempos en que los negros sólo querían cantar recogiendo algodón, los árabes salir de extras en Lawrence de Arabia, y los campesinos ir de procesión para que lloviera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 1990