De la 'euroesclerosis' a la 'euroforia'
Para el autor, el cambio fundamental que se está produciendo en toda Europa y que provocará en la década final del siglo una evolución espectacular se debe al cambio generacional que suele repetirse cada medio siglo y que ahora está abonado por la rapidez de las comunicaciones y la interdependencia de modas y costumbres.
¿Qué ha sucedido para que en el transcurso de una simple década Europa haya hecho la transición de la euroesclerosis a la euroforia? A mi modo de ver, la respuesta está en que Europa ha entrado en la fase ascendente de un nuevo ciclo de Kondratieff, el ciclo de cambio generacional, de aproximadamente 50 años de duración, en el cual la innovación tecnológica, y las correspondientes innovaciones políticas, supera la estagnación y genera una nueva explosión económica.El nuevo impulso se inició con una decisión de las principales potencias europeas de integrarse en 1992. De hecho, la integración fue la respuesta política a la necesidad de hacer la transición de una sociedad industrial a una posindustrial, movida por los servicios y la tecnología de la información.
Ya unidos por la televisión, el vídeo, minitel, dispositivos de telefax y los viajes en trenes rápidos y avión, los educados, en gran parte burócratas, consumidores europeos requerían algo más que el aparato de un vasto mercado interno para la comercialización de productos manufacturados; necesitaban un espacio económico y cultural realmente unificado.
Una vez firmemente introducida en el resto del mundo, esta idea de 1992 produjo exactamente el mismo efecto psicológico en las mentes japonesas, norteamericanas y de Europa del Este. Japón y Estados Unidos empezaron a temer una próspera fortaleza europea de la que podrían verse excluidos. Europa del Este, especialmente los jóvenes, vio un modelo de prosperidad al cual quería pertenecer. Fue eso más que ninguna otra cosa lo que provocó las migraciones en masa y la evolución hacia las reformas en Europa del Este que (gracias a la moderación de Mijail Gorbachov) condujeron a la revolución de 1989. La nueva euroforia está bien fundamentada. Creo que en la década de 1990 Europa experimentará la explosión económica más importante del siglo por tres motivos:
Primero, la extensión de la economía de mercado a Europa del Este dará un nuevo impulso a las empresas de Europa Occidental en todos los aspectos, desde la modernización de los sistemas telefónicos a la instalación de equipos para el control de la polución.
Segundo, más tarde o más temprano, los 140 millones de nuevos consumidores de Europa del Este generarán una demanda en masa de artículos tales como automóviles, cámaras fotográficas, ordenadores personales, aparatos estéreo, tocadiscos y lavadoras.
Tercero, se espera que el desarme libere al menos un 0,8% del Producto nacional bruto (PNB) de Europa del Este para invertir en el mercado en expansión.
Teniendo en cuenta esos tres factores, según mis previsiones, durante la década de 1990 habrá una tasa de crecimiento media del 5% -doble que el previsto del 2,5% para Estados Unidos-.
El PNB combinado de los 18 países de Europa occidental, con sus 400 millones de habitantes, podría llegar a mediados de los años noventa a los seis billones de dólares (unos 950 billones de pesetas); es decir, 1,5 veces mayor que la economía norteamericana y de dos a tres veces mayor que la japonesa. Siempre y cuando el sistema mercantil mundial no se divida en bloques en relación con esas previsiones, Estados Unidos, Japón y Europa juntos podrían alcanzar la mayor explosión económica de la historia.
Centro económico mundial
Todo ello es indicativo de que Europa recuperará su puesto como centro de la economía mundial. Los próximos 10 años evidenciarán las dos grandes debilidades de Japón: su población de 123 millones de habitantes es relativamente poco numerosa y es políticamente débil. Evidentemente, si Japón y Estados Unidos se movieran hacia algún tipo de integración, en vez de hacia una creciente animosidad, ese juicio cambiaría, pero no veo indicio alguno de que eso suceda.
Aunque Europa todavía no está integrada, la intención política de hacerlo nunca ha sido tan firme. Después de 80 años de división y terror, de dos guerras mundiales y de la guerra fría, el impulso de la oscilación hacia la unidad es de una fuerza enorme.
Para configurar ese impulso hay que instalar a medio plazo una estructura que contrarreste el peso de una Alemania unida. En la práctica, la integración Este-Oeste significa la integración de Europa central. Como quiera que Alemania Occidental e Italia son los dos únicos países occidentales, además de la neutral Austria, que lindan con el Este, la integración en esos puntos se producirá con más rapidez. La integración alemana será una cuestión relativamente fácil, con excepción del tema de la seguridad. Pero para nosotros todavía no se ha unificado nada. Nuestros países vecinos no sólo tienen sistemas económicos y sociales distintos, sino que sus pueblos hablan lenguas diferentes y tienen distintas bases culturales.
Por ese motivo hemos organizado una asociación pentagonal regional formada por Italia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia y Austria. Juntos, esos países contribuirán a un mejor equilibrio del poder en la futura Europa. Por encima de todo, Europa -tanto si se refiere a los 12 países europeos actuales como a los 33 futuros (combinados el Este y el Oeste)- debe permanecer abierta. Una fortaleza europea enzarzada en una guerra de competencia económica con una esfera de coprosperidad japonesa renovada podría destruir todo lo creado por el orden de la posguerra. Sería un error tremendo moverse en esa dirección.
De momento ése es el motivo de que la Conferencia de Helsink¡, o la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación Europea, sea el organismo político más importante para Europa. Comprende 35 naciones de Europa occidental y del Este, además de Estados Unidos y Canadá.
Yo estoy plenamente a favor de buscar una vía para acabar con el aislamiento político de Japón con respecto a Europa. Japón; excluido de la OTAN hace 45 años, debería ser incluido en la Conferencia de Helsinki. Todos, incluidos los japoneses, se beneficiarían de una asociación política más plena.
El modelo al cual aspiran los europeos del Este no es el de Japón o el de Estados Unidos, sino el de Europa occidental. Ese modelo está formado por democracia, pluralismo, economía de mercado y estado de bienestar. Así pues, a pesar del reciente retroceso en las elecciones de Alemania del Este, a largo plazo el término democracia social tendrá sin lugar a dudas un atractivo muy amplio, e incluso dominante, en una Europa integrada.
Antes de finales de 1990 se organizará una unión paneuropea formal de partidos socialdemócratas que incluirá antiguos partidos comunistas europeos, desde Hungría a Italia y, quizá en un futuro no lejano, también a la Unión Soviética. Tanto si está,en el poder como en la oposición, esa izquierda unida europea garantizará la pervivencia de ese singular legado europeo que es el estado de bienestar.
La propia forma institucional de la integración europea experimentará innovaciones. Los viejos mecanismos democráticos de integración de los siglos XVIII y XIX, como las federaciones y confederaciones, en vísperas del siglo XXI ya no se corresponden con la realidad. Habrá que reinventar la democracia.
En una palabra, tendremos que cambiar de lo que yo llamo democracia newtoniana, basada en una concepción mecánica de la ciencia y la cultura, a una democracia basada en la teoría de los sistemas, con su noción interactiva de una realimentación flexible, sin un flujo fijo de información y poder de arriba abajo o de abajo arriba.
El nuevo ciudadano
La democracia newtoniana era adecuada para sociedades simples, con un reducido número de dirigentes muy activos. En la actualidad existe un nuevo tipo de ciudadano debido al individualismo moderno. La expansión de la cultura, el consumo más inteligente y los derechos y prácticas democráticos han producido un individuo que ha aprendido casi instintivamente a analizar la rentabilidad de su propio bienestar. La capacidad decisoria está muy diseminada.
Al tiempo que se ha diseminado la capacidad decisoria, la concentración del poder ha alcanzado nuevas alturas. Los actores supranacionales, desde los jefes de Gobierno de la cumbre económica de los siete a los jefes ejecutivos de Mitsubishi y Daimler-Benz, en su reciente cónclave de Singapur, han suplantado a los actores nacionales.
En un mercado global enfrentado a amenazas ecológicas y a problemas de coordinación económica y de desigualdad Norte-Sur, el poder ha de ser inevitablemente transferido de las naciones soberanas a instituciones supranacionales. El déficit democrático resultante tendrá que ser compensado con una redistribución del poder entre regiones autónomas, ciudades y ciudadanos. En el siglo XXI ningún nivel -local o global- funcionará sin una relación recíproca.
Desde el punto de vista psicológico, 1989 fue muy parecido a 1945. Marcó el fin de un período de guerra y división. Lamentablemente, la forma en que planteamos la reconstrucción en 1946-1947 creó las bases para la guerra siguiente: la guerra fría.
Así pues, el punto crucial para 1990 será cómo acabar con un conflicto Este-Oeste de forma que no cree las bases para una nueva guerra mundial: una guerra entre el Norte y el Sur.
Por encima de todo debemos evitar el cisma de un mundo interdependiente con dos civilizaciones. Ese ambiente, con sus relacionados aspectos de pobreza y desarrollo, y la religión, sobre todo el fanatismo islámico, es la mayor amenaza contra la promesa de integración. El asunto Salman Rushdie es un claro ejemplo del conflicto mortal entre la moderna promesa de integración y la contrarrevolución contra la interdependencia. Las realidades de la interdependencia global son un hecho. Una respuesta integradora a esa realidad significa que seremos capaces de dirigir las complejidades del siglo XXI, encontrando las bases de un interés común. La concienciación ecológica, el desarme y el mercado global abierto son ejemplos de la tendencia integradora.
Los intentos de desintegración o fragmentación por miedo o inseguridad son la reacción negativa a la interdependencia. El proteccionismo, el nacionalismo étnico y el fundamentalismo religioso son ejemplos de tendencia desintegradora.
El futuro de la humanidad está en el éxito de la integración. Ése es el motivo de que para mí Europa sea la prueba para toda la humanidad. Europa se encuentra hoy en el centro del más importante reto integrador: la integración de los países soberanos de Occidente, por un lado, y la integración del Este, por otro. Si no comprendemos durante los próximos 20 años el optimismo de nuestra intención, el precio de nuestro fracaso bien podría ser una nueva era oscurantista de nacionalismo, fragmentación, racismo y violencia.
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