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Todo listo para que empiece la restauración del altar mayor de la capilla Sixtina

La crítica mundial apoya el trabajo de limpieza de los frescos de Miguel Ángel

Los turistas que pasen a partir de ahora por la capilla Sixtina no podrán contemplar el gigantesco fresco de Miguel Ángel El juicio final, pues estará cubierto durante cuatro años por un gran telón blanco. Detrás del telón ha sido levantado un andamiaje de siete pisos para que Gian Luigi Colalucci, jefe de los restauradores vaticanos, y sus tres colaboradores (Maurizio Rossi, Piergiorgio Bonetty y Bruno Baratti) puedan llevar a cabo la laboriosa empresa de restauración para devolver a los "divinos frescos de Buonarrotti" como los ha denominado el catedrático Sydney J. Freedberg, de la universidad de Harvard y de la Galería Nacional de Arte de Nueva York, los vivísimos colores que utilizó el artista.

Los restauradores vaticanos, que han empleado 10 años en restaurar las lunetas y la bóveda de la Sixtina, acaban de ser absueltos de las críticas que les habían hecho algunos críticos que contestaban los métodos de restauración usados por 54 expertos de fama mundial llegados de varios países, que han examinado la formidable empresa vaticana en un congreso a puerta cerrada durante seis días.De dicho congreso ha salido en realidad la luz verde para completar ahora la obra con la restauración de la última parte de la Sixtina: El juicio final, un fresco de unos 200 metros cuadrados -19 metros de altura por 13,4 de anchura-, con unas 400 figuras.

Antes de que comiencen los trabajos, el Vaticano ha permitido que los 54 expertos mundiales del congreso y un grupo de periodistas, entre ellos este corresponsal, hayan podido encaramarse en pequeños grupos, andamios arriba, para ver de cerca los detalles del enorme fresco que va a ser restaurado.

Y ni científicos ni periodistas pildieron ocultar una cierta emoción cuando Colalucci, iluminándolos con una linterna, iba explicando la situación actual de diclios frescos, las diversas manos que en estos cinco siglos han retocado la obra de Miguel Ángel, el moho del tiempo, el negro del humo de las velas, las manchas de humedad y los goteos de cola de los pinceles.

Interesante observar de cerca los llamados arrepentimientos de Miguel Ángel mientras pintaba, es decir, los retoques. Curioso el observar el manto verde con el que Daniele da Volterra había cubierto, por orden del papa de eritonces, las carnes rosas de Santa Catalina de Alejandría, que Miguel Ángel había pintado desnuda, o el taparrabos puesto por el mismo Volterra a san Pedro.

Colalucci ha repetido que esta restauración no consiste en "pintar", sino en "limpiar" los frescos del paso del tiempo para que vuelvan a la luz los colores originarios del artista. Colores que ya se prevé que serán vivos y brillantes: azules, naranjas, amarillos, esmeraldas y rojos fuego.

El jefe de los restauradores muestra unos centímetros cuadrados del vestido de una figura sobre la que acaban de hacer un primer análisis. Es casi un borrón negro, pero a través del líquido usado para arrancar la suciedad se entrevé ya un azul fuerte precioso. "Y el verdadero original", dice, "sería éste", y muestra unos milímetros de un azul celeste clarísimo al que se podría llegar si se quisiera, y que sería el original. Pero los restantes han querido pecar más por prudencia que por exceso. Y a pesar de todo, han sido acusados de haber transformado unos frescos "misteriosamente oscuros" en unos "cromos", crítica que restauradores y críticos de arte han calificado de ""gratuita e injusta".

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