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Mil palabras

Europa tiene hoy en Polonia y Hungría una oportunidad sin precedentes. Es la oportunidad de transformar el comunismo en una democracia liberal. Nadie lo ha hecho antes. Nadie sabe si es posible. Nadie sabe si puede hacerse, cómo debe hacerse, pacíficamente, a través de la evolución y no la revolución.Muchas son las causas que originaron esta oportunidad. Desde luego, la personalidad de Mijail Gorbachov es importante, tanto por el ejemplo de sus directrices como por el autocontrol con el que permite que los Estados miembros del Pacto de Varsovia elaboren, a su manera, sus propios destinos. Sin embargo, más importantes son las crisis económicas crónicas, y estrechamente relacionadas entre sí, de la mayoría de los países que integran el imperio soviético; el derrumbe general conjunto de la ideología y la confianza en sí misma de la clase comunista gobernante; el impacto de las relaciones, cada vez más estrechas, con Occidente; el ejemplo único que significa Solidaridad en Polonia, y otras formas de oposición democrática y presión social que se manifiestan desde abajo. En gran medida, el fenómeno Gorbachov es una respuesta a todo esto.

Las definiciones del objetivo son diversas: independencia, capitalismo o socialismo democrático, un concierto europeo para la paz, una casa común europea. En esta sinfonía de sueños, nunca debemos perder de vista un instrumento esencial. Tal instrumento es la democracia liberal: el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, basado en las normas de la ley, las libertades intrínsecas para una economía de mercado y el pluralismo de una sociedad civil desarrollada.

El excesivo armamento que hay en Europa puede reducirse por una negociación multilateral. No obstante, las armas por sí mismas no son la causa de las guerras, y la mera ausencia de ellas tampoco constituye una garantía decisiva para la paz, sobre todo si no desaparecen todas. Desde 1945, ha habido guerras entre democracias y dictaduras, entre dictaduras, y entre países comunistas. No ha habido ninguna guerra entre dos democracias liberales. Democracia es la clave.

Como se insiste en la reciente Declaración de Bonn por parte de los Gobiernos soviético y de la República Federal de Alemania, nos enfrentamos a algunos pro

blemas comunes que sólo pueden resolverse conjuntamente. La destrucción del medio ambiente es el más importante de ellos, y en ninguna parte como en Europa del Este esta destrucción es tan grande. Pero no se trata de ningún accidente. Es el resultado directo de un ruinoso sistema crónico de producción, que nunca fue sometido a ningún tipo de control independiente. Por tanto, pueden tomarse algunas medidas profilácticas a través de acuerdos entre los actuales Gobiernos del Este y de Occidente. No obstante, el remedio sólo se logrará con la transformación del sistema. Únicamente la protesta popular detuvo la tragedia ecológica que se hubiera producido de haber prosperado el proyecto de presa sobre el Danubio. Democracia es la clave.

La recuperación económica no es una, consecuencia automática de la democratización. Sin embargo, una característica importante del comunismo es que subordina la racionalidad económica a las exigencias de la política. Como la dictadura política es

la causa básica de las crisis económicas en los países comunistas, la supresión de la dictadura política es también la condición sine qua non de su recuperación económica. Nuevamente, democracia es la clave.

La democracia es una condición necesaria, pero no suficiente. Ni Polonia ni Hungría pueden esperar llevar a cabo esta pacífica transformación sin una gran ayuda de sus amigos. Sus crisis económicas, y sobre todo su deuda en moneda fuerte, son muy grandes. El dilema que se plantea entre lo político y lo social es prácticamente insoluble. Como lo expresó muy bien un escritor soviético: sabemos que es posible convertir un acuario en sopa de pescado, el problema es cómo transformar esa sopa de pescado en un acuario.

Durante más de una década, los europeos del Este han contemplado con admiración y anhelo el modelo español de transición pacífica de la dictadura a la democracia. Sin embargo, España ya tenía órganos vivos de un libre mercado y no los huesos secos de una economía dirigida. España tenía un rey que. frenó a las fuerzas de la reacción. España tenía, de un lado, a la Comunidad Europea y, del otro, el inmenso Atlántico. Hay pocos vecinos mejores que un vasto océano.

Por tanto, Polonia y Hungría necesitan ayuda en lo que respecta a democratización y creación de mercados. Alguna modesta ayuda ya ha sido ofrecida por el presidente Bush y Mitterrand, por Margaret Thatcher y el canciller Kohl a esos líderes políticos que parcialmente han iniciado, y parcialmente no pueden evitar, lo que ahora es mitad reforma y mitad revolución (pacífica). De todos modos, es difícil adivinar cómo esta intervención occidental puede contribuir a la transición política y la transformación económica.

Ambos países pueden tener en breve Parlamentos que reflejen un auténtico voto popular. Pero el pueblo sólo elige a sus representantes parlamentarios. Por lo menos inicialmente, todo el aparato del Estado continuará en manos del partido comunista. De esta manera habrá todavía mucho por cambiar: desde el deformante papel de la nomenklatura, pasando por el funcionamiento de los tribunales y la policía, hasta la posición única y privilegiada del propio partido comunista. Esto costará tiempo y problemas. Sin la ayuda occidental será imposible librar estas batallas políticas mientras se lleva a cabo la necesaria y penosa transformación económica. Sin la ayuda occidental, algo fallará: la paciencia del pueblo o el autocontrol de los gobernantes, o ambos a la vez. Y los gobernantes aún tienen los fusiles. Pensemos en la plaza de Tiananmen.

En lo que respecta a su vida económica, política y cultural, tanto Polonia como Hungría desean volver a Europa, a Occidente. Pero ¿están Europa y Occidente preparados para recibirlas? Podemos imaginarnos infinidad de razones por las cuales los Gobiernos occidentales no estarían dispuestos a pagar ese precio. Ya se han malgastado enormes sumas de dinero en Europa oriental, porque se les dio a las personas equivocadas, de manera inadecuada y en un momento inoportuno. La propia integración económica de Europa occidental (1992) ya agota la paciencia de muchas naciones. Industriales y banqueros no harán, así como así, lo que los políticos quieran que hagan. Los votantes pueden, comprensiblemente, anteponer sus propios intereses a la construcción de la democracia en países lejanos, de los que saben poco. Aunque parezca extraño, muchos alemanes occidentales pueden incluso anteponer sus propios intereses antes que dar su apoyo a la democracia en Alemania del Este. Una cosa es cierta: hay una gran oportunidad, pero a un precio.De todos modos, el precio por no ayudar podría ser mayor. Actualmente, la transición a la democracia, aunque tensa y preocupante, es la única alternativa a una desestabilización duradera de la Europa del Este. No podemos excluir, por supuesto, la posibilidad de un cambio en la política soviética, aunque, de cualquier manera, ya resulte imposible restablecer en la región una pax soviética. La Unión Soviética no tiene los recursos para hacerlo. Después de Jruschov aún era posible tener 20 años de estabilidad brezneviana. Después de Gorbachov, incluso dos años de estabilización ligachevista sería algo impensable.

Hemos llamado a este artículo (con cierto eufemismo) Mil palabras como tributo consciente al famoso Dos mil palabras de la primavera de Praga. Pero hay cierta intención en el hecho de que nuestro artículo no sea el trabajo del escritor de un solo país, sino de tres, de tres rincones de Europa. Aunque a partir de 1968, Europa se ha unido más estrechamente, hasta ahora poco se han beneficiado de ello nuestros amigos checos y eslovacos.

Ya existe algo como una opinión intelectual íntegramente europea. Hay casi una opinión pública íntegramente europea. Europa no puede hacerse sólo con el concurso de los Gobiernos.

Timothy Garton Ash (Oxford) es autor de La revolución polaca: Solidaridad y la utilización de la adversidad; János Kis (Budapest) es filósofo, miembro de la Alianza de Demócratas Libres y edita el periódico independiente Beszélo; Adam Michnik (Varsovia) es el director del nuevo periódico de Solidaridad, Gazeta Wyborcza. Este artículo se publica hoy simultáneamente en varios diarios europeos, entre los que se hallan la citada Gazeta Wyboreza, Magyar Nemzet de Budapest, The Independent de Londres, y Suddeutsche Zeitung de Múnich. Traducción: Carlos Scavino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 06 de julio de 1989.

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