Tribuna:FERIA DE SAN ISIDRO
Tribuna
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El Curro, dentro de un orden

"Es mi intento, lector, hablarte de El Gallo por lo que tiene de racial, de muy de nuestro tiempo, de personaje contemporáneo...". Así empezaba uno de sus trabajos contra las corridas de toros el máximo detractor que éstas han tenido: Eugenio Noel. Al lado de la fogosa cruza da redentora que este hombre emprendió, las diatribas que hoy día se escriben contra la Fiesta son oraciones marianas. Para este escritor de áspero ingenio y amarga vida, El Gallo era un trágico, en lo que de paradójico tiene la tragedia; un héroe a la fuerza en el que se exaltaban, precisamente, los rasgos del antihéroe: el miedo, la incultura, la barbarie. Sin embargo, lo irracional del culto táurico y lo inexplicable del surgimiento de un héroe le produce a Noel una conmoción que le rompe las es quemas. Rafael Gómez, El Gallo fue la obsesión de su vida. Lo re cuerda en Caracas, por las calles, más admirado que un libertador; lo sigue por las plazas de España para atisbar sus miedos y tocar de cerca su gloria; lo ex pone al público como ejemplo de dios terrenal, degradación de una época que desprecia la cultura. Hay en esta actitud de Eugenio Noel una argumentación a sensu contrario, un caos emocional por el que el vituperio se convierte en alabanza y a la vez la alabanza se transmuta en desaire. En cierta ocasión, Noel le preguntó a El Gallo si no le guardaba rencor por sus escritos. La respuesta del imprevisible matador fue muy sencilla. Dijo: "No, no le guardo rencor. A mí los toros, la mayoría de las tardes, me gustan menos que a usted".Fue El Gallo el primer torero que llevó a la cumbre la autonomía del miedo como categoría estética y como formulación moral. Sólo compartió la teoría belmontiana de que a los toros hay que obligarles a ir por donde no quieren, cuando adivinaba que los toros querían comearlo. Entonces les ofrecía un trueque que, ya viejo, explicaba con su especial sentimiento de la lógica: "Usted quiere matarme y yo digo que ni usted me matará ni yo lo mataré. Ambos nos iremos vivos de esta plaza". De novillero ya empezó la leyenda. En Sevilla dejó vivo, con evidente descortesía hacia la autoridad, un novillo que había brindado al capitán general de la región. No sería el único al que, en el transcurso de su azarosa vida, otorgara el indulto a despecho de códigos o reglamentos. Puede que nadie haya alcanzado nunca, según la tradición oral y las exégesis escritas, apoteosis tales de despropósitos y falta de compostura. Puede que ni siquiera Curro Romero. La teoría de que, siendo el toreo una armonía de contrarios, el arte de algunos toreros ronda los límites de lo subversivo, me ha desasosegado algún tiempo. La subversión es una noción estética y como concepto moral o político está muy relativizado. Por ello, estos toreros son provocadores inocentes que, además, de una forma o de otra, se convierten en fenómenos al margen de la lógica y, con frecuencia, al margen de la estética. No importa o parece no importar. Su condición, su naturaleza es otra. El mito es siempre la simplificación de la libertad, la épica de lo incomprensible que nos sobrepasa. De Curro dijo otro afamado torero sevillano cuando un indocumentado escribidor le acusaba de cobarde: "De cobarde, nada. Hay que ser un héroe para ponerse delante de un toro sabiendo de toros lo poco que sabe mi compadre". En la primera corrida que vi en Madrid toreaba Curro Romero. Y Rafael Ortega. Debió ser en el año 1967 y puede que fuera la última gran faena, de Rafael Ortega. El toro no gustó a Curro. Se apoyó en el burladero y dejó que pasaran los minutos mientras la plaza era mar, vendaval, volcán y rugido. Sonaron los tres avisos y el toro, tan vivo como llegó, se marchó a los corrales. Diéronle prisión al Curro por desafuero y no fue la única ni la última. Veinte años después, al Curro, en lugar de prisión, los guardias le dan apoyo y consuelo. Forman con sus corazas antidisturbios un caparazón impenetrable dentro del cual Curro transita hasta el túnel del portón de cuadrillas. últimamente sucede algo peor. Curro Romero cae en la vulgaridad de disfrazar sus sublimes desastres con la voluntad trabajadora de un obrero no cualificado. Con ello, no obstante, Curro ha cerrado el círculo de la perfección y se ha inventado otra forma de refinamiento: el orden como la forma más perfecta de la subversión.

Javier Villán es periodista y poeta.

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