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Editorial:

La bola de cristal

LA PUBLICACIÓN de las cifras contenidas en el Escenario macroeconómico y presupuestarlo 1988-1992 plantea algunos problemas interesantes relacionados directamente con la política económica que el Gobierno socialista piensa aplicar en los próximos años, si es que conserva el poder durante ese período de tiempo. Aparentemente, el documento ha servido para la elaboración de los presupuestos para 1989, aunque habrá que esperar a la publicación de los mismos para ver la relación entre ambos.Sorprende, en primer lugar, la ausencia de escenarios alternativos, cuya utilidad reside precisamente en explorar diferentes opciones y evaluar el coste y las consecuencias de cada una de las políticas posibles. Verosímilmente, las cifras publicadas lo habrán sido tras discutir diversas opciones, si bien no hay noticia de que la discusión haya trascendido más allá de los despachos de quienes han elaborado el proyecto. En cualquier caso, el procedimiento permite iniciar un debate sobre el futuro de la economía en un momento particularmente oportuno, puesto que la discusión de los presupuestos debe comenzar a partir del primero de octubre.

Las cifras presentadas plantean algunos problemas delicados. Por ejemplo, se prevé una caída de los tipos de interés de aquí a 1992, al tiempo que se predice un déficit creciente en la balanza por cuenta corriente, que pasará del 0,8% del PIB en 1988 al 2% en 1990-1992. A largo plazo, ambas afirmaciones son difícilmente compatibles entre sí, a menos que se admita que los problemas de financiación de los déficit corrientes son secundarios y dependen exclusivamente de la voluntad de los países deficitarios. Si entramos en el Sistema Monetario Europeo (SME), los tipos de interés en España dependerán en buena medida de lo que suceda en los países comunitarios, y nadie se atrevería a afirmar, con cierta verosimilitud, que éstos van a mostrar una tendencia a la baja a medio plazo.

Decir lo contrario equivale a pensar que los mercados de cambio interpretarán los déficit como un accidente de la historia, y que a nadie, en el vasto mundo, se le ocurriría especular contra la peseta obligando al Banco de España a subir los tipos de interés para mantener el tipo de cambio dentro de unos límites razonables. Puede argumentarse que nadie nos obliga a entrar en el SME, pero entonces, si la peseta se deprecia a lo largo de los próximos años, queda por demostrar cómo se va a conseguir un aumento de los precios de sólo un 3%. Más aún si, como podría suceder, la relación real de intercambio no evoluciona tan favorablemente como en los últimos años. Salvo admitir que los salarios nominales se mantengan entre un 3% y un 4% y que las buenas cosechas sigan frenando indefinidamente el IPC, habrá que admitir un aumento de los precios mayor que el previsto.

En el escenario retenido, el déficit del sector público disminuye paulatinamente hasta desaparecer en 1992. Evidentemente, esta evolución favorecería la reducción de los tipos de interés, lo cual constituye el lado positivo de la cuestión. Lo demás no es tan positivo, ya que la reducción del déficit se obtiene no tanto por la caída del gasto como por el aumento desconsiderado de la presión fiscal: los impuestos directos crecerán, según el informe, un 50% más deprisa que el PIB nominal. Aquí sí que se trata de un programa de Gobierno, ya que, al contrario de lo que ocurre con los tipos de interés, los impuestos dependen única y exclusivamente de la voluntad del Gobierno y del refrendo de las Cortes.

Estos y otros problemas merecerían ser discutidos a fondo en las semanas que vienen y, en cualquier caso, en el momento de la discusión presupuestaria, que ganaría en rigor y profundidad. Las sesiones que habitualmente se dedican a discutir estos problemas suelen ser cortas y poco esclarecedoras. Si la publicación de las cifras macroeconómicas sirve para iniciar el debate sobre el futuro económico de nuestro país, su divulgación habrá sido útil para todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 1988