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Editorial:

Fetichismo cultural

Los OBJETOS de Elton John que han comenzado a venderse en Sotheby's de Londres representan más bien el atesoramiento de una urraca deslumbrada por lo que reluce que la obra de un coleccionista sensato. Los vende porque ya no caben en su casa -en su nido-, aunque es inmensa. Algunos de ellos pertenecen a una estética personal con la que vendió su imagen de cantante, pero no tienen ningún otro valor, ni siquiera por su material. Sin embargo, en la primera jornada de venta de lo que sería un montón de cosuchas sin el roce mágico del idolillo -quizá sólo por el hecho de estar en su casa, objetos tal vez olvidados por otros aprendices de brujo- se ha obtenido el doble de lo calculado: 86 millones de pesetas.No es un fenómeno singular en nuestros días: el montón de cosas que dejó atrás Andy Warhol despierta pujas aún mayores. Warhol, al menos, transformó en arte real algún objeto completamente memo -una lata de sopa- hasta producir doctrinas y filosofilas en torno, y reunió obras de arte de la línea universal, aunque muchas de ellas quedaron en sus sótanos sin desempaquetar y se abren ahora por primera vez para la subasta.

Con muchos cuadros está pasando lo mismo. Algunos pasan directamente del estudio, o del galerista, al sótano de un banco, pocas y raras veces expuestos, convertidos en tesoro que genera valor sólo por el hecho de existir; al mismo tiempo, las firmas así compradas aumentan la cotización y se buscan sólo porque las tienen los bancos como inversión, independientemente del gusto o la apreciación personal de quien las adquiere. Va naciendo un fetichismo que se valora con dinero y que se relaciona'con nombres que adquieren el valor de marcas, emparentándose así a los productos comerciales sacralizados por la publicidad.

Trabajo de consumo que no se detiene ante la literatura, el teatro, la música o el cine. Incluso cuando el primer comprador o el subvencionador de esas marcas es el Estado, exige siempre en todo proyecto o solicitud nombres de prestigio reconocido, por encima del valor real de aquello que paga, aunque provengan del pasado (incluso mejor si es así). Por eso lo importante para el creador de cultura es estar en una corriente, sea cual sea: las corrientes y sus integrantes se fabrican a partir de algunas ideas de marketing de los que se consideran productores y son en realidad excelentes comerciantes que consiguen colocar, a veces más allá de toda barrera crítica o de toda defensa intelectual, los productos de los verdaderos creadores en una situación de moda, utilizando todos los medios a su alcance, que también parten de una inversión económica. Algunos de los más francos y orgullosos productores dicen que habrían tenido los mismos éxitos de ventas si se hubieran dedicado a los calcetines o a los objetos de loza, y es verdad. Esto no quiere decir que todos los llamados productos sean enteramente falsos, o fetiches de la cultura. El caso de la nueva novela de Umberto Eco, que se ha vendido en el mundo por cientos de millones de pesetas antes de conocerse su texto, indica la fuerza de esa presión comercial, sin que en ningún caso prevenga contra el texto mismo. Aunque corra la misma suerte que la anterior, de la que se supone que un número importante de ventas ha ido dirigido a personas que no han conseguido pasar de las primeras páginas.

Probablemente siempre ha habido un arte de superficie, de fetichismo: ahora las nuevas técnicas de difusión, propaganda y venta han llegado a tales extremos que ya casi no hay más que esa cultura de superficie que a veces no resiste ni la primera mirada. El riesgo principal de esta situación es que bajo ella se ahoga o se deja de producir o de aceptar lo que podría ser verdadera cultura, que pasa invisible para los compradores en potencia, para el sponsoring, para la protección oficial e institucional- es decir, para todos aquellos que no se sienten a su vez sobredorados por el pago, la posesión o estas formas aberrantes de intervención.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 1988