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Tribuna:

Marilyn

Del mundo antiguo y del mundo futuro sólo habían quedado la belleza y tú pobre hermanita menor la que corre tras los hermanos mayores, y ríe y llora con ellos, para imitarlos y se pone las bufanditas de ellos, y toca sin ser vista sus libros, sus navajitas. La hermanita más pequeña, esa belleza que llevabas contigo humildemente, y tu alma de hija de gente pequeña nunca supo que la tenía, porque en ese caso no habría sido belleza. Desapareció como polvo de oro. El mundo te la enseñó. Así tu belleza se hizo suave. Del estúpido mundo antiguo y del feroz mundo futuro había quedado una belleza que no se avergonzaba de aludir a los pequeños senos de la hermanita, el pequeño vientre tan fácilmente desnudo.

Y por eso esa belleza, la misma que tienen los dulces mendigos de color, las gitanas, las hijas de los comerciantes ganadores de los concursos de Miami o de Roma. Desapareció como una palomita de oro. El mundo te la enseño, y así tu belleza no fue más belleza. Pero tú seguías siendo niña, tonta como la antigüedad, cruel como el futuro. Y entre tu belleza poseída por el poder su puso toda la estupidez y la crueldad del presente. La llevabas siempre contigo como una sonrisa entre las lágrimas, impúdica por pasividad, indecente por obediencia. Desapareció como una blanca sombra de oro. Tu belleza superviviente del mundo antiguo exigida por el mundo futuro, poseído por el mundo presente, se convirtió así en un mal. Ahora los hermanos mayores finalmente se vuelven, suspenden momentáneamente sus malditos juegos, salen de su inexorable distracción y se preguntan: "¿Es posible que Marilyn, la pequeña Marilyn, nos haya indicado el camino?" Ahora eres tú, la primera, tú la hermana más pequeña la que no cuenta para nada, pobrecita, con su sonrisa, eres tú la primera más allá de las puertas del mundo abandonado a su destino de muerte.

Traducción de Carlos Caranci.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 1988