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Tribuna:

Aeropuerto

Los dos objetivos militares de las tropas rebeldes son el aeropuerto y la televisión. El viejo rito de la toma del palacio presidencial ha pasado a segundo plano en la moderna estrategia de la ocupación violenta del poder. Poco importa que los insumisos avasallen los despachos de los políticos y luego se exhiban en el balcón principal de la plaza Mayor si resulta que son incapaces de controlar el tráfico aéreo y la balconada electrónica. Más aún. Cuando los rebeldes logran asomar su busto en la ventana televisual y dominan las entradas y salidas del aeropuerto, incluso la cafetería, entonces se rinden incondicionalmente los habitantes del palacio presidencial. Siempre fue así, en realidad. La obsesión de los rebeldes o de los ejércitos invasores consistía en ocupar inmediatamente los espacios elevados, los observatorios, los altos naturales desde los que se controlaba el territorio, los sitios de paso obligado, los puertos, los desfiladeros, los estrechos, las vías de comunicación. La soberanía, en fin, no es más que el dominio militar de esos lugares estratégicos y fronterizos.Las atalayas del aeropuerto y de la televisión son actualmente las fortificaciones que simbolizan la soberanía nacional. La prueba es la férrea vigilancia militar a la que están sometidos esos lugares y el severo control que el poder político ejerce sobre esas dos clases de comunicación espacial. Por mi parte, doy por concluido el viejo y enojoso asunto colonial del Peñón. Hemos logrado controlar el aeropuerto de Gibraltar, y los sondeos revelan que los gibraltareños no se pierden un solo programa del Un, dos, tres, se rocían con las colonias navideñas que anuncia el Ente y utilizan en sus lavadoras los polvos de Manolo Luque. Mi patriotismo queda plenamente satisfecho con la pacífica ocupación de esos dos símbolos de la soberanía moderna que son el tráfico aéreo y el tráfico audiovisual. Todo lo demás carece de importancia. Lo único que importa es que no te sientas forastero en el aeropuerto y que el televisor del hotel vomite los mismos concursos y telefilmes que cuando estás en casa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1987