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NUEVO GOLPE TERRORISTA

Juguetes sobre los destrozos

Familias enteras fueron rescatadas de entre las ruinas de la casa cuartel de Zaragoza

Una mujer, familiar de las víctimas, tras el atentado de la organización terrorista ETA contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza.
Una mujer, familiar de las víctimas, tras el atentado de la organización terrorista ETA contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza.

"¿Es CapiIla?". "Sí, es él". Los dos guardias que observaban cómo cubrían los bomberos el cuerpo de su compañero Emilio Capilla Tocado no pronunciaron ni una palabra más, y sus rostros estaban desencajados. Este guardia civil, cuyo cadáver fue rescatado sobre las 13.30 de entre los escombros, era la novena víctima, y su cuerpo estaba destrozado. Sobre uno de los vehículos estacionados en la calle, un Nissan con los cristales pulverizados, había un rompecabezas de uno de los niños que vivían en la casa cuartel.

La explosión había causado un enorme boquete en el grisáceo edificio de ladrillos de la avenida de Cataluña, en el barrio zaragozano de La Jota, y las tareas de rescate se podían seguir desde el patio interior, desde el patio del parque móvil, donde se agrupaba una docena de guardias que no se atrevían a pronunciar palabra.Muchos de ellos habían salvado sus vidas y las de sus familiares "de puro milagro", como comentó un cabo primero que vivía justo al lado de la parte del edificio que se desplomó.

El interior de la casa-cuartel estaba destrozado. Las ventanas no existían, el polvo cubría todos los pasillos, los coches y motocicletas de los patios, y una ambulancia que había en uno de ellos apenas podían reconocerse.

Las viviendas estaban repletas de guardias civiles y sus familias, y en una de las alas del complejo vivían hijos de guardias de toda España que cursan estudios universitarios y militares en Zaragoza.

Recién llegado

La suerte de Capilla, del cabo primero José Ignacio Vallarín y del sargento Pino, así como la de todos sus familiares, había desmoralizado a sus compañeros. Capilla estaba destinado en el aeropuerto de Zaragoza, acababa de llegar procedente de Madrid, después de haber estado destinado en el País Vasco, y el sargento, recién ascendido, estaba esperando un nuevo destino.A primeras horas de la mañana había niebla y según testigos presenciales "el caos era total". Un bombero manifestó que se oían lamentos desde los escombros. "Luego, fueron apareciendo los primeros objetos personales, ropas, muebles y juguetes. Luego fuimos sacando gente, familias enteras bajo los escombros. Era el caos. Unos inaldecían y otros rezaban", continúa el relato del bombero. "De repente, apareció el pie de un niño, luego el cuerpo, luego otro niño. Ha sido una experiencia que nunca podré olvidar".

"Todo fue muy rápido, la explosión fue seca", comentó un guardia vestido con traje de faena y que trataba de encender un cigarrillo que se le había apagado hacía ya varias horas.

Luis Márquez, hijo de un guardia civil, relató así el atentado: "La explosión me hizo saltar de la cama y al abrir la ventana. he visto un resplandor enorme. He cogido a mi hermano pequeño y nos hemos tirado a la calle".

Una chica de unos 15 años relataba: "Mi padre tenía guardia esta noche, pero como estaba enfermo se la ha hecho otro compañero". Era precisamente un sargento que sufrió grandes heridas y la amputación de las dos piernas. Algunos vecinos cuyas casas resultaron afectadas manifestaron en medio de la indignación "Vamos a coger la justicia por nuestra cuenta y vamos a matar a los asesinos".

La esposa del cabo Francisco Ballarín, de 31 años cumplidos el pasado mes de septiembre, no hacía nada más que pregunta por su marido e hija, Silvia, de corta edad. "¿Dónde está mi hija? Quiero saber de mi hija y de mi marido". Ambos murieron bajo los escombros. El cabo ha cía dos meses que había llegado al cuartel de Zaragoza.

Un niño de cuatro años, rubio, fue recogido en la comisaría del Picarral, próxima al lugar del atentado. El pequeño no articu laba palabra alguna, presa del pánico. La policía reclamó ayuda a través de las emisoras de radio Cuando el niño se recobró del susto dijo que vivía en el cuartel de la Guardia Civil. Los agentes lo llevaron; y su madre, que está embarazada, relató que al ser rescatados por los bomberos dejaron al niño en la calle y que cuando bajaron ya no estaba. El marido de la señora, que resultó herido de gravedad, hacía sólo unos meses que había llegado del País Vasco "huyendo de ETA".

La explosión afectó al economato del edificio y a las dos primeras plantas. Todos los que dormían allí murieron sepultados.

Entre los escombros aparecieron jamones, latas de conservas, juguetes y todo tipo de botellas rotas.

Bajo las viviendas afectadas por la explosión no había polvo rín ni salas de arinamento, según fuentes de la Guardia Civil.La calle de la Villa de Ruesta, donde ETA colocó el cochebomba, estaba completamente en ruinas, y entre los escombros algunos jóvenes intentaban rescatar sus pertenencias.

Eran estudiantes, hijos de guardias civiles de toda España que residen en el edificio durante el año académico. Uno de ellos Roberto Flores, de Pamplona, comentó: "Quiero ser cadete", mientras cargaba una enorme caja llena de libros y en la que sobresalía una carpeta de apuntes de matemáticas. "Fue una explo sión brutal, ensordecedora, quedé aturdido y por unos minutos desconcertado".

El futuro cadete había recibido órdenes de regresar a su casa, y tenía prisa. Flores declaró cuando pasaba junto a una vitrina llena de tamboresy trompetas destrozados: "Nos hemos salvado por un pelo".

La casa-cuartel estaba completamente a oscuras. Hacía mucho frío y el polvo llenaba de suciedad a todos los que caminaban por los pasillos interiores del edificio. Nadie hablaba, y en los coros de guardias los que lo hacían arremetían contra "la impunidad con que ETA está actuando".

Uno de los guardias, que logró ver a los terroristas momentos antes de que dejaran el vehículo cargado de explosivos junto al edificio, estaba sentado junto a la puerta principal de la casa-cuartel, debajo del cartel Todo por la Patria. "No quiero decir nada, estoy atontado", explicó antes de añadir: "No puedo hacer declaraciones antes de haber hablado con mis mandos".

Este guardia vio algo extraño en el comportamiento de los dos jóvenes que abandonaron el Seat 124 que llevaba los explosivos, y sólo tuvo tiempo de avisar a un compañero suyo que entró en ese momento de la calle donde se iba a producir la explosión. El efecto de la bomba provocó el desconcierto que permitió la huida de los terroristas.

El almacén de Industrias Orgánicas, SL, que hay junto al cuartel, la antigua empresa láctea Cruzasa y todos los edificios de la avenida de Cataluña que hay junto al cuartel quedaron seriamente dañados.

Muchos deberán ser demolidos. "Las grietas son el anuncio de los hundimientos",'comenió un bombero.

 

"La niña estaba tranquila"

La explosión afectó también a los edificios de diez plantas de viviendas que hay en la calle del Marqués de la Cadena. Seis horas después de la explosión del coche bomba, el interior de los edificos 1, 7 y 9 era un caos. Puertas reventadas, techos hundidos, cristales clavados en los muebles, ventanas en los pasillos, manchas de sangre, cocinas dobladas, neveras desencajadas y quejas. Muchas quejas. "Estábamos durmiendo y de repente pareció como si se hubiera acabado el mundo", explicó Miguel Cardona, un vecino de un cuarto piso del número 9 de esa calle, que en cuestión de pocos segundos vio cómo una onda expansiva le destrozó su casa. "Mi mujer y yo saltamos de la cama atemorizados, y lo primero que hicimos fue ir a la habitación de la niña; estaba tranquila, pero su cama estaba repleta de cristales y el balcón estaba ya sin persianas ni marcos. La ventana había desaparecido. La niña se salvó de milagro".Muchos otros niños de ese mismo edificio y de los colindantes también sufrieron sobresaltos.

"Tras la explosión todo fueron gritos y sollozos, muchos salieron desnudos a la calle y no se veía nada porque todo era una

nube de polvo", declaró la portera del edificio, Consolación Romance, mientras ayudaba a los empleados de FOCSA a llenar su octavo camión de escombros. Luego se llenarían muchos más.

Descoordinación

Las ventanas de todo el edificio quedaron destruidas y el estallido sólo provocó en esas viviendas un herido. Se trata de Clara Isarchs, de 38 años. "La ventana salió disparada, y yo, que había ido a prepararme un café con leche, estaba junto a la cama. Vi cómo las maderas del marco de la ventana pasaron por delante de mi cara, y un cristal se me clavó en la cabeza".Clara Isarchs fue conducida por su esposo al hospital, donde se le practicó una cura de urgencia. "Vaya a casa y, si tiene dolores de cabeza, regrese inmediatamente", le dijeron en el centro médico donde la habían atendido. En el pasillo donde realizó estas declaraciones aún había manchas de sangre.

Las calles adyacentes a la casa-cuartel estaban repletas de curiosos durante las horas que siguieron al atentado, y como ha sucedido en casi todos los gran des atentados de ETA, las tareas de rescate de las víctimas se vieron dificultadas por los numerosos agentes y voluntarios que pertenecientes a distintos cuerpos, actuaron sin una correcta coordinación.

La cristalería

Las tiendas de la zona quedaron también parcialmente destruidas. El gimnasio Nippon quedó inservible, y lo mismo ocurrió con el Banco de Vizcaya, Mapfre, Rodamientos USA, Tomillería Aragonesa y la verdulería Movea. Uno de los locales más afectados fue precisamente la cristalería La Jota, situada en la calle de José Oto.Alicia, la encargada del local, comentó: "Se nos han roto muchos cristales, pero ya hemos empezado a reparar algunas ventanas del barrio; vamos a tener que trabajar más en estas dos semanas que en los tres últimos años. En sólo cuatro horas he llenado dos libretas de notas de avisos de vecinos que se han, quedado sin cristales y marcos de ventanas. Van a pasar muchos días para que el barrio vuelva a la normalidad".

Hacia la una de la tarde, la mayor preocupación de los vecinos del barrio era dónde iban a pasar la noche. La temperatura a esa hora en Zaragoza era de tres grados, y una espesa niebla cubría la ciudad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1987