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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

Apuntes a la teoría de la democracia

SIR KARL R. POPPERKarl R. Popper (Viena, 1902) es uno de los filósofos de la ciencia más influyentes del siglo. Hoy publicamos un amplio ensayo, que difundió esta misma semana el semanario alemán Der Spiegel, en el que reflexiona sobre los peligros dictatoriales a los que está sometida la democracia. En su defensa del sistema democrático, Popper se manifiesta a favor del bipartidismo y apunta algunos peligros fundamentales del sistema proporcional, que es el existente en España. Karl R. Popper estudió matemáticas, física, filosofía, psicología y musicología en la Universidad de Viena. En 1934 publicó La lógica de la investigación científica, donde aparecen ya los rasgos más significativos de su pensamiento. La controversia, que dura ya más de cincuenta años, con el positivismo y el determinismo es una de las características más definitorias de este pensador. Ha avisado también acerca del peligro de las modas científicas y sus variantes espiritualistas en uno de sus libros más polémicos, La sociedad abierta y sus enemigos. Actualmente vive en el Reino Unido, país que le ha distinguido con el título de Sir.

Mi mayor interés es la naturaleza y las ciencias naturales: la cosmología. Desde el momento de mi renuncia al marxismo, en julio de 1919, mi interés por la política y por su teorización quedó reducido únicamente al propio de un ciudadano y de un demócrata. Sin embargo, los crecientes movimientos totalitarios, de derechas y de izquierdas, de los años veinte y comienzo de los treinta y, por último, la toma del poder por Hitler me obligaron a reflexionar sobre el problema de la democracia.A pesar de que mi libro The open society and its enemies (La sociedad abierta y sus enemigos) no mencionaba ni una sola vez las palabras Hitler o nazi fue pensado como mi contribución personal a la guerra contra Hitler. El libro supone una teoría de la democracia y una defensa de la democracia contra los viejos y nuevos ataques de sus enemigos, se publicó en 1945 y desde entonces ha sido constantemente reeditado. Pero el aspecto que personalmente considero el más importante de todos sólo fue comprendido por completo, según me parece, en muy raras ocasiones.

Como todo el mundo sabe, democracia quiere decir "poder o soberanía del pueblo", en contraposición a aristocracia (poder de los mejores o de los más nobles) y a monarquía (mando de un solo individuo). Pero el significado literal no nos ilumina mucho más. Pues el pueblo no manda en ningún lado: quienes rigen en todas partes son los gobiernos (y, desgraciadamente, también la burocracia, es decir, los funcionarios, y a éstos es muy difícil o incluso imposible exigirles responsabilidades). Encima, Reino Unido, Dinamarca, Noruega y Suecia son monarquías y, al mismo tiempo, muy buenos ejemplos de democracias (con la excepción quizá de Suecia, en donde una burocracia fiscal irresponsable ejerce ahora el poder dictatorial). Todo lo contrario que la República Democrática Alemana (DDR), que se designa a sí misma como democracia, por desgracia injustificadamente.

¿Qué es lo realmente importante, cuál es la cuestión realmente importante?

PALABRAS

Propiamente, sólo hay dos formas de gobierno: aquellas en las que es posible deshacerse del gobierno sin derramamiento de sangre por medio de una votación y aquellas en las que eso no es possible. Ésa, y no la cuestión de cuál es la designación correcta de esa forma de gobierno, es la cuestión verdaderamente importante. Normalmente a la primera forma se la denomina democracia y a la segunda dictadura o tiranía. Pero en este momento no se trata de debatir palabras (como DDR). Lo decisivo es únicamente la destituibilidad del gobierno sin derramamiento de sangre.

Hay procedimientos distintos para llevar a cabo esa destituibilidad. El procedimiento mejor es el de la votación: unas nuevas elecciones o un voto de censura en un parlamento elegido democráticamente pueden derribar a un gobierno. Eso es lo realmente importante.

Es, por consiguiente, falso poner el énfasis (tal y como se hizo desde Platón hasta Marx, y como se ha seguido haciendo posteriormente) sobre la pregunta: "¿Quién debe gobernar? ¿El pueblo (la plebe) o los mejores? ¿Los (bondadosos) trabajadores o los (malvados) capitalistas? ¿La mayoría o la minoría? ¿El partido de izquierdas, el partido de derechas o el partido de centro?". Todas esas preguntas están planteadas de una forma equivocada. Pues, mientras sea posible deshacerse del gobierno sin derramamiento de sangre, la cuestión realmente importante no es quién gobierna. Todo gobierno derribable estará muy fuertemente interesado en comportarse de tal forma que la gente esté contenta con él. Y ese interés desaparece en el momento en el que el gobierno sabe que no es tan fácil deshacerse de él.

Para ilustrar lo importante que es, en la praxis, esta sencilla teoría de la democracia, voy a aplicarla al problema del derecho electoral proporcional. La crítica que hago aquí a un derecho o sistema electoral tan enraizado en la acreditada Constitución de la República Federal de Alemania debe tomarse únicamente como un intento de abrir una discusión acerca de una visión que, por lo que conozco, en muy pocas ocasiones es cuestionada. Las constituciones no se deben cambiar a la ligera; pero es bueno discutir críticamente sobre ellas, aunque sólo sea para mantener viva la consciencia de su significado o importancia.

En las democracias del continente europeo está extendido un derecho electoral que se diferencia esencialmente del sistema válido, por ejemplo, en el Reino Unido o en Estados Unidos, basado en la idea de la representación local- En el Reino Unido cada distrito electoral envía un representante al Parlamento: aquella persona que ha recibido el mayor número de votos. Oficialmente no se toma en consideración a qué partido pertenece y si pertenece o no a un partido. Su obligación es representar, lo mejor que pueda y con la mayor conciencia, los intereses de aquellos que viven en su distrito electoral, al margen de que pertenezcan o no a un partido. Naturalmente, hay partidos y éstos desempeñan un gran papel en la formación del Gobierno. Pero si el representante de un distrito electoral cree que el interés de su distrito (quizá incluso el de todo el pueblo) exige votar contra su partido o incluso romper con él, está obligado a hacerlo. Winston Churchill, el más grande estadista de nuestro siglo, no fue nunca un acólito secuaz y cambió dos veces de partido.

La situación en la Europa continental es totalmente distinta. La proporcionalidad (el sistema proporcional) determina que cada partido reciba un número determinado de representantes en el Parlamento -por ejemplo, en el Bundestag- y que el número de los diputados de los distintos partidos esté en la proporción más exacta posible con el número de votos obtenidos por los partidos.

Los partidos quedan de esta forma reconocidos por la Constitución y están anclados en el Derecho Fundamental. El diputado individual es elegido, de forma completamente oficial, como representante de su partido. Por eso mismo, no puede tener la obligación de votar en determinadas circunstancias contra su partido: todo lo contrario, está atado moralmente a su partido, dado que fue elegido sólo en cuanto representante de ese partido. (Y caso de que no fuera capaz de hacer compatible durante más tiempo esa situación con su conciencia, tendría la obligación moral de dimitir, incluso aunque la Constitución no lo prescriba.)

PARTIDOS

Sé, naturalmente, que los partidos son necesarios: nadie ha inventado hasta ahora un sistema democrático que pueda prescindir de ellos. Pero los partidos políticos no son un fenómeno demasiado satisfactorio. Ciertamente, sin partidos no se puede pasar: nuestras democracias no son gobiernos populares (del pueblo), sino gobiernos de partidos. Lo que quiere decir: gobierno de los dirigentes de los partidos; pues cuanto más grande es un partido menos unificado está, menos democrático es y menos influjo tienen sobre la dirección del partido y sobre su programa aquellos que lo han votado.

Es falso creer que un parlamento elegido conforme a la proporcionalidad es un espejo mejor del pueblo y de sus aspiraciones. Ese parlamento no representa al pueblo y su opinión, sino únicamente el influjo de los partidos (y de la propaganda) sobre la población el día de las elecciones. Y hace más dificil que el día de las elecciones se convierta en lo que debería y tendría que ser: el día del juicio o del veredicto del pueblo sobre el comportamiento del gobierno.

No hay, por tanto, ninguna teoría válida del poder o soberanía del pueblo, ninguna teoría que exija la proporcionalidad. Así, pues, tenemos que preguntar: ¿qué repercusiones tiene en la praxis la proporcionalidad: 1) respecto a la formación de gobierno, 2) respecto a la importante y decisiva posibilidad de eliminar un gobierno?

1. Cuantos más partidos haya, más dificil es la formación de gobierno. Esto es, en primer lugar, un hecho de experiencia y, en segundo lugar, un hecho también de razón: si hubiera sólo dos partidos, la formación de gobierno sería,

© Sir K. R. Popper Traducción: Luis Meana

Apuntes a la teoría de la democracia

entonces, cosa fácil. Pero, además, la proporcionalidad hace, asimismo, posible que los partidos pequeños obtengan una gran influencia -a menudo decisiva a la hora de formar gobierno y, con eso, incluso en las decisiones políticas del gobierno.Eso lo reconocerá todo el mundo, y todo el mundo sabe que la proporcionalidad multiplica el número de partidos. Pero mientras se acepte el supuesto de que la esencia de la democracia consiste en la soberanía o poder soberano del pueblo, habrá que soportar, como demócrata, esas dificultades, dado que, en ese supuesto, la proporcionalidad se revela ciertamente como esencial.

2. Pero la proporcionalidad, y con ella la multiplicidad de partidos, repercute de forma posiblemente todavía más grave sobre la importante cuestión de la destitución de un gobierno por medio de un plebiscito popular, o sea, por medio de la elección de un nuevo parlamento, por ejemplo. Primero, porque se sabe que hay muchos partidos y, por eso, difícilmente podrá esperarse que uno de los muchos partidos alcance la mayoría absoluta. Caso de que se cumpla esa previsión, la decisión popular no se habrá manifestado, entonces, contra ninguno de los partidos. Ninguno de los partidos fue destituido, ninguno de los partidos fue condenado,

Segundo, no puede esperarse que el día de las elecciones se convierta en el día del tribunal popular, el día en el que el pueblo enjuicia al gobierno. El gobierno ha sido, unas veces, sólo un gobierno minoritario y, por eso, no estaba en situación de hacer lo que consideraba acertado, sino que se vio obligado a las concesiones; otras, habrá sido un gobierno de coalición en el que ninguno de los partidos gobernantes era completamente responsable.

CULPABILIDAD

Así se va convirtiendo en costumbre el no hacer responsable de las decisiones de Gobierno a ninguno de los partidos ni a ninguno de sus líderes. Y el que un partido pierda un 5% o un 10% de sus votos no es interpretado por nadie como una sentencia de culpabilidad; y menos que, por nadie por parte de los electores, por los gobernados: señala solamente una fluctuación momentánea de popularidad.

3. Incluso cuando la mayoría de los electores quiere desembarazarse del Gobierno mayoritario existente, tampoco entonces puede conseguirlo absolutamente. Pues incluso aunque un partido que dispuso hasta entonces de la mayoría absoluta (de forma que se le puedan pedir responsabilidades) pierda esa mayoría absoluta, dentro del sistema proporcional seguirá siendo, a pesar de todo, con gran probabilidad, el partido mayoritario. Por eso mismo podrá formar, con el apoyo de uno de los partidos más pequeños, un Gobierno de coalición. Y de esa forma, al líder destituido del partido mayoritario le será posible seguir gobernando, contra la resolución de la mayoría y apoyándose en la decisión de un partido pequeño, que puede estar muy lejos de representar la voluntad del pueblo.

Naturalmente, un partido pequeño de ese tipo puede derribar, sin nuevas elecciones y sin orden alguna del electorado, un Gobierno y formar junto con los partidos de oposición un nuevo Gobierno (en grotesca contraposición a la idea en la que se basa la proporcionalidad: la idea de que el influjo de un partido debe ser correspondiente al número de sus electores).

Cosas de este tipo ocurren con frecuencia. Y donde hay muchos partidos y donde las coaliciones son, por eso, la regla, han llegado a convertirse en algo natural.

Es totalmente cierto que pueden ocurrir cosas semejantes también en un país en el que no hay proporcionalidad. Pero en tales países -por ejemplo, Gran Bretaña o Estados Unidos- se ha desarrollado la tendencia a que se enfrenten principalmente dos grandes partidos que rivalizan entre sí. De este sistema bipartidista es del que Churchill dijo: "La democracia es la peor de las formas de gobierno, excepción hecha de todas las demás formas de gobierno".

Con eso quería decir que ninguna forma de gobierno es buena o segura o está libre de corrupción. Pera cuando se sabe eso, entonces la democracia es, a pesar de ello, todavía la mejor de todas las soluciones conocidas hasta ahora para el problema del gobierno.

Personalmente, me parece que una forma que posibilite el sistema bipartidista es la forma mejor de democracia. Pues conduce siempre y sin cesar a que los partidos se autocritiquen. Si uno de los dos grandes partidos sufre en una elección un verdadero descalabro, esto desembocará normalmente en una reforma radical dentro del partido. Es una consecuencia de la competitividad y de la inequívoca sentencia condenatoria de los electores, sentencia que no puede ignorarse. De esta forma, de cuando en cuando los partidos se ven obligados por este sistema o bien a aprender de sus errores, o a hundirse.

Estas observaciones mías contra el sistema proporcional no significan que aconseje a todas las democracias el abandono de la proporcionalidad. Lo único que deseo es darle a la discusión del problema una dirección nueva. El pensamiento de que de la idea de la democracia puede deducirse lógicamente la superioridad moral del sistema proporcional y la de que los sistemas continentales son, debido a la proporcionalidad, más justos o más democráticos que los sistemas anglosajones es ingenua y no resiste un análisis algo más detallado.

Resumiendo: la visión de que la proporcionalidad es más democrática que el sistema británico o norteamericano es insostenible puesto que tiene que apoyarse en una teoría superada de la democracia como soberanía del pueblo (la cual se basa, a su vez, en la denominada teoría de la soberanía del estado). Esta teoría es moralmente errónea e incluso insostenible: ha quedado superada por la teoría del poder destitutorio de la mayoría.

Este argumento moral es ciertamente aún más importante que el argumento práctico de que no necesitamos más de dos partidos completamente responsables y que rivalicen entre sí para facilitar a los electores el poder de sentar justicia en su elección de gobierno. La proporcionalidad crea el peligro de que se desvalorice, de, que se bagatelice la decisión electoral de la mayoría, y con ello también la influencia de una derrota electoral sobre los partidos (un influjo beneficioso que la democracia necesita). Y para una clara decisión mayoritaria es importante; que haya un partido de oposici5n lo más fuerte y bueno posible. Porque, de lo contrario, los electores se verán con frecuencia obligados a permitir que sigla gobernando un Gobierno malo; no hay nada mejor.

¿No contradice mi defensa del sistema bipartidista la idea de una sociedad abierta? ¿El tolerar una variedad de visiones y teorías, o sea, el pluralismo, no es lo característico de una sociedad abierta y de su búsqueda de la verdad, y ese pluralismo no debe manifestarse en una pluralldad de partidos?

Mi respuesta es ésta: la función de un partido político es formar Gobierno o controlar críticarnente, como oposición, el trabajo del Gobierno. Forma parte de ese control crítico el controlar la tolerancia del Gobierno frente a las distintas opiniones, ideologías y religiones (en la medida en que éstas no sean intolerantes, pues las ideologías que predican la intolerancia pierden su derecho a la tolerancia), Ciertas ideologías intentarán -con o sin éxito- dominar un partido ofundar un nuevo partido. Así se producirá un juego cambiante entre opiniones, ideologías y religiones, por un lado, y los grandes partidos rivales, por el otro.

Pero la idea de que la pluralidad de las ideologias o cosmovisiones deba reflejarse en una pluralidad de partidos me parcce políticamente errónea. Y no sólo política, sino también filosóficamente. Pues una conexión demasiado próxima a la política de partido apenas se compagina con la pureza de una teoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 1987

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