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Tribuna:¿UNA REVOLUCIÓN CONSERVADORA AMERICANA? / y 2

El fin de la era de Reagan

Ya en el otoño de 1986, antes de que estallase el escándalo Irangate, de la venta de armas a Irán y desvío de fondos a la contra, habían aparecido signos bastante claros de que la era de Reagan se acercaba a su fin. Elementos de análisis suficientes como para poner en duda que lo iniciado en 1980 se hubiese convertido en una verdadera revolución conservadora. Lo que es más significativo: estos signos y estos análisis no provocaron una verdadera contraofensiva ultraconservadora.

Elementos del mensaje radical, como la posición respecto a los contras, la extrapolación de las amenazas terroristas a una descalificación de palestinos y aun árabes, las oscilaciones entre una admisión el primer día de Reikiavik de un desarme nuclear total y una posición muy firme en la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) y en el tema nuclear general se reiteraron, de la misma manera que la nueva ley de inmigración y la propuesta californiana del monolingüismo manifiestan la profundidad del impulso conservador. Lo mismo que ciertas sentencias del Tribunal Supremo -en cuya tendencia han influido unos nombramientos claramente derechistas-, como el de la sentencia sobre prácticas sexuales, haciendo caso omiso del carácter privado o no de los actos. Pero, en general, la sensación es que los mismos equipos que prepararon el asalto al poder van aceptando que han conseguido unas cotas que resistirán relativamente el cambio de tendencia.Los dos principios que integran la vida pública americana son la defensa de los intereses privados y la acción pública. Los primeros inspiran a la misma Constitución; pero el mismo mito constitucional alimenta la acción pública, no en contra, pero sí por cima de los intereses concretos. El reaganismo se presentó como el primado de los intereses inmediatos, de los individuos, de los Estados frente a las formulaciones del temido Leviatán. El fin público estaba, como hemos visto, representado por el gobierno del hombre común. Se acusaba a la postulación del interés público como forma de encubrimiento de los intereses de una elite.

A fines de los años setenta Estados Unidos estaba cansado. de la acción pública. Es una sensación que también prevaleció a finales de los años cincuenta -Eisenhower también arrojaba, junto a la del militar exitoso, la imagen de hombre común-. Los rehenes de Irán, la derrota de Vietnam, junto con el deseo de recuperación de prestigio nacional, producían el deseo de retirada. La combinación de firmeza frente al Este y la visión del mundo en división de amigos y enemigos producía que el país aspirase a una menor implicación en los asuntos exteriores. La consecuencia en política exterior -que no es el tema de estas reflexiones- ha sido una casi reducción de la política a las relaciones con el Este, un olvido, casi despectivo, del multilarismo; un proteccionismo comercial. Todo ello con muchos antecedentes en la historia del país.

El mismo concepto de servidor del -Estado -que supera la conjunción de los intereses y que siempre rebasa una parte de la sociedad política, la adscrita a una posición ideológica- cobra menor importancia. Nunca una Administración ha estado más dominada por una definición ideológica. Como compensación se proclamaba el dogma de que el Gobierno debía intervenir y aun gobernar lo menos posible.

En un libro en que se estudia la obra individual y conjugada de seis grandes servidores del Estado de la época en que se determinó la posición internacional de Estados Unidos en la situación que siguió a la II Guerra Mundial -Lovet, John McCloy, Averill Harriman, Charles Bohlen, George Kennan y Dean Acheson-, se nos muestran las diferencias de percepción, de amplitud de miras y, también, de clase social con los hombres -los californianos y de las nuevas fundaciones- que ahora pueblan el Departamento de Estado, o el Pentágono, la Casa Blanca (Walter Isaac y Evan Thomas: The wise men, six men and the world they made, New York, 1986).

El balance

Los síntomas a que he aludido se manifestaban en unos balances que iban apareciendo, en una Prensa que un año antes había casi cesado toda crítica a Reagan, sobre los distintos objetivos que la revolución conservadora se había propuesto.

En cuanto a la recuperación de la propia estimación internacional y el reequilibrio con la URSS, evidentemente la confianza en sí mismo del presidente, la simplificación del tablero internacional con la crisis económica del Tercer Mundo cuenta menos, y las Naciones Unidas estaban aherrojadas por su problema financiero, Latinoamérica entre las restauraciones democráticas y la deuda y el estancamiento social -producían la sensación de mayor confianza: de estar el país manejado por un pulso firme y por una visión simplificada y tranquilizadora-. La pretendida superioridad nuclear soviética de 1979 se había comprobado poco real o, en todo caso, inoperante, sobre todo después del éxito del despliegue de los euromisiles y del fracaso de la campaña en Europa de la URSS frente a los mismos. Hasta las operaciones de Libia y la falta de consulta, en los años 1984 y 1985 Shultz se esfuerza en incrementar la información a los aliados europeos. Pero la irritación con Europa en la primavera pasada señala a los más perspicaces que en Washington se sabe poco, o se presta poca atención, a las opiniones aliadas.

Ahora bien, el reequilibrio respecto a la URSS no obvia la necesidad de llevar a cabo unas negociaciones de control de armamentos. La idea del control de armamentos era algo alejado de la mentalidad de los desembarcados en el poder en 1980. Ahora se impone poco a poco. Lo cual es normal en la tradición americana, como lo es el perfeccionamiento del propio arsenal. Pero la conjunción de los dos elementos es lo normal, no lo revolucionario. Lo que era y es revolucionario es la SDI, el giro hacia la concdpción de una panoplia defensiva frente a la disuasión por mutua destrucción asegurada. Reagan deja a medio camino el tema. No ya en la realización, sino también en la admisión por los expertos y por la opinión. En cuanto a Cuba y Nicaragua, nada resolutivo, si el sistema ofrece resistencias a la intervención y si recientemente se ha iniciado una operación de presión a través de los países latinos vecinos, tampoco la política reaganiana ha sido ni nueva ni definitiva. Con todo, siendo la política exterior el campo de la acción estatal más directamente conectada con la visión y voluntad de los gobernantes, en política exterior es donde las Administraciones de Reagan han sido capaces de seguir más fielmente, su proyecto inicial.

En cuanto a la recuperación de los valores culturales postulados como los tradicionales, Estados Unidos ha vivido y vive una época conservadora cultural y moralmente. En lo que se refiere a las relaciones en los y entre sexos se ha desarrollado una reacción contra el período más permisivo. El SIDA ha ayudado mucho en esto. Pero esta tendencia parece una manifestación, favorecida desde la ideología, de la tendencia a las correcciones periódicas, así como la aparición en un momento de un estrato profundo de la sociedad americana, el puritanismo. Más que un cambio profundo de mores. Ni los índices de divorcio han disminuido, como tampoco el aborto, ni han aumentado los de asistencia a los servicios religiosos.

En este sentido, los desarrollos en un jupo tan cohesionado como son los católicos son ilustrativos. La Iglesia católica americana, con unos 52 millones de fieles, ha pasado por fases semejantes a las europeas. El papel de los consultores y obispos americanos en el Vaticano II son bien conocidos. En general, jugaron un papel aperturista. El número de misioneros americanos en Centroamérica y Suramérica crece. La mayoría comprende las relaciones de dependencia respecto a Roma y no identifican la misión de fe y solidaridad con posiciones ideológicas maniqueas. Dentro de la Iglesia católica el debate sobre la homosexualidad, el sacerdocio de las mujeres y la pastoral matrimonial es más vivo que en la mayoría de las Iglesias europeas. La actitud de la mayor parte de los obispos sobre las posiciones del padre Curran o del arzobispo de Seattle es más matizada y más libre que la que se puede esperar en una comunidad europea. Los católicos americanos son indudablemente fieles y disciplinados a Roma, pero exigen una libertad de debate que corresponde a la mentalidad democrática del país. En el terreno social, la pastoral conjunta de los obispos americanos del 13 de noviembre de 1986 es muy crítica y muy terminante en lo que se refiere a la situación económica y social de anchas capas de la población.

La libertad de crítica y de creación se ha incrementado en los últimos 18 meses en Estados Unidos. Es cierto que compensada por intentos sectarios como el filme de la televisión Amerika. La impresión que lector y espectador obtienen aquí es que está muy viva la capacidad crítica de las deficiencias sectoriales; pero qne, ciertamente, no existe una crítica global al sistema desde una concepción total opuesta al mismo.

Doctrinarismo económico

La discrepancia entre doctrina y práctica, y la acción de gobierno, en ningún cambio ha sido más evidente que en el económico. Es cierto que en las relaciones internacionales políticas el radicalismo antisoviético del primer mandato se ha complementado, como es natural, con entendimientos -incluso con conjunción de posiciones de superpotencia frente a los medianos-. También la condena como inmoral de la disuasión nuclear, que justifica la iniciativa de defensa, en el espacio, ha sido seguida de una ruptura de la moratoria de pruebas nucleares, existente de hecho. Lo mismo que la descalificación total de los países que apoyaban al terrorismo se compaginaba con la venta de armas a Irán. La calificación de un funcionario soviético como espía no impidió el arreglo en el caso Daniloff. Y es que las posiciones absolutamente ideologizadas nunca se han mantenido sobre los imperativos de poder. Al fin y al cabo, fue el propugnador de la revolución permanente, Trostsky, el artífice de Brest Litovsk.

En economía, los burócratas impregnados de los dogmas de la economía de oferta fueron plegándose a los imperativos de la estructura de intereses. En última instancia, ni el déficit presupuestario disminuyó, sino que se mantiene y crece, ni tampoco el de la balanza con el exterior, el más alto en porcentaje de la historia americana. De hecho, desde el principio las Administraciones de Reagan siguen políticas keynesianas, con resultados favorables -salvo el déficit- en lo que se refiere a crecimiento, control de la inflación y mantenimiento de un desempleo bajísimo. Todo positivo; pero distante de una verdadera revolución conservadora. La especulación bursátil y las prácticas poco ortodoxas -casos Boesky y otros- tampoco parecen responder a la ética e ideología del americano de la América profunda.

Si es cierto que la primera Administracion, y el año pasado la segunda, han reducido las subvenciones a las escuelas públicas en proporción alarmante y si los ricos son más ricos y los pobres, y las minorías étnicas, más pobres y menos resguardados, ello tampoco corresponde a la doctrina inicial.

Muchos son los ejemplos de clara desviación del proyecto conservador. Dos bastarán. En octubre pasado, el Departamento de Agricultura anunció el mayor programa en la historia de subvención a los granjeros para que no (sic) cultivasen trigo, avena y, centeno. Dos dólares por bushel no producido. En la semana del 9 de febrero de 1987, Reagan, dos veces elegido en base a plataformas de reducción de los programas sociales, anunció un aumento sustancial del Medicare, seguro social, para las personas de la tercera edad y para las enfermedades catastróficas. Ambas concesiones se explican por la crisis de la agricultura de los Estados del centro -cuyos resultados en las elecciones al Congreso en noviembre pasado no fueron favorables a los republicanos- y por el grado de intemperie de ancianos y enfermos. Y es que en política hay que hacer lo que es imprescindible. El monetarismo crudo no se puede implantar en una democracia; tal vez sí en países como Chile.

Fase conservadora

No ha habido tal revolución conservadora. Creerlo ha tenido efectos en Europa y no solamente en la derecha. Más bien se ha atravesado una fase conservadora.

Schlesinger considera -utilizando el concepto de las generaciones de Ortega y de K. Mannheim- que lo evidente en la historia americana son ciclos alternativos de liberalismo y conservadurismo que duran, dice, de 12 a 18 años (Arthur M. Schlesinger, The cycles of American history, Boston, 1986). Al fin de cada fase, lo alcanzado en ella se consolida en alguna manera y sirve de plataforma para la corrección siguiente. El grado de conservadurismo acumulado en la época de Reagan hace poco probable que la fase que se iniciará en 1988 (bajo presidencia republicana o, como parece más probable, demócrata) sea muy liberal. Pero parece bastante claro que habrá una corrección en sentido liberal. Las últimas elecciones para Senado y Congreso han sido claras. Parece como si el elector desease un reequilibrio.

En cada época en que predomina la acción pública ha habido un objetivo en el que la misma se centraba: a principios de siglo, la lucha contra la concentración financiera, los trusts y los cárteles; en los años treinta la corrección de la gran depresión; en los años sesenta, la mayor igualdad racial... ¿Cuál será el tema de los años noventa? Algunos piensan (que una nueva lectura de la relación con la URSS y del equilibrio militar y político.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1987