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Crítica:CINE

La herencia de la memoria

Si se miran con detenimiento las primeras secuencias de esta película, se distinguirán sin dificultad en la pantalla brillantes cambios de encuadre, desplazamientos de la cámara que parecen trazados con tiralíneas, bruscos -y, sin embargo, suaves- saltos de óptica, insuperables ajustes entre lo que la mirada de la lente encuentra y lo que la del espectador busca.Y más tarde, si uno se detiene a pensar con qué facilidad se han deslizado sobre la retina, como si fueran uno solo, tantos y tan complejos planos, se descubrirá que el autor de este ejercicio de relojería aplicada al cine es, con toda evidencia, un maestro en su oficio.

Pero Scorsese es mucho más que un hábil artesano. A medida que El color del dinero avanza en el interior de su tiempo y que extrae de él personajes y situaciones, ritmos y ritos, imágenes e ideas, emociones y asociaciones, comportamientos y valores, vamos descubriendo simultáneamente que su autor, además de un magnífico fabricante de planos y de secuencias -es decir, de unidades menores y mayores de un lenguaje cinematográfico perfectamente compuesto-, es también alguien que tiene algo propio que decir digno de ser dicho: el constructor de un mundo imaginario, el creador de un poema visual en el que nos reconocemos, nos elevamos y con el que mejoramos nuestra condición.

El color del dinero

Director: Martin Scorsese. Guión. Richard Price. Fotografía: Michael Ballhaus. Música: Robbie Robertson. Producción: Irving Axelrad. Norteamericana, 1986. Intérpretes: Paul Newman, Tom Cruise, Mary Elizabeth Mastrantonio y Helen Shaver. Estreno en Madrid, en cines Aluche, Benlliure, Cartago, Lope de Vega y Novedades 2.

Hace 25 años, Robert Rossen, un gran hombre de cine norteamericano ya muerto, que en vida adoptó ideas fuertes en un carácter débil, cuyo pensamiento radical estuvo en permanente co lisión con un temperamento inclinado a la duda, al temblor y al pesimismo, realizó una dura, y bella película titulada The Hustler, aquí traducida como El buscavidas. Hoy este filme es una obra clásica, instalada en esa zona del recuerdo que no se deteriora con el paso del tiempo, una parte de la memoria adquirida que toma para sí misma la fuerza y la raigambre de la no adquirida de la memoria primordial o genética.

Para infinidad de hombres de la edad de Scorsese, los que viven ahora en los alrededores del medio siglo, El buscavidas es parte orgánica de sí mismos, pues ocupó, cuando la vieron en su juventud, un lugar que todavía hoy sigue ocupando y que ocupará hasta que mueran en el tejido de su identidad. Pues bien, El color del dinero recupera el impulso que engendró aquel filme y lo trae aquí en forma de otro, de una réplica a la altura de aquel estímulo.

En El color del dinero, Scorsese ha convocado -y después movido- ese lugar de su memoria y de su identidad. No ha bajado al pozo de ese acto parásito que llaman, en lenguaje bastardo, remake. De otra manera: no ha reconstruido aquel filme irrepetible, sino que ha partido de él para hacer otro muy distinto. Una libertad extinguida, la de Rossen, ha movido a otra libertad en ejercicio, la de Scorsese; un antiguo acto creador ha engendrado una nueva ambición creadora. La herencia de la memoria ha dado así lugar a un encadenamiento instantáneo de dos actos de inventiva separados por un cuarto de siglo. Si el arte tiene un sentido, es precisamente ése.

Sangre encanecida

Todo lo atrás dicho respecto de Scorsese es literalmente aplicable, incluso en mayor medida, a Paul Newman, el actor que dio rostro y vida -es decir, forma- al personaje, Eddie Felsen de El buscavidas, y que ahora le vuelve a prestar, en El color del dinero, su sangre encanecida, sobre un salto de tiempo exterior que, una vez fijado en la pantalla, se convierte en un instante íntimo.Como Scorsese en el suyo, Newman es un maestro en su oficio y, como él, es más que un artesano o que un fabricante de gestos, pues compone con ellos una ficción que responde a incógnitas ante las que la realidad se queda muda. Con Rossen hace 25 años, en El buscavidas, y ahora con Scorsese, en El color del dinero, Newman es la pura elocuencia.

Hay un plano en El color del dinero, aquel en que Newman ve su figura reflejada en las dimensiones gran angulares del espejo de una bola de billar, en el que actor y director se funden en uno de esos instantes magnéticos del cine que alguien llamó gravitacionales, ejes de un universo curvo, construido por la imaginación de dos aprendices de dioses.

Ese plano resume la esencia de esta inolvidable película, en la que dos cineastas de genio, uno delante y otro detrás de la cámara, entablan un diálogo tan exacto y fluido, tan elegante y bien entrelazado, que segrega una especie de malla, una red que atrapa al resto de los componentes de la película y los eleva a las alturas de sus dos impulsores.

Hay que ver El color del dinero y hay que volver a ver El buscavidas para poder contemplar aquélla desde dentro de su nacimiento y desde el lugar que le corresponde en la herencia de la memoria que la hizo posible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1987

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