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Tribuna:

Un amigo de Hamlet

Peter Brook lo ha confesado. Todo cambió para él el día que leyó Shakespeare, nuestro contemporáneo (1964). El libro irrumpió en España y desde entonces sirvió para dar una imagen polémica y distinta del genial dramaturgo inglés. Frente a tanta erudición aburrida y tantos libros pretenciosos, un profesor de Varsovia, que luego fue a América y pasó por Yale, Berkeley y Stony Brook, hablaba de Hamlet como si fuera un amigo de toda la vida, con una proximidad entrañable.Recorría los patéticos márgenes del Rey Lear para ver allí ecos de Beckett. Desvelaba los caminos nocturnos del Sueño de una noche de verano, encontrando signos de la Arcadia más apasionada. Este libro cambió la actitud de muchos enamorados de Shakespeare que, aunque respetásemos la crítica clásica -pienso ahora en Muriel Bradbrook o Harry Levin-, sentimos en el lenguaje de este profesor un modo nuevo de desvelar los secretos teatrales, una manera distinta de entrar en el escenario. Apuntes sobre Shakespeare, absurdo título de la versión española, es un libro que se agotó hace tiempo y, sin embargo, no lo hemos olvidado, y es un clásico sobre la forma de tratar con los clásicos. Fue un libro profético que cautivó a muchos dedicados al teatro. El espectro del rey Kott estuvo siempre latente en el Instituto Shakespeare, vigilando las clases y seminarios de Manuel Ángel Conejero y sus colaboradores.

No era fácil alejar a Shakes peare del gran mecanismo ni era conveniente hacer del dra maturgo un símbolo del pasado. Kott hablaba del tiempo armado que aparece en El cuento de invierno, exigiendo una restauración moral. Insistía en Hamlet como novela policiaca o buscaba en el fool del rey Lear una compañía infinita.

Era el decorado simbólico de Shakespeare, que ahora surgía con un frenesí arrebatador, desvelado por la mano sutil de un crítico moderno que ofrecía lo que Shakespeare debe significar hoy para nosotros, cómo nos puede ayudar vertido en nuestro cómplice más íntimo, en la ayuda buscada en los momentos difíciles.

Cuando tanto teatro clásico nos aburre aparecía un rey que pretendía dividir su reino entre sus tres hijas y les preguntaba cuál de ellas le quería más. El zarpazo de la literatura en su más estricta fuerza. Prosperó haciendo la más bella tempestad semántica, mientras su hija Miranda veía aquel happening, asombrada. Otelo, viviendo sus fantasías. Ofelia, exclamando temerosa: "Señor, hubo un tiempo en que me hacíais requerimiento de amor".

Buenos amigos

Jugar con los dioses, tutear a los clásicos griegos, tratarlos como a unos buenos amigos. Kott, en El manjar de los dioses (1970), realiza un fascinante ejercicio de complicidad con los grandes maestros del teatro Nos permite imaginar impunemente. Antes era pensar en Romeo y Julieta en Triana, un Hamlet de ETA o la luna de miel del rey Lear, ahora es perder el respeto a Esquilo, Sófocles o Eurípides, llevarlos de vinos y vivir sus problemas como propios.

En este libro se pasa revista de modo brillante a las ambigüedades de Prometeo, Ayax como heroísmo de lo absurdo la soledad de Alcestes, los ros tros de Heracles o la negación de Filoctetes. Volvemos a Orestes, Electra, Hamlet, el argumento básico y nuclear de toda la literatura universal. Vengar el padre muerto, añora la gloria perdida, buscar inútilmente la resurrección del rey Hamlet. Un Hamlet con metralleta y en tejanos.

Ésta es la imagen que Kott nos ha descubierto y que tanta crítica académica shakespeariana no aceptaría, pero que para nosotros es de una fascinante atracción. Imaginar la literatura sin ningún temor, vivir sus más lejanos márgenes. No temer a Macbeth ni a Titus Andrónicus. Hacerlos partícipes de nuestra propia biografía. Comer juntos en el fastuso banquete del teatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1987