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CINE / 'EL BESO MORTAL'

Ascenso hacia abajo

Con más de treinta años de retraso llega un filme reconocido en el mundo cómo una de las incursiones más vigorosas y originales del thriller norteamericano -conjunto de relatos sobre el submundo urbano conocido como género negro- en la pantalla.

Un raro cineasta

El beso mortal

Director: Robert Aldrich. Guión A. I. Bezzerides. Basada en una novela de Mickey Spillane. Fotografía: Ernest Laszlo. Norteamericana, Año 1955. Intérpretes: Ralph Meeker, Albert Dekker, Faul Stewart, Maxine Cooper, Jack Elam, Jack Lambert. Cine Bellas Artes. Madrid.

El beso mortal fue realizada en 1955, con bajo presupuesto y un reparto de segunda fila, por Robert Aldrich, un cineasta raro en las nóminas de la industria cinematográfica de Hollywood, pues buscó siempre la distinción, en un medio domeñado por el conformismo y la uniformidad. Y encontró precisamente esa distinción en los modelos menos distintos, en los géneros. De ahí que sus filmes más radicalmente suyos sean westerns como Apache y thrillers como este desconcertante Kiss me deadly.

La palabra desconcertante lo radiografía, porque el filme tiene acusados rasgos paradójicos. Uno: se basa en una mediocre novela de Mickey Spillane, burlada por un guionista de gran talento, A. I. Bezzerides, que modifica y añade sucesos de tal manera que vuelve del revés el punto de vista de que encerraba el relato el del detective Mike Hammer, y objetiviza así un engranaje de hechos sólo inteligible como subjetivo.

Y dos: este engranaje avanza por la ley de la progresión dramática -"Sigues un hilo, el hilo te lleva a un cordel, el cordel a una soga"-, pero Robert Aldrich representa a través de este ascenso un descenso, de tal manera que se tiene la sensación, mientras se ve el filme, de que se sube a un subterráneo, de que se escala un abismo.

'Tempo' apacible

Estas dos paradojas originan una tercera: Aldrich marca con el sello de la singularidad a una convención, a la negación de la singularidad. La secuencia inicial, de sabor onírico, abre un matemático -y sin embargo absurdo: "Tomé unos tragos para acabar con los efectos de otros tragos que tomé antes"- mecanismo investigador en el, que las antinomias señaladas se funden en otra.Esta nueva paradoja es la unagen de un sosegado paseo -hay una obsesiva -insistencia en planos de piernas- por las aceras y escaleras de la crispación.

Este tempo apacible y enrarecido está jalonado por compulsivos estallidos de ferocidad, en los que Robert Aldrich insiste en su idea de que la violencia es una forma de existencia: la búsqueda del peligro, como la búsqueda del sexo, es una manifestación de la fascinación por la muerte, ese beso mortal que acecha en el subsuelo del itineriario del hombre contemporaneo.

Filme áspero, escéptico, difícil de ver. Un pasmoso -por dominador de contradicciones- ejercicio de estilo sin precedentes, sin consecuentes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 1986