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Tribuna:

Diálogo de sordos

Pese a todo lo que se ha dicho, el hombre no está, hecho para entenderse con sus semejantes. Hay, derecho a pensar, más bien, que su destino es ser el peor enemigo de los otros hombres. Al igual que con el mundo natural que lo rodea y con los demás seres vivientes que con él comparten ese espacio. Parece ser propósito inflexible y, permanente del hombre el destruir todo lo que tenga la más leve señal de vida. Sería, por tanto, ingenuo pensar que las naciones deben comportarse en forma diferente y observar reglas opuestas a las que rigen la existencia de quienes forman parte de los países, es decir, los hombres.En este ya al parecer un tanto largo cuento de egoísmo, crueldad, y sandez que constituye la historia humana, hay algunas curiosas excepciones. Así como hay pueblos que. desde su nacimiento muestran una particular inquina, un odio minuciosamente alimentado por alguno de los vecinos que les tocó en suerte -Francia y Alemania constituyen. el ejemplo clásico y archisabido-, también hay países que muestran un particular interés, una amable voluntad por otros. Las letras quizá puedan servirnos de ejemplo. Las más bellas páginas sobre España, escritas fuera de la Península, lo fueron por escritores ingleses. Que lo digan George Borrow -o, mejor, Jorgito el inglés, como le decían en Andalucía-, en el siglo pasado, y en el nuestro Walter Starkie, Aldous Huxley y Gerald Brennan. A pesar del incalificable atropello de Gibraltar, los ingleses tienen una singular capacidad de amar a España y de comprenderla, lo que viene a ser lo mismo. Los franceses han mostrado idéntica disposición hacia Italia, y las páginas del Viaje, de Montáigne, los recuerdos de Stendhal y tanta hermosa reminiscencia de Valéry Larbaud son bastantes para demostratlo. Pero, insisto, éstas son muy ra ras y preciosas excepciones que sólo sirven para confirmar la regla. Cuando uno piensa que a España le ha tomado 50 años el sa ber que en Portugal vivió uno de los más grandes poetas de nues tro tiempo, me refiero a Fernan do Pessoa, hay lugar para perder toda esperanza, tal como se lo recomendaron a Dante en ocasión memorable.

Estas un tanto dispersas reflexiones me las dicta el lamentable rosario de infundios, malentendidos, sórdidas inquinas y desacertadas revanchas en que se han convertido tas relaciones de los países de América Latina con Estados Unidos. Este diálogo de sordos, que no parece dar muestras de terminar algún día, tiene un costo desastroso en vidas humanas, en esfuerzo desperdiciado y en malestar internacional que ya tiene visos de crónico. Las razones de este desencuentro fatal para las dos partes son, desde luego, múltiples y del más variado origen. Las hay históricas, geográficas, económicas y hasta antropológicas. El nudo del problema reside, a mi entender, en el conflicto fatal que dos maneras de pensar la vida y de ver al hombre, al enfrentarse, vienen causando desde las sangrientas y asoladoras guerras de religión en la Europa del siglo XVII hasta nuestros días. Una república fundada por protestantes -cuáqueros en su mayor parte, para emponzoñar más el asunto-, en donde los más rigurosos principios de un reformismo exacerbado e intransigente se elevaron a la categoría de leyes que rigen la vida y las relaciones un de Estado multinacional sometido a la asfixia en que Calvino consilguió mantener la ciudad de Ginebra, jamás podrá dialogar con un, grupo de naciones nacidas en el hogar ibérico calentado por una devoción a la fe católica llevada en muchos casos al delirio de un fervor visionario y desmesurado. Ni en la más calenturienta de las mentes podría caber enfrentamiento más explosivo, incomprensión más absoluta y mayor abismo entre núcleos más opuestos.

Hablando hace unos días en Los Ángeles. con un grupq de amigos norte americanos, de cuya libertad de ideas y generosidad de intenciones no me cabela menor duda, me quedé abismado cuando empezaron a comentar algunos de los problemas más candentes de Centro y Suramérica. Sencillamente, me estaban hablando de algo tan alejado y distinto de lo que somos que ni siquiera tuve el valor.de contradecirles. El hacerlo hubiera equivalido a replantearles a ellos mismos su propia e inalterable visión del mundo. Guardé un acongojado silencio que se hubiera tomado por asentimiento si el asombro de mi mirada y el signo de negación que hacía con la. cabeza no hubieran indicado mi perplejidad. Estamos condena-, dos a no entendernos jamás.., pensé para mí; encontraremos la manera de hacernos el mayor daño posible y lo vamos logrando con eficacia homicida. Al día siguiente, los títulos de los periódicos sirvieron para darme la razón.

"Todo esto ya lo sabíamos y nos lo. han dicho de mil maneras y en mil ocasiones", me podrán responder mis lectores, y sin duda así debe ser. Pero yo no lo había visto tan de cerca y con tan implacable y rotunda evidencia. "Mal enemigo tenemos, amigo Sancho", dijo alguien que supo sobre nuestra condición, y mejor que nadie.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1986