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Editorial:

5. Manuel Fraga

ETERNO EMPOLLÓN, acostumbrado siempre a ser el primero de su clase, este gallego sesentón, primogénito de la numerosa prole de un antiguo segador que llegó a alcalde de su aldea, no acaba de entender que la gente se resista a admitir lo que él considera la evidencia misma: que si de mandar se trata, él mandaría más y mejor que nadie. Sin otro patrimonio que su inteligencia, más extensa que aguda, su erudición un poco vanidosa y su voluntad de hierro, es uno de los veteranos de la carrera electoral, infatigable corredor de fondo de la vida política española, en la dictadura, y en la democracia, ovacionado siempre desde la tribuna de los llamados poderes fácticos pero menos desde la grada de los ciudadanos, a los que intenta seducir con un populismo un poco anticuado.Su vida ha avanzado a zancadas de manera tan errática que la coherencia, su más persistente obsesión, ha acabado convirtiéndose en algo tenazmente desmentido por su biografia. Una severa dieta logró el milagro, a mediados de los sesenta, de hacerle adelgazar 20 kilos. Sustituyó la red alambrada de la censura por la superficie minada de la ley de Prensa. En el franquismo y desde el Gobierno se enfrentó a los tecnócratas del Opus, y perdió. Engordó de nuevo. Grafómano sin par, ha publicado montones de libros, siempre en la línea del pensamiento conservador español, cuya impronta más perenne es el rechazo casi supersticioso de toda corriente llegada de fuera. Ello no le impidió descubrir, pasada ya la cincuentena, las excelencias del sistema político anglósajón, cuando disfrutaba de un exilio dorado como embajador.

Producido el óbito de Franco, el profesor Manuel Fraga Iribarne hizo las maletas para Madrid, resucitó a Cánovas y presentó un programa de democratización a plazos que inmediatamente desautorizó el ministro del Interior de Carlos Arias, Manuel Fraga Iribarne. Aseguró entonces que alguien habría de pasar por encima de su cadáver antes de consentir la legalización de la ikurriña, pero fueron otros los cadáveres. Metió a media oposición en la cárcel, adelgazó ligeramente, consideró imposible la legalización del Partido Comunista de España, presentó a Carrillo en el club Siglo XXI y siguió escribiendo libros. Para entonces ya mandaba Suárez.

Profesional en lo suyo, no le arredraron sus primeros fracasos electorales en el comienzo de la transición, colaboró activamente en la redacción del texto constitucional, y en las elecciones de 1982 fue capaz de alzarse con la primera minoría opositora al PSOE. O sea, que, gracias a su tesón y a los apoyos considerables del sector más reaccionario de la banca y la Prensa, Fraga pasó de los escarceos aquellos con los llamados siete magníficos -representación tragicómica de los restos de la dictadura en pugna por un escaño democráticoal triunfo relativo de la Coalición Popular en 1982. Es de admirar, y de agradecer, su esfuerzo para incorporar al sistema democrático a las facciones ultraderechistas y simpatizantes con el golpismo.

Incansable luchador contra los elementos, en particular contra los desatados por su propia fogosidad, su más estimable virtud ha sido siempre su disposición a la autocrítica implícita, a tropezar con los obstáculos previamente distribuidos por él sobre el escenario, a perder una y otra vez en su vocacional enfrentamiento con la moviola. Investido como jefe de la oposición, su oratoria ha brillado en el foro parlamentario, pero no lo suficiente como para evitar la aparición en sus propias filas de voces que comprobaban la imposibilidad de rebasar el techo alcanzado si no se cambiaba de jefe: Fraga suscita demasiado rechazo en parcelas sin cuyo apoyo es imposible alcanzar la mayoría.

Las conspiraciones internas de su coalición y las amenazas contra su liderazgo contribuyeron a humanizar su estereotipada figura. Pero sucumbió a los nervios de la situación. La proximidad de las elecciones, la de una nueva ocasión de alcanzar el poder, despertó en él su furia temperamental. Boicoteó el referéndum sobre la OTAN y tocó a rebato contra un Gobierno al que no había dejado de considerar como compuesto por usurpadores. Se lió la manta a la cabeza y partió de nuevo en cruzada, armado de metáforas como la de la mayoría natural, identificada ahora con la suma de todos los que rechazan el socialismo.

Son tan intensas las contradicciones que viajan con él, que es a la vez el gordo y el flaco de la película. Resulta ser el líder más considerable, el de más peso, el más temido y el más respetado, el más trabajador y uno de los mas honrados de la oposición conservadora. Al mismo tiempo es el que más rechazos, recelos, antipatías y fobias despierta. Su pasado remoto, y no tan remoto, así lo justifica.

O sea, que con Fraga el futuro de lo más granado de nuestra derecha es incierto, y sin él la certidumbre es la de que nunca alcanzará el poder. De todas maneras, él forma parte por derecho propio de la historia de España, eb la que ha escrito páginas inolvidables por sus borrones y tachaduras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1986

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